EL PORQUÉ DE LAS NARANJAS

mayo 17, 2015 - Leave a Response

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Texto inspirado en el fotolibro de Ricardo Cases “El porqué de las naranjas”. Imágenes con sus derechos.

Una naranja ha rodado por la acera. Ha caído de alguna caja de frutas destinada a un comercio chino, o de la cesta de la compra de una ama de casa con problemas para llegar a fin de mes o tal vez la haya arrojado algún corrupto de la municipalidad antes de montarse en el automóvil oficial con los cristales tintados. Quizá sea aplastada por las rodadas y el zumo esparcido recuerde a la sangre en el asfalto de los que son arrollados cuando se dan cuenta que bajo el sol de la tarde nada más han de soñar.

Un chorro de aceite de oliva sobre la base de la paella, frío como el muslo del pollo que es la pieza codiciada que se ha de compartir. El fuego y el arroz provocan los jugos gástricos alrededor. El hambre brota y se mira al cielo. El busto impasible, la piedra tallada por los olvidados: artistas o asesinos en serie permanecen en la plaza, forman parte de la indolencia. Tupido velo sobre el motivo de la inauguración, diana de aves con diarrea. Ahí están. Levante salvaje donde desaparecieron niñas tras bailar en una disco. Celebradas por los medios de comunicación, enterradas en cal viva. Otros tiempos en los que reventaban las audiencias televisivas con el morbo en color. Botas incineradas, la combustión es mejor en la nocturnidad, con alevosía. Cadáveres de fiesta, la marcha loca, reminiscencias de rutas desenfrenadas y ácido antes del colacao.

Ejecutivos o concejales frente al incendio de pasto, soplan para apagarlo y expulsan más oxígeno, prenden la mecha, en esta tierra ígnea donde carbonizarse es fruto del error. Campos esquilmados, oportunidades deliberadas, los beneficios de la hoguera especulativa. Los sueños de los jubilados, el clima perfecto para retirarse antes del cáncer y la extrema unción. Los carteles lo anunciaban tras cada curva. El paraíso florecía delante de las propias narices y sonaba el himno de un nino bravo, el único mito nacional de todos los tiempos. Quien vive frente al horizonte mediterráneo y lo domina desde un ático decide el color de la bandera a la que obedecerán los bañistas. Entiende que si fue propietario fue por la bonanza de los vientos que arremolinaron su lengua para que la picada deuda se transformara en el invierno posterior. ¡Oh, Dios del ladrillo!, tanto le debemos en nuestra asequible extinción.

El naranja es un matiz cálido. Si queremos demostrar felicidad recurrimos a su elección. Es visible desde lejos, nos impregnamos por él de la sabiduría azafrán. Historias infantiles, de construcciones de madera, cabañas entre los troncos, el rito del bautismo del futuro propietario. Primero se construyó la sombra, mañana la oscuridad.

Los hombres abandonan sus desechos, una batería de un coche que una vez fue último modelo y ahora planchas prensadas para la planta de reciclaje. El negocio de la miseria cotiza al alza tras la devaluación del gusto y la hortera obsesión. La decrepitud rompe los parqués de Wall Street o Hong Kong. Tras el rasguño del afiche hay una reliquia del reclamo del piso piloto que justo tras él se construyó y aún permanece soberbio en pie. Virtualidad y realidad confluyen por los logros de la arqueología tras las huellas de la estupidez humana. Un ángel vuela con el cielo más azul a sus espaldas, su cíngulo dorado deslumbra para loor de los pederastas. Elegida entre los más puros: la tradición de los niños sacrificados por el bien de la masa que llora de felicidad.

Camisas de autos, protectores de salitre y heladas. Se comen la chapa, la humedad fagocita el motor por dentro. Cada bien manufacturado tiene escrito su colapso cuando el bolsillo del dueño acepta que la obsolescencia significa renovar. El sol es el verdadero reloj que no se adelanta ni retrasa. Muere millones de años después y aún falta una eternidad para recibir su luz. Hace irrisoria nuestra estúpida vida fugaz. Una esfera perfecta se aferra a la rama de un árbol en un vivero. El hombre ha logrado convertirse en una desmoronada deidad. Juega al minigolf con sus propios genitales, secos de esperma estival.

Cajas y cajas abandonadas en el mercado de abastos, el cartón no valía nada y ahora brilla en las manos de los parias domesticados por los trileros del pequeño capital. Una progresión geométrica que tiende a infinito. Florecen las palmeras que hincan sus raíces en un secarral. Proyectan sus sombras en colchones abandonados, las camas de los caídos en desgracia por la naturaleza inhumana de la que se sale triunfante rebuscando en los vertederos disputados por la mafia de la escatología de moda. Muros de épocas más agresivas, la defensa contra la chusma o los invasores.

La historia del hombre es la del ataque y el contraataque, la de soldados que no pensaban que en cualquiera de los bandos se moría igual. Esculturas conmemorativas, mausoleos huecos, edificios erigidos para gloria de los políticos visionarios por arquitectos glorificados por la mediocridad. En su base el agujero profundo impagable de las arcas estatales. Las chapuzas acarrean sobrecostes que generan comisiones repartidas entre hurones, familiares de los más votados por el pueblo que paga su impuesto revolucionario para disfrutar una ruina que en la quiebra es de su propiedad. Tal es la naturaleza del círculo vicioso ornamental. Un balón de fútbol gigante, la cocaína de los gerifaltes y la china de los sellan su boleto con la esperanza de ser como ellos y ofrecer su fortuna para prosperar. Meten goles en propia puerta y escuchan al árbitro del desahucio que los expulsa por insolventes y por no mostrar el carné de socio del club de sus amores: El Despilfarro F.C. Las naranjas flotan en el abrevadero y las hogazas son picaportes de las puertas giratorias. Si no hay miga no la traspasa el que promete hambre para hoy y pan para mañana.

La llama intensa, es tan espectacular que no hay motivo para que los aviones cisterna de color butano la apaguen. Tan sólo pueden contribuir a su número adictivo y deseable. Éste es un pueblo que la precisa. Se quema la rabia y se traspasa el humo. Tienen la piel endurecida, huelen a chasca y se enorgullecen por su destreza pirómana. Corazones tachados: donde hubo amor perpetuo ahora hay odio. Las palabras que permanecen son las del rencor. Idealizaciones poéticas de la madera crecida, a la espalda de los carteles que anuncian prosperidad. Caen en el dorso de los jubilados que han visto demasiado. Comprenden que si aún permanecen en pie no deben mover su intención de voto que es para los de siempre, los que los abrazaron en las campañas cuando no se precisaban urnas. No serán testigos de cambio alguno por falta de perspectiva de sentido electoral.

Escalones tallados en piedra, trepan por una ladera desde la que se divisa el eterno mar. Agua estancada desde el principio del verbo, que se tragó a los que zarparon en buques de guerra cuando alcanzaron el océano de verdad. Caballos de tiro, levantan polvaredas mientras arrastran neumáticos de camión. No hagan preguntas. Esto es así y no se admite mayor curiosidad. Tapacubos tendidos al sol en maromas atadas a ambos lados del camino que nadie, por gusto, transitaría. Paisajes de artistas incomprendidos, como la sombra de sarmientos arrojados contra el adoquín.

Mercedes de nuevos ricos o de rancias familias rodeados por borregos, los verdaderos vencedores de las aglomeraciones. Nunca mueren aplastados por ellos mismos, engullen los obstáculos, encuentran la mínima fisura y desesperan al que cree dominarlos por una parálisis y el pánico ante la incertidumbre de los balidos que es el idioma de los que no descifran el significado vacuo del terror. Socavones de donde salen las gomas que riegan los campos, agua robada. La sed se cobra en la declaración del IVA cuando ya no existe la seguridad social. Una anciana, desde su ventana, medita que la lejanía de la parca permite a los más jóvenes plantearse que su cristal de arena es fácilmente manipulable arriba y abajo -si la inteligencia les permitiera pensar-.

Alguien manchó las nalgas de ese cartaginés que fue derrotado en Zama, tras cruzar victorioso los Pirineos y doblegar a los ejércitos en la península itálica. Hoy día nadie ataca con elefantes pero sí con un utilitario bien cuidado que luce en la sombra y se sufre a la vista y al tacto si alguien lo araña, el peor dolor de quien no tiene más orgullo que el límite de velocidad.

Charcos del mar replegado. Uno se asoma a ellos y aparecen los pisos deseados en primera línea de playa, ahora vacía por el invierno y los látigos afilados contra las espaldas de los que vendrán aquí a curarse de su indignidad. La cruz del telégrafo los convierte a la fe de su merecida jubilación. Para caminar a solas, con las manos a la espalda, las horas muertas por el paseo marítimo. Vencedores de un holocausto olvidado y que ha esquilmado a la raza impura de los que jamás se han de rebelar. Campos de arena, viejas porterías de fútbol, el único lugar de confluencia humana. Ni siquiera se prohibió el derecho de reunión. Fue inoculado en las neuronas por natural involución. Tan sólo para pegar patadas a una pelota, el juguete de los mangantes de la especulación.

Se secan las hojas aciculadas, el cambio climático está programado para la siguiente estación. Un hombre lee en los asientos abatibles del cercanías L´estany de foc. Queda clara la intención: el paisaje en movimiento tiene esa tonalidad. Cadáveres arbóreos, simulacros de torres miran el skyline de ladrillos y cenizas con orgullosa altivez. Huevos de oro, todos lo saben, los que se precian para prosperar.

Al final del espigón, el azul marino es absolutamente compatible con el hierro rocoso depositado en el fondo por el hambriento de terreno sobre las aguas inútiles para edificar. Perros de presa, en jardines de comisionistas de gusto dudoso y genética de todo a un euro. Su pedigrí no existía pero bien vale un certificado de defunción de sus honorables antepasados. Logos corporativos de los hipermercados o lugares de ordenamiento digestivo con piezas congeladas del más allá. Engañan al cliente con la marca blanca y el precio mínimo garantizado. El plástico es comestible y la carne humana se enlata por la puerta de atrás.

Eran otros tiempos de desarrollismo, las costas murieron sepultadas bajo edificios antiestéticos pero disfrutables. Los desconchones en la fachada son años de celebración. El fantasma tendido en el campo es un espantapájaros de la cabeza de los veraneantes satisfechos con su tripa oronda y firme. El levante sopla con determinación, cimbrea las copas de las palmeras, la locura amenaza al perdedor. Un señor de edad con mono de trabajo al que se encomendó hasta la muerte ha enganchado una silla a su espalda. Si alguien con poder le ordenara, lo transportaría gustoso para que disfrutara de su obra erigida, paralelo al oleaje que como los siervos rompen a sus pies. Monumentos absurdos en las rotondas, varias vueltas dedicadas a su contemplación. Surge el rojo mezclado con el amarillo por todas partes, el fruto en lo más alto del esqueleto vegetal que se aferra a la última gota antes de morir de sed. Ladrillos estelares, la idea que masacró a una generación entera: la recalificación oportuna de sus fosas comunes. No pudo haber sido un buen sueño. Aún se puede perpetuar, aseguran los genocidas de pleno y sesión. Una planta ajena a tanta estupidez ha brotado del cemento por un error de cálculo para abaratar costes y llevarse una nueva concesión. El final del carril bici, frenazo en el mullido tartán, el columpio estrambótico de la playa donde no hay niños a los que se les permita trepar. El porqué de tanta naranja… ni se molesten en preguntar.

José Ramón Huidobro

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 Página web de Ricardo Cases

VINT ANYS DE DOLOR

abril 28, 2015 - Leave a Response

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Dibujos pertenecientes al libro Vint anys de dolor  de Pere Ginard publicado por Garabattage en 2009

PRÒLEG

Eléctricas ramas chisporreantes, luciérnagas del verano. Han sucedido los flirteos, las mujeres se han dejado insinuar. Permanece el eco de las palabras atrevidas, las bandadas de aves confundidas en el cielo abierto herido por los brotes de la insinuación.

La noche es la noche esperada durante un año entero, el fin de las cosechas y la plegaria a la virgen. Se profana el cáliz de su hijo en el que se sirve el tintorro barato. Se llena con generosidad, celebrada por la charanga, se comprime el hálito en el muelle del acordeón. La pieza reservada y otra ronda, la dama acepta al caballero, lo ha señalado con la mirada, danzan a oscuras. Se encienden los filamentos, arremolinados los mosquitos golpeados contra el cristal. El enjambre rodea en su vuelo desesperado la mentira del día sobre las indemnes cabezas.

DESORDRE

Las alas desplegadas del monstruo volador, garfios de rapaz encorvados: el monstruo muestra su silueta en el cielo prendido por el eclipse. El viento chirría contra su cuerpo y los ojos golpean el vidrio que ampara al hombre civilizado. En el cuarto un niño descubre su propio horror en la salvaje soledad.

Se eleva a lo máximo que el cuello alcanza, traza senderos en círculos, equidistantes al punto de fuga. No la hay para la presa, ningún escondrijo le libra de la suerte echada. Conoce el exacto instante del picado, el zumbido de un aeroplano en misión de guerra. Afila su pico y se relame de las entrañas una vez le hurgue con su destreza.

Un atisbo de luz refleja antes de la completa desaparición lunar. La cuña impresionada en la pared, justo a la espalda de la silla sin vigía. Las plumas se desprenden por la lucha contra el vértigo. Lo escruta con una pupila que perfora la manta, a salvo del viento que relame fisuras y eleva el zumbido del planeo y el grito de miedo tragado con vergüenza.

El fuego es súbdito de los fantasmas. La chimenea prendida acoge al frío interior, no calma. Dibuja una envergadura imbatible proyectada por la perpendicularidad del techo ganada al muro donde se ha impresionado la alimaña hambrienta. Sentado al piano, recibe la tediosa lección, las partituras obligatorias de la vieja escuela. No ejecutables por las manos temblorosas de un púber que escucha el golpeo furioso del ave contra el ventanal que rompe por la insistencia.

VINT ANYS DE DOLOR

El profesor de música pagado por la familia de aires solemnes. El niño debe tocar como los ángeles. Quieren sus progenitores sorprender con su enseñanza a sus invitados. El viejo concertista fracasado impone lecciones magistrales de los genios que escribieron a su edad. Siempre se empieza tarde antes de conocer el secreto que paraliza las manos. Leía las notas: a la fuerza y secuestrado. Observaba sus cristalinos agrietados, las cejas peludas alargadas por los extremos. La estrategia del impostor malvado a solas con su discípulo. De amabilidad empalagosa cuando rendía servicio a sus pagadores. Elevaba el entrecejo, la guarida del demonio, el del plumaje más negro y brillante, estiraba las remeras, escondido para escuchar los progresos de su última lección, salido del espantapájaros de Troya. Los pequeños puños golpeaban las teclas, un trance jamás interpretado, insoportable para el autoritario tramposo. Huye el maestro, avergonzado por su incapaz talento. Atacado por el carroñero, la fiera iracunda arranca de la faz de la tierra a los impostores de la belleza. Plumones de respeto hacia el pequeño genio, despertado para siempre de su terror al don que se sufre desde lo más profundo del estómago hasta el fin del tormento. Nadie le destruirá, pasea en la noche con el corazón latiendo como un auditorio entero.

SOTA TERRA

Los negros gatos cruzados no dan mala suerte. Cuando deambula perdido por la ciudad espera de forma inconsciente su silueta. Odia que se detengan y piensen dos veces si asustarse o no ante su presencia. Vamos…le susurra: eleva tus ojos al frente y libérame del mal augurio por no encontrarte. A veces desafían, les repele mi delirio interior, son igual de desconfiados que yo, no les gusta ser descubiertos en su cacería secreta.

Todos los indicios claman la tragedia: los cables y sus pájaros, la metáfora de una composición. Se revuelve el réquiem contra el muerto al que va dedicado. Llueve en los entierros y los duelistas se alegran del fin del trámite. Las bombillas peladas no iluminan la desolación del cadáver, arrancado de su oscuridad para siempre. El mosquito es insaciable, la sangre libada no da para un suicidio. Barren los restos, el pelo crece aún, las células se reproducen en la putrefacción. Se extiende el silencio en las vueltas al poso que sentencia el destino del café. La tormenta o la pena funde a la bombilla. Precisa una caricia del hombre que ha de contener el aire irrespirable que abrigó la inconsciencia del sonámbulo tras los felinos oscuros del callejón.

MUDA

Un hombre pensativo bajo la lluvia. Firme, absorto al llanto exterior, impasible en su aspecto de piedra. No tiene ojos aunque estén clavados en el horizonte, tan inaccesible como el cielo. Pero éste no se derrumba ante la indiferencia. Se desborda la sombra pegada a sus suelas como un ente salvador y desconocido. Se empapa entero y entonces se evapora la completa incertidumbre.

Se anegan los campos, quedan sumergidas las ciudades y sólo hay un superviviente que ha zafado cada uno de los paraguas: el que pisa firme las profundidades indeformables. Se ahogan uno a uno los indiferentes y él bracea con energía. Las catástrofes naturales son el paraíso del perdedor.

No hay temor al trauma. Está domado por la decisión. La obra definitiva, la que le consagrará. La reminiscencia infantil, aquella noche en la que el pájaro maldito se le rindió. Lo invoca y provoca con su tamaño fortalecido. El piano grita apoteosis, rumia la perfección, de nuevo a través del cristal el ataque furibundo, sin el cebo del hombre mediocre, frente al que una vez descubrió su condición. Despliega de nuevo sus alas poderosas y emplea su fuerza conservada desde la elevación de la última vez. Toma el papel y la estilográfica y ésta se desangra gota a gota: el diluvio dibujado, un golpeo tras otro, la voluntad de hacerlo inmortal. Chocan las ramas tras el vidrio, metamorfosis de hojas por plumas y de nuevo la calma que siempre sucede al mal que indulta al verdadero creador.

ENLLOC

El océano es el trámite. La anegada paciencia se ha desbordado. Nada le une al lugar en el que no sucumbió a la muerte resignada. Apenas una maleta vacía sirve. Abierta sobre la cama en la que un día se protegió. El gato negro, el merodeador de las noches tristes se cruza de nuevo en su camino. La música a otra parte, muy lejos, las manos están intactas para cargar el remordimiento y la claudicación. La soledad se pudre en el cementerio donde yacen sus padres. Jamás aplaudieron a su hijo en un concierto. Perdieron el interés, el piano que vuela a las bodegas del barco es su único y definitivo legado. La quilla se reverencia a sus pies. La travesía será larga para llorar su niñez enterrada. Dos árboles paralelos, desnudos de cables y bombillas, entre ellos se fraguó el dolor que antecedió a la vocación.

José Ramón Huidobro

coberta-20-anys-ombra Adaptación no narrativa audiovisual de Vint Anys de Dolor dirigida por Dani Fornaguera

HIDDEN ISLAM

diciembre 19, 2014 - Leave a Response

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Estás aquí para arrodillarte
cuando tu rezo haya sido válido
 
T.S. Eliot (Cuatro Cuartetos)

1.

La primera reacción al hojear un fotolibro es la ubicación de sus referencias en la memoria. El cerebro necesita reconocer. No se le puede menospreciar. Se sentiría incómodo después de tantos años de registros meticulosos.

Una mezquita es una imagen explicable. La religión es parte de nuestra huella mental, se interpreta sin mayor trascendencia. Todos los que rezan se proyectan al mismo Dios, las diferencias teológicas son fruto de la historia interesada de los interpretadores sucesivos. Siempre emergen senderos bifurcados. La doctrina es un arma perfecta para provocar la sumisión. La que siempre existió y jamás se anulará.

Cuando se abren las primeras páginas de Hidden Islam de Nicoló Degiorgis se manifiesta sin más complicaciones que el tema versa sobre los lugares aparentemente sin vida que ocultan ritos de oración islámica. La pista es nítida: un mapa del nordeste de Italia donde se ubican puntos de encuentro de los fieles de esta religión, camuflados en las encrucijadas cotidianas de los habitantes de un país que los ha reclamado -clandestinamente o no- para formar parte del ateo engranaje industrial. Posiblemente mal vistos, tal vez rechazados, en su profundo interior. Inmigrantes en el país de la señal de la Santa Cruz.

Asocié las fotografías con mis compañeros marroquíes de la pista del aeropuerto. Los contemplaba en su oración mientras me cambiaba el uniforme por la ropa de calle al finalizar el turno laboral. Reclinados sobre su estera frente a la pared que se orientaba a La Meca. Ausentes de las conversaciones de los demás. Admiraba esa capacidad de abstracción y su espiritualidad. Esos minutos les pertenecían, libres de cualquier atadura terrenal. En ese sótano no entraba la luz del sol. Así era una de sus llamadas diarias para agradecer lo que a cualquiera nos parecería un derecho adquirido que ni se debía considerar. Lo realizaban unos minutos antes de que todos en fila india nos preparáramos para fichar. Cumplían a la vez sus ritos religiosos y laborales. Ninguna rareza en la relación.

Éste ha sido el primer estímulo que he querido transmitir. El reflejo de esas escenas alejadas de la cotidianidad. La proyección de aquellos países visitados donde el muecín llama a la oración. Pero el libro no está hecho para remover nuestras vivencias sino la de otros que eligieron la estrategia artística al servicio de su mensaje, el que se plasma por encima de nuestra propia voz.

 

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2.

El siguiente impulso es el de vincular el contenido con un descubrimiento cercano. El trabajo más extraordinario del fotógrafo está relacionado con la perseverancia. La idea está clara, por una serie misma no se sostendría pero sí en la continuidad. Hidden Islam estuvo supervisado por Martin Parr. La base de datos personal me remite a otro libro dirigido por el mismo tutor: The Waiting Game, de Txema Salvans. Ambos coinciden en aspectos de su realización. Por el tiempo dedicado, la investigación previa para dar con las localizaciones y el sentido revelador de lo oculto evidente. Los dos mirones recurren a la cartografía. Como los polígonos industriales de Salvans albergan mala conciencia en estas páginas hay perdón. Ni requiero los servicios de las chicas ni acudo al rito pero si me detengo en ellas, las fotos forman parte de mi próxima realidad. En mi día corriente sabría identificar un paisaje donde las prostitutas permanecen en la retina: Casa de Campo, por ejemplo, o localizaría una mezquita para postrarme ante Allah, en un local similar a los catalogados en la calle Provisiones, en el barrio de Lavapiés. Frente a su cierre echado medito sobre el poder de entrar en la escena que otro reveló. Los libros los vivo de esta forma. Mejor no aventurarse si los pliegos no se impresionan con la propia curiosidad. Así multiplico las versiones con una tirada que jamás se imprimirá.

 

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3.

El tacto es necesario si nos adentramos en su profundidad. Los ciegos descubren matices no aptos para los que nos vanagloriamos de agudeza visual. Cada vez adquirimos más capacidad artificiosa de rastrear e incluso nos engañamos con el éxito de la falsa percepción. Delegamos en la electrónica y los programas de diseño el sentido creativo y después lo firmamos como si fuera nuestra capacidad natural de recordar. Si no acariciamos y construimos huellas dactilares nos convertiremos en carne de cañón de la manipulación digital. Por eso, un libro de papel, impreso con una intención alejada del consumo rápido es un viaje al que no se puede renunciar. Se nos ofrece un mapa testimonial. Se descubren ciudades como Cremona, Brescia, Trento, Bolzano, Mantova, Treviso o Trieste. Por allí se realizó la investigación.

Antes de la literatura estaban los planos. El redescubrimiento de lo que otros nombraron. Los espacios en blanco ya no existían pero eran igual de salvajes desde la perspectiva acotada que podemos vislumbrar. Esas láminas precisaban de fisuras lógicas por el peso del doblez, no siempre acorde a la propia paciencia. Quien más deseó lo desconocido con más huellas se topó. En las desorientaciones fue capaz de anotar en una carta geográfica la emoción de hallar lo que no vino a encontrar.

Los templos del Islam se construyen en cualquier rincón donde sea posible el diálogo con Allah. El rastreador ha ubicado en el catastro naves industriales, almacenes, tiendas, supermercados, estadios, gimnasios, garajes, discotecas y apartamentos en cuyos interiores se comparte la plegaria con el trabajo, ejercicio, consumo, recogimiento, ocio y tono muscular. Y así va registrando cada una de las coordenadas secretas que pierden definitivamente su condición. Fotografías en blanco y negro de los exteriores bajo su epígrafe correspondiente y con un código que se corresponde con el del distrito postal.

Es un roce agradable, huele a mezcla química que sólo los impresores serían capaces de describir. ¿Existen los enólogos del papiro? ¿Habrá forma de educar al olfato y adaptar las yemas dactilares a las de los ciegos de nacimiento? Tantas veces creí que la vista era el sentido imprescindible y resulta que es el primer sacrificado en aras de la postmodernidad. Hay que llevar los dedos al centro de las páginas cosidas, estirar el pliegue y desvelar lo que permanece en el doble fondo. Desaparece la ficha burocrática y emerge la esencia desconocida, el tono mate protegiendo al color. De repente, el pergamino se desencaja, sale de sí mismo y se independiza de la opresión de las tapas. Abro la portada de nuevo, empujo el pliego y lo devuelvo a su ser. Paso la página y regreso al inventario para sentir como rasga el papel con el opuesto en una resistencia medida y de nuevo la necesaria clandestinidad.

Puedo abanicar las hojas en mi oído, repasar los cortes y sus cejas, apretar firmemente el lomo, presionarlo con la palma de la mano y sentirme un tipógrafo. Sin cuidado lo dejaría caer sobre la mesa en la que manipulo con absoluta libertad pero con una única ley: no dañar lo que tanto placer sensorial me provoca. Ningún musulmán tocaría con impureza el Corán. Anoto esta idea: no hay texto entendible si no se conoce el idioma en el que se transcribió pero todos experimentamos la marca de la tinta que mediante el trance del tacto se revela. Los fotógrafos atajan, lo dejan en el aire. Cada cual con su propia interpretación.

 

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4.

En el nombre de Allah, el Todo Misericordioso, el Muy Misericordioso. Las alabanzas a Allah, Señor de los Mundos, el Muy Misericordioso, Rey del Día de la Retribución. Sólo a Ti te adoramos, sólo en Ti buscamos ayuda. Guíanos por el camino recto, el camino de los que nos has favorecido, no el de los que son motivo de ira ni el de los extraviados.

T.S.Q (Noble corán 1:1-7)

Cuando se entra en cualquier mezquita, lo primero que llama la atención es la sencillez. No hay capillas laterales ni estatuas o pinturas, sólo un espacio alfombrado destinado al rezo. El plano interior es más o menos igual en todos: un espacio abierto con la dirección a La Meca claramente indicada en las paredes. La palabra árabe que significa mezquita, masyïd, quiere decir simple y llanamente “lugar de postración”, de ahí que cualquier lugar en la tierra podría serlo. Donde quiera que el musulmán se arrodille ante Allah, cualquier suelo sobre el que recaiga la oración será considerado lugar sagrado.

El rezo es, en primer lugar, una alabanza y adoración a Allah y expresa la actitud de los musulmanes hacia Dios: ellos se inclinan y se postran en humildad. Reconocen que Él es el Señor de Todo y Nada de lo que hagan puede servirles a menos que sea precedido por Su nombre. Le suplican, así como temen Su juicio final y piden Su piedad.

Allah compensará a Sus sirvientes con El Paraíso. Su Palabra: He hecho cumplir Mi imposición para que fuera ligera. Aquél que cumpla con los cinco rezos será compensado como si hubiera cumplido con cincuenta. Lo que decreto no puede ser cambiado.

(fuente: arabespanol.org)

 

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5.

Lo oculto. Lugares de paso obligatorios. Naves industriales alejadas del peatón. Donde se fabrica en serie, se almacena y distribuyen productos especializados. Se trafica o doman a los sin papeles afirmados en su propia inexistencia. Pagan la deuda con un tiempo que no les pertenece.

Edificios carentes de gusto arquitectónico: funcionales, prefabricados y aislados. Ubicados donde sólo el vacío se erige. Precisan permisos, la policía hace redadas y se cobra su contribución al silencio. Licencias exprés, funcionarios tuertos, la mafia extiende su interpretación del poder paralelo.

Hospitalidad previo engaño. Desde el cielo la visión es desoladora, adentro cualquier negocio no precisa más que su propia devoción.

Logias, sectas, talleres clandestinos, esclavos, prostitutas, máquinas transformadoras del dolor universal.

Garitas de seguridad, ojos acusadores, perros de presa, alarmas, cierres, desapariciones por la puerta de atrás.

 

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6.

¿Qué es la fe? ¿Por qué desde la niñez más pura se nos impone que una fuerza sobrenatural decide sobre nuestra última voluntad? Sea cual sea la marca registrada del culto que se profese los escribas han revoloteado como un mosquito durante el sueño de los infieles. La muerte es segura y detrás de ella está el meollo, el terreno infinito sobre el que especular. La teología, la ciencia, el vacío existencial, la autoayuda, la filosofía y la contradicción. Todos ellos son moldeables en la explicación de las creencias que parten de un elemento común y se bifurcan en retorcidos senderos por los siglos de los siglos en herejías y blasfemias. ¿A quién rezamos con exactitud? No nos conformamos con este pequeño margen residual de tiempo que antecede a la no existencia. Inquieta el remordimiento. Lo más práctico es creer. Asumir lo que dicten los obispos, ayatolás, rabinos o Tom Cruise. Escuchar y practicar la humildad. He ahí una organización empresarial con sucursales en todos los pechos angustiados. La fe es la palabra más breve pero con mayor poder. Somos carne, huesos, vísceras y masa cerebral con obsolescencia programada. Invertimos temor para obtener clemencia en nuestro juicio final. Si llegamos a viejos apenas se nos exigirá un mero protocolo formal. Todos los errores se conmutan con un gesto inapreciable. Nuestra alma, de la que nunca tuvimos un rastro preciso, se entrega sin concesiones. Vale la pena cuando se garantiza la merecida eternidad. Allá cada uno con sus expectativas.

 

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7.

Al alba, recién nacido del sueño en calma. El primer agradecimiento al Misericordioso. De pie, en la alabanza que recuerda noches impenetrables y desiertos sin cruzar. Pronto llegarán los demás a cubrir el primer turno de la cíclica jornada laboral. ¿No existe religión que aparte al hombre del sudor en la frente a cambio de la harina sin hornear?

La ablución es el desprendimiento de la impureza. Las piernas no se elevan cuando lastran las huellas del pecado. Calzados ordenados a la espera de los pasos pulcros que los empujen de nuevo hacia el barro.

Alineados en su postración. No hay individualismo. Cuando llega el siguiente se arrodilla al costado y cumple el gesto de inclinarse a la vez. Recitan los nombres de Allah, se abstraen de sus miserias y ambiciones. Se dejan atravesar por el haz oblicuo del rayo de sol. Besan la alfombra, dejan la secuela del roce en su frente. Delata el pensamiento innoble en todas las palabras que no definen a Quien los ha de salvar.

Como en una tabla de gimnasia de un colegio antiguo a la orden de un maestro con silbato se fortalece la disciplina. Desde la ignorancia podría pensarse que la religión cuida de la salud y la higiene de sus fieles. Cinco veces al día: al alba, mediodía, media tarde, puesta de sol y caída de la noche practican ejercicios de elasticidad. Los huesos se fortalecen, no se quiebran al primer movimiento brusco cuando sea preciso estar en alerta: defenderse antes de atacar. Los periódicos siguen informando de cruzadas contra el infiel. Y viceversa.

Un grupo homogéneo, perfectamente educado en los preceptos divinos. Cada uno conoce las palabras que vocalizan los demás, ordenadas por el líder espiritual. Jamás aprenden todas las acepciones que conducen a la santidad. Hay que desprenderse del individualismo. Se les concede lo que precisan: escrito está las veces que para ello deben orar.

 

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8.

Se menciona en un dicho que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones sean con Él. Dijo: Hay 99 Hermosos Nombres de Allah, por mediación de los cuales se nos ha ordenado suplicarle. Quien se aprenda de memoria y los recite constantemente entrará en el Jardín.

El declamarlos todos redunda en beneficio de uno mismo, sin embargo, el propósito último no es conocerlos al pie de la letra sino encontrar a Aquél a Quien Se Nombra.

El que se disponga a repetir un nombre de Allah debe hacerlo con respeto, cuidado y buenas intenciones, procurando concentrarse con todos los sentidos.

(fuente: webislam.com)

 

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9.

El libro se agota. Le falta sonoridad. Hay que encontrar la modulación en la nostalgia, junto a los minaretes de los países en los que era un absoluto extranjero. No me confieso porque mis pecados no me perdonan. Es preciso asumir la decisión por la cual uno estará solo en la muerte. Quizá la edad, la enfermedad o el error irreversible me conviertan a una fe que hasta ahora desconozco. Me oculto por mi carencia de razones para orar. Prefiero mis templos paganos para practicar la soledad. Como este bar donde tantas veces me recluí cuando aún se me antojaba una vida rica que ahora se atasca en la mediocridad. No llevo conmigo Hidden Islam. Lo he aprendido en el tacto, conservé un reflejo apagado el tiempo. El nombre del autor ya lo olvidé. Lo devolveré a su lugar. Lo tomé en préstamo para disertar acerca de su contenido o de mi vacío. Es esa comunicación con el objeto que antes fue un esfuerzo sensitivo por parte de quien lo alumbró. Yo profeso esta extraña religión. Rezo a través de la tinta. Me encomiendo al relato escrito que me revela El Gran Usurpador. El que me vapulea y utiliza con la excusa de mi agnosticismo. Ojalá fuera como esos hombres de las fotografías que se encaminan a un lugar escondido en este momento en el que se oculta el sol. Alcanzo una extraña paz al final de este renglón.

José Ramón Huidobro

 

HIDDEN ISLAM
Nicoló Degiorgis
Edición: Nicoló Degiorgis and Martin Parr
Diseño: Nicoló Degiorgis and Walter Hutton

Fotografías: http://www.rorhof.com

Pagina web de Nicoló Degiorgis

RETRATOS DE ASAKUSA

noviembre 10, 2014 - Una respuesta

Texto inspirado en la exposición de Hiroh Kikai en la Sala La Fragua de la Tabacalera (19 septiembre-19 de noviembre 2014)

Hombre joven que anduvo hasta aquí desde muy lejos, 1999. Hirok Kikai.

Hombre joven que anduvo hasta aquí desde muy lejos, 1999. Hirok Kikai.

El carpintero jefe, 1995. Hirok Hikai.

El carpintero jefe, 1995. Hirok Hikai.

La dama sonriente conocía todos los secretos de Asakusa. Su afable carácter le hacía cómplice de cada silencio. La cultura del pueblo no era en absoluto exhibicionista, marcada por una sutil tradición de respeto. Pero ella se había adentrado en cada mirada después de perder la suya. Encontraba cada hilo de voz, la urgencia reprimida por mostrar cada idea descabellada, lo moral por los suelos. Todo el tiempo transcurrido en su oscuridad iluminaba su ausencia de pena. La vieja ríe y los vecinos entran en escena.

Una mujer vivía sola con su mascota: un conejo de hocico blanco, un auténtico sucedáneo de caballero. Enfundado en su capelina, salía a pasear de su mano. ¿Cómo está usted señora bien acompañada por semejante escudero? Muy bien, respondía, y el animal giraba la cabeza con las orejas replegadas. Mantenía la delicada compostura. No era lo peor que le acontecía, los niños se retaban persiguiéndolo como un señuelo.

El encuadernador sentía el orgullo de haber acariciado el tacto nocturno de todos los que se aislaron en la poesía que precisa el desvelo. Cada uno de los libros había sido cosido y prensado por sus manos de orfebre. Es educado quien conserva la esencia del solitario, entregado al saber que multiplica el tiempo. Bibliotecas de cuero y emoción de desnudarlos de nuevo.

El hombre que dijo que acababa de haber tenido una disputa de borrachos sentía el agotamiento por intermediar entre lo impenetrable de la alucinación y el hedor. Los golpes no certeros le alcanzaron tangencialmente y otros de lleno. Su vocación le proporcionó una verdadera paliza por no permitir que se mataran sin reglas. El guardián experimentado debe conocer a los rivales sin que nadie interceda por ellos. Ahora se duele de la indignidad mientras los beodos marchan abrazados con una botella de vino mezclada con babas de amistad sin consuelo.

La mujer con amplio armario hace la señal de la victoria pues no sabe por qué le observa el fotógrafo. Le dice eso para que sienta interés por su bufanda tejida en las noches de vacío de la piel escamada por el frío de impaciencia. Tricota sin descanso y nadie se viste de sus manos. No vende, no gusta el fruto de su aguja. Es sencillamente el orgullo el que abriga al invierno aunque por el calor que hace no sea más que un engaño.

El hombre que pidió un cigarrillo tenía la bragueta bajada y la mirada elevada. Por el humo se sabe donde está la oportunidad, el beso del consuelo. No sufre la marginación pues los pulmones con nicotina comparten el aliento. Apenas un segundo en la rutina, un gesto de agradecimiento. Atrapan la belleza en cada calada, la extinguen y prenden de nuevo.

El hombre que dijo que le pica la piel cuando está seca no sabía que el mundo se descomponía en pedazos. Sólo su rostro curtido por las heladas y las noches de insomnio. El escozor anula cualquier divagación, concentra el caos en su problema somero. Los síntomas son estos, los pone en conocimiento y se indigna por la indolencia de cada encogimiento de hombros.

El joven que anduvo hasta aquí desde muy lejos se hace la siguiente cuestión: ¿si hubiera sido al revés y mi camino arrancara al contrario sería el mismo hombre que ahora? De donde se huye es el mismo lugar al que se acude a pedir refugio. Cierto es que el ser humano precisa tomar distancia de sus propias raíces pero éstas se le anudan en los tobillos y crecen por las lágrimas nostálgicas de la tierra que le arrastra a la ausencia.

El hombre con traje de piel perdió el ojo en la guerra. Le dispararon en una trinchera y le liberaron de su responsabilidad hacia la patria. Le otorgaron una buena pensión y no hubo de trabajar nunca más. Se sintió importante al contar la historia de su heroicidad en adelante. Si le preguntan por lo que sintió al ser herido dirá que un cierto alivio, el placer de escurridizo que experimenta el que debía haber muerto.

El hombre del abrigo que dijo que estaba hecho de la piel de veintiocho mapaches era, sin duda, el más temido de Asakusa. Si apreciabas la muerte sobre sus hombros y la mirada de criminal respetado en su pecho sabrías de qué os hablo. Sus anillos, el alfiler de corbata, el traje, la camisa hecha a medida y el sombrero de fieltro era más que la amable fachada. Al único que se le permite mirarlo de frente es a quien debe elevarlo al máximo esplendor. Cada pellejo fue un contrincante, siempre está en alerta el guardián del dinero.

Una vendedora se estaba dejando el pelo largo. No oculta su deseo de que se lo acaricien y le digan lo sedoso y hermoso que era. Cada noche lo cepilla durante horas y en el comercio llamaba la atención de sus clientes. Poseía un rostro triste y un tacto de acero. ¿Se encerrarían en su cabellera salvaje? Si la vierais desnuda con su piel desvelada, tensada por la gravedad de semejante cabello. Hizo la promesa de cortárselo cuando llegara el primer hombre que se lo recogiera. Le tejió una sábana de hebras que se extiende desde el lecho al mostrador donde ofrece su anhelo.

Un operario de grúa se siente utilizado como último recurso de los conductores que obvian su tormento. Nadie lo echa de menos hasta que el problema les estalla en las manos. Entonces llega él con su gesto de hastío y comprueba lo sumisos que son los que se detienen en seco. Jamás les sonríe puesto que los desprecia con el alma. Si por él fuera los abandonaría en el cementerio de la chatarra, bien aprisionados, al azar de la impura intemperie.

El de mantenimiento de lavaplatos industriales es un hombre futurista porque el pasado es mañana y los años adelante experiencia revivida. Inventa un personaje, activa su película. Mira sus gafas, tienen el poder de atravesar la indiferencia con sus manos, fuertes, bregadas contra la máquina. De ellas dependen las cadenas de vaciados cerebrales al por mayor. Sin su existencia las ideas nos aplastarían en su diversidad.

La mujer con abrigo de piel caro aprieta su bolso contra el cuerpo. Está vacío de sentido para los ladrones que le reconocen la dignidad. Es un clon de otras damas avejentadas que visten abrigos que también fueron caros. Sucede en todas las latitudes de bien. Por increíble que parezca una de ellas la está observando en este momento en su reflejo. Se ha reconocido y ha murmurado. Cuestión de estatus: la sosias está atrapada por un cristal y ella marca sus tacones. Produce un eco soberbio alejándose de aquél gabinete de arte de espejos al portador.

El gerente de una fábrica de procesado de goma que iba al hospital por su diabetes lleva una elegante gabardina y una corbata estampada. La camisa se la hicieron a medida antes de adelgazar por la enfermedad. Tiene la mitad de la calva pintada y un gran abismo capilar en el otro hemisferio cerebral. Mantiene la mirada de los buenos tiempos, es el responsable del caucho transformado en plena decadencia industrial.

El hombre que cacareaba impacientemente porque el fotógrafo tardó en hacer su foto miraba amenazador pues su tiempo inútil no podía perderse de esa manera tan poco habitual. Si había aceptado posar es porque hasta ahora nadie le había prestado atención pues su rutina es incomprensible para los demás y se cumplía de principio a final. El modelo se sentía retrasado y no podía tolerarlo más. El camarógrafo ya había conseguido la imagen pero le divertía esa pose contenida por sus ganas de gritar.

Un policía retirado que trabajaba para la Asociación Japonesa para la Seguridad de Tráfico jamás deja de ser un policía que se cree trabajar para la Asociación Japonesa para la Seguridad de Tráfico. Puede ser una redundancia pero es la verdad. El porte abrupto, la insignia y la estilográfica. Su mirada penetrante y todas las arrugas de su antigüedad. Nadie deja de ser lo que fue por culpa de los derechos laborales del retiro con los que usted ya se puede morir.

El fumador empedernido no echa el aliento en el papel impresionado. El fotógrafo no ha captado la voluta de humo, tan sólo el gesto de su viaje por el pulmón. El cigarro se equilibra en un ángulo recto paralelo al pecho, a la altura del corazón que le pide el primer beso de amor sin consumir. ¿Creen que este hombre morirá de cáncer? Por más que se lo adviertan en las cajetillas consumidas y arrugadas si lo dejara sufriría un infarto por decantarse hacia la traición. No soportaría el aire impuro de su propia soledad.

La mujer que me contó que se podía rastrear a su familia hasta mil años atrás estaba vestida para la mortaja. En sus pupilas se difuminaban las reencarnaciones de todos los espíritus que le habían acompañado hasta ahora. ¿Por qué ella vivía alejada de su propia leyenda escribiendo epitafios sobre su presente? La albacea de su obsoleta historia, el árbol genealógico en su propio desierto en el que estaba asentada. La última heredera de ésta extinta civilización.

Trabajaba en un bar gay. Un hombre que era aún más feo vestido de mujer. Había acabado en el mundo del espectáculo como la mayoría de los que se develaron bajo la piel. Se parecía a tantos otros en el red mundial de cabarets donde acaban estas personas que deben exagerar su íntima condición. Habían sido sombras desconocidas en cualquier paseo de cualquier ciudad. Tuvieron que pintarse, vestirse y enamorarse de cualquier empresario del sórdido negocio que los engulle hasta que sean desagradables para los propios monstruos que por ellos quieren pagar.

Danzante de Butoh, 2001. Hiroh Kikai.

Danzante de Butoh, 2001. Hiroh Kikai.

Hombre del abrigo que dijo que estaba hecho de la piel de veintiocho mapaches, 1999. Hiroh Kikai

Hombre del abrigo que dijo que estaba hecho de la piel de veintiocho mapaches, 1999. Hiroh Kikai

El hombre que lleva un collar de monedas y bebía sake comprado en una máquina expendedora era el cowboy más enclenque del lejano oriente. Tenía un reloj carísimo en su muñeca y sabía que fuera de la foto a nadie podía engañar. Hay tantos solitarios que decidieron un camino propio que sorprendería el aspecto que en su vida real no supieron encajar. Asakusa los acepta, pero no pueden salir más allá.

El hombre que dijo que era el único superviviente de un accidente de tráfico ocurrido siete años atrás en el que murieron cuatro personas sabía que él no debía haber viajado en aquel día y eso le salvó. Los demás le animaron, no querían dejarlo solo y le convencieron para ocupar la plaza excedente. Se instaló entre los dos ocupantes de atrás y ellos le protegieron del golpe fatal. Cuando recobró el sentido los llamó uno a uno y sus silencios lo acompañaron hasta hoy. Desde entonces se convirtió en un fantasma, a la espera de su muerte aplazada. Asistió a los entierros con la sangre de sus cuerpos incrustada en su piel sin cicatrizar.

Sólo soy un ama de casa. Pero tuve un buen marido. Lo cuidé como a un dios. Me hizo un hijo tras otro, no quería dejarme el vientre sin desocupar. Mi existencia no fue trágica, siempre pendiente de los demás. Aún así tenía mi propio tiempo antes de que él volviera de trabajar. Los niños jugaban en la escuela y yo me observaba en el espejo que me devolvía una imagen de princesa encerrada en una torre de cristal.

El hombre con camisa de cuero gastó sus ahorros en su sueño de apariencia como aficionado seductor. Si no impresiona con ella está acabado. Teme los días vulgares cuando viste como los demás. Esta foto le inmortalizará, será la compensación a su falta de afecto, justificará todas las risas que le dedicaron por su gran solemnidad.

La mujer que me dijo que había estado criando una muñeca durante veintiocho años me causó una gran ternura. La había encontrado en un vertedero cuando aún era una adolescente de los suburbios. Jamás supo que los juguetes suplantaban a la vida y se hicieron tan perfectos para inocular a las niñas el instinto maternal. Ella no conocía el secreto del amor y la trascendencia de sus frutos. Lo acogió en su regazo y hasta hoy lo cuidó.

El limpiador del edificio de oficinas creía en su oficio como todo aquél que conoce que de la pulcritud nace la confianza para hacer grandes negocios basados en la humildad y el respeto. Abrazaba a un bóxer que era el perro más tierno de su especie. Su viva reflexión. Pocos hombres se sentían más agradecidos con su destino como aquél que no espera más que el final de su turno para sentir a su mascota babear.

El hombre viejo con una pierna artificial se abstrae en el horizonte. Lo escruta en calma bajo su visera, apoyado en el muro de piedra, encajado a la perfección. Un apéndice inferior es suficiente si se sabe descansar. Fue bueno lo que quedó atrás. Si no lo olvidó, desapareció. Nadie lo esperará cuando se ponga en marcha, tampoco él añora a las sombras y en esa soledad la paciencia brota como una extraña flor.

La mujer que había empezado a hacer fotos hace algunos años y ganó varios premios aprendió a enfocar desde la misma difuminación. La antigua Olympus de carretes en blanco y negro tenía la misma fijeza que sus ojos erosionados. De ella se fiaba cuando los retrataba a todos. Como el fotógrafo que ahora la observa, sorprendido por desvelar la misma compulsión en quien ahora posa con las manos temblorosas. Cada día en el templo la historia interminable de los solitarios olvidables. Salvo por los guardianes del pasado que con ellos no desaparece. Se reconocen y se sonríen, tan seguros de su misión, identificar a los que huyeron a Tokio procedentes de Samarkanda.

El hombre que llevaba zapatos sobre sus pies descalzos y que dijo que estaba haciendo una investigación académica él solo sentía su talento flotar sobre el de los demás. Un individuo que llega al trasfondo de la ciencia o a las puertas del infierno sin conocimientos siente que tiene un aura que le protege de la indolencia de los comunes ignorantes de por qué sobreviven en su entorno. Los calcetines sobran o quizá sea la metáfora de la quietud: la pose que le diferencia de los demás, los que presumen de otro más común intelecto.

Una asistente de enfermería se preguntaba quién la cuidó a ella en vida. Había limpiado las heces a los mendigos, consolado a quienes alcanzaron sin querer la vejez y ahora ella presentía su tiempo consumir. Regresaba a su casa, esperaba el transporte público, cargada de bolsas. Sentía el frío de su habitación inhóspita. Las noches de su enfermedad solitaria para la que no había una mano caritativa capaz de consolarla. Así es la paradoja de las profesiones con más carga de alma.

El esteticista del body building reconoce a todos sus clientes por el tacto. Todos ellos confían en sus manos, confiados por el saber milenario. El cerebro domina al cuerpo. Eso dicen, pero es al revés. Los inteligentes se abandonan a la flacidez mientras que los sibaritas de los músculos no deben pensar más que en su propio placer. Los cerebros son cajas fuertes que se resisten a su apertura. En cambio, los ligamentos se deshilachan ante el roce que puede hacer a la brutalidad claudicar.

El instructor de danza japonesa ha de ser admirado sin preguntas. En la calle es una geisha que jamás servirá el sake y en su escuela es la más temida por las bailarinas que se han de someter a su mirada infalible. Pasea como una vieja dama, curtida en éxitos y en suicidios. La coreografía del fracaso es la única que pudo trascender a los que ahora la odian por su olvido en los teatros de hiel.

El hombre con cuatro relojes intuye que su tiempo se detuvo y ésa es su gran mentira. Me observa desconfiado porque yo lo sé. Nadie engaña al fotógrafo que vino del pasado a ajustar cuentas con quienes lo asesinaron. Este matón acabó conmigo y ahora lo sospecha. Piensa que le voy a disparar como hizo él conmigo. Tiene todas la horas marcadas, la que fue reclamada para el encargo, la prometida para finiquitarme, la que dijo que registraría el forense y la propia en su anillo de compromiso: la de la cita pendiente que se sincroniza ahora cuando la venganza se va a cobrar.

La niña que dijo “¡claro que es real!” no se refería a la bella carpa tatuada en su muslo que me enseñó con orgullo. Me hubiera mostrado el océano entero si yo se lo hubiera pedido pues he aprendido que el deseo de ser observado en la juventud da un permiso plenipotenciario. Si yo quisiera, me echaría las redes y me convertiría en su náufrago definitivamente y eso es lo que me advierte en su condición de sirena por las tapias del templo. Me retó a que la tomara y me sirviera de ella. Tan sólo sería una treta pues no muerdo el anzuelo. Soy viejo y aprendí de la paciencia del pescador y de todas las miradas que con la lente seduzco.

El hombre murmuraba “¡qué cámara más cara!”. Conocía de lo que hablaba pues yo mismo no pude pagarla. Lo hizo mi maestro Fukuda. Por él ahora lo observo. Sí, era muy valiosa, mi ojo de la cara, mi ceguera si no hubiera mecenas de la luz. Él sabía que sin ella yo no sería nada y también que si me la robara tampoco sería más que una estatua su persona. La vendería en el mercado negro y no tendría su retrato que ansiaba más y que yo le regalo por su decisión que a los dos nos satisface.

La camarera en un restaurante tradicional japonés es a la que cada día espero. Me salva de las malas jornadas cuando nadie interesante impresiona a mi lente. Me anima si me ve con la sonrisa de los días mejores, saca los platillos de sushi y hace la vista gorda si repito a su espalda. La retrato por pena pues si no lo hiciera no llegaría al sake que de tan mala manera me sirve.

El hombre que llevaba monedas de diez yenes como auriculares, cuyas aficiones son el jazz y la pintura japonesa es un pervertido que me quiere llevar a su estudio para que lo fotografíe desnudo. No me importaría, estoy abierto a cualquier visión pero jamás en privado sino en los muros del templo. Le insto a que se deje llevar por el arte para imaginarme en su alcoba. Y esos son los ojos que ansío, la sonrisa que pinto y vomitaría en su almohada.

El hombre que bromeaba sobre como en los últimos tiempos podía alimentarse gracias a una serie de trabajos inesperados me enseñó a valorar la oportunidad de encontrar sonrisas alentadoras. No era cuestión de alimentarse para siempre sino ahora. Cualquiera lo entendería, nunca hubo beneficio en la especulación de la nada. Dijo que él siempre cotizaba a la baja y así captaba la atención del pagador. Le preguntaban por cuánto y él respondía la cantidad más risible. Creían que le engañaban pero no era así. No repetía el cometido por la misma cantidad. Dejaba la tarea a medias y entonces reclamaba lo que consideraba justo. Le llamaban tramposo, trataban de no satisfacerlo. Pero siempre vencía, desde el momento en el que creían su palabra los timadores del tajo. Una y otra vez la avaricia del empleador caía en su saco.

El hombre que vino el día equivocado pensando que era el de la muestra de fuegos artificiales no cabía en la congoja de su confusión. Ataviado con pamela de fiesta, su blusa de flecos y el bolso de mujer práctica. Nunca se sabe si en la oscuridad y la vista alzada a los colores difuminados alguien lo abrazará por la valentía que da la misma emoción. Él siempre acudía a las citas festivas, día sí, día no. La excusa que me contó era su disfraz que no pasaba desapercibido a quien lo seguía junto a las paredes a la espera de la próxima celebración.

La mujer cuyo peinado parece a un personaje vivo tiene la impronta de la locura en su mirada pero es de fiar. Es una joven más del imperio del sol decadente y trata de ser agradable a quien la mira. No hay forma de sobrevivir en el anonimato, es preciso vestirse adecuadamente para no contrariar a la invisibilidad. En Asakusa nunca hay seres anodinos o perseguidores de la rutina como si fueran espectadores de sí mismos. Pero no es así. Son frutos de mi enajenación. Yo los ideé, después son tan normales que hasta tienen un carné de identidad.

Instructor de danza japonesa, 1986. Hiroh Kikai.

Instructor de danza japonesa, 1986. Hiroh Kikai.

El carpintero jefe, 1995. Hiroh Kikai.

El carpintero jefe, 1995. Hiroh Kikai.

El camionero que dice que siempre viste kimono si no está trabajando es un hombre sutil, elegante y educado. Nada que ver con su aspecto diario cuando se sube a la cabina del trailer. Cada uno responde a las expectativas de su sueldo. Se es lo que se le paga hasta que llega el tiempo libre y uno acude a su armario para encontrar el ropaje más adecuado a su estado de ánimo, el reposo aliviador. Trabajar es para él la mentirosa irrealidad.

La mujer con pañuelo morado accedió a ser observada porque jamás había despertado la curiosidad de ningún registrador. Era una viuda adinerada que vestía pieles en la equivocada estación. Tenía el rictus de las que desconfían por deseo. Sé que no será la misma persona después de esta inesperada revelación.

El carpintero jefe descansa en las estradas del muro. Ha enseñado a todos los aprendices que ahora trabajan por la ciudad. Se enamoró de su oficio por su abuelo quien no era tan hablador como él. Todo lo que aprendió fue por sus ojos inquietos y las manos rápidas. Desde niño supo que quien encuentra su vocación atávica puede viajar y rebelarse pero no desarraigarse ni dejar de extender entre los que le reclaman la destreza que le permite sonreír en su apacible vejez.

Una mujer señaló que llevaba haciendo buen tiempo una buena temporada. Relucía su sortija debajo de la manga de su abrigo. Sus dientes postizos parecían recién extirpados de la ostra y llevaba un crisantemo en el pelo. Hace una estación espléndida, repetía, y no tenía que ver con el sol que estaba siempre oculto por la niebla de los pensamientos que apunto en este papel.

Un hombre tocaba una melodía que compuso él mismo. La armónica da esa licencia a los malos músicos. Por eso gustan tanto a los que no nunca serán melómanos. Música hecha de babas y enfisemas. Son simpáticos los solitarios, consiguen abstraerse con cualquier motivo y como nadie les presta atención acaban siendo muy buenos en su despreciado talento. Hasta yo le aplaudo y me dedica su canción.

“Desde que era niño siempre quise ser diferente y hasta hoy fui maltratado por eso”. No hay más triste declaración. Crecer sin ser aceptado y perdurar en el momento exacto de la infancia en el que se alimentó el dolor. La calavera y los huesos de la bandera pirata son comunes a todos. A unos los echan por la borda y otros les van narrando su fracaso tierra adentro. No tiene padres que lo abracen. Murieron sufriendo porque les tocó el más raro de todos los que estaban peor.

Desconozco la danza de la que me habla. Desde que observo no me planteo el significado de las tradiciones. Yo mismo soy una nueva institución en el barrio. Permanecí aquí durante décadas y poco a poco todos se detuvieron ante mí. Como si fuera una estatua celebratoria. Pretenden que les retrate por inercia y si les digo que no son capaces de cambiar de atuendo y de profesión. Es la forma de observarme la que me provoca la curiosidad y por supuesto sé que es el butoh.

En mi país hay una específica celebración para cualquier acontecimiento trascendente. Como la del Sichi-Go-San, día de la fiesta de las niñas de tres a siete años. Si no hubiera pequeñas de esa edad en un año determinado sería nuestro fin. Parece imposible, estadísticamente nunca ocurrió. Pero los tiempos son crueles y tal vez si miras a la calle descubres que no hay infancia por ella. Dicen que las ocultan para no enfrentarlas a los pervertidos. Lo cierto es que son invisibles y por eso cambian el margen de la edad hasta que no se pueda descubrir el horror.

¿Cómo es el hablar centelleante? Así como el de este hombre que antes fue esteticista, en su dialecto de la admiración: ¡Deslumbrante! ¡Genial! ¡Maravilloso! ¿Se ven frente al espejo? ¿Se imaginan entre sus manos? Le brillan los espejuelos. Antes era alguien a quien se llamaba a altas horas de la madrugada y se le decía: ¡ven, no quiero una línea de oscuridad como el ocaso de la tristeza en esta noche! Y él acudía, una y otra vez. No tenía horarios fijos, los contentaba a todos. Eso fue en otro tiempo. Ahora es un comercial de productos de belleza. Ríe socarronamente, chisporrotean sus sílabas, cualquier crema te podría vender.

El vendedor de botas que tuvo una pierna enferma cuando era niño disimula su tara con su presencia. Hay que ser muy astuto para crecer con una tara y adelantarlos a todos en carreras por el exceso de confianza. Los defectos hacen fuerte, se les sobreponen de manera más hábil a la adversidad. Nadie distingue su cojera. Ahora todos le admiran. Por sus pieles y ropajes, el sombrero de fieltro y la sonrisa de oro. ¿Cómo alcanzó el estatus? ¿Se identifica con el zorro que le rodea el cuello? ¡A bastonazos!, claro está. Nadie le hizo frente, se hizo respetar.

El hombre más viejo de mirada penetrante conocía la verdad de cada uno de los que captaban su atención. Estaba enfermo, no podía respirar el aliento de los interrogados y eso le hacía ser infalible. Les decía: si respiro tus esperanzas moriré por no poderlas vislumbrar a la vez que usted si aspira el horror de su destino caerá fulminado por la desesperación. Mejor observarlo y silenciar mi pronóstico. El futuro es sencillo. O mueres joven o te consumirá la vejez. Siempre en la absoluta soledad. No hay más que pueda aportar a la filosofía de la existencia. No habrá reencarnaciones ni milagros de un dios rezado. La presencia digna es la que salva de la debilidad final. ¡Ah, no lo olvides! Sólo los ciegos conocen el porvenir luminoso que espera a los que aceptan su rendición después de luchar.

Un pequeño sorbo y estoy efervescente toda la noche. Uno sólo y te contaré todas las alegrías de mi vida. Los problemas de mujer fatal los dejo para mi soledad cuando te hayas servido de mi compañía. Soy fácil, no insisto, para que te quedes más tiempo del preciso. Pierdo la conciencia de dama desinteresada y olvido rostros como el tuyo al amanecer. Aprovecha la ocasión que nos da este trago. Te mostraré lo que ninguna chica de tu edad habrá descubierto en tu piel. Estoy en mi decadencia y cada brindis se me sube como el vértigo que he de afrontar.

Un hombre me preguntó si le compraría su abono de tren a medio usar. Le contesté que podría ser. Debería negociar. Dijo que los anteriores viajes le habían llevado al infierno y que éste estaba fuera de las zonas permitidas. Ya no quería regresar, le intentaron convencer de maneras poco ortodoxas y prefirió enmendarse. Regateé, observé su aspecto desolador y le razoné que era él quien debía ofrecerme una buena suma de dinero para salvarlo de su destino al que me quería embarcar. No me lo regalaba, insistía. Los negocios del Hades nunca tienen precio. El alma es el bien más codiciado por la maldad y la suya estaba a salvo, al contrario de la del tratante que se resiste a negociar con él.

Hombre con smoking. El mendigo conserva detalles de distinción. El mundo se le paró en un momento concreto, cuando estaba en la cúspide y no aceptó el vacío posterior. La chaqueta del frac le quedaba a la perfección, como antes de que el olvido le sucediera. Gasta las primeras monedas en el tinte para que su aspecto de antes no se pueda marchitar. Los que no cayeron en el abandono para siempre no lo entienden pero hay condiciones innegociables para las cuales un caído en desgracia jamás va a transigir. Sobre la mugre aflora la distinción.

El hombre que solía actuar como extra en películas de samuráis se siente un fantasma de sí mismo. Conserva en su casa los vídeos en los que su nombre no aparece y se busca en el fragor de las batallas. Nunca se encuentra y debe creer que sí estuvo. Un día apuesta a que es uno que se pierde a la derecha de la pantalla y al siguiente se dice que es el muerto. No recuerda, fueron muchas y tal vez cortaron las escenas en el montaje final. Y eso es todo lo que puede decir de su vida. Tiene resguardos de los rodajes que lo demuestran pero es como buscar su dignidad en el olvido de una generación que pasó hambre y ganaba los yenes con papeles sin la mínima oportunidad.

El hombre viejo que estaba hablando a un muñeco mientras caminaba se sentía muy locuaz. Me dijo que todas las historias eran falsas y sabía que era un niño de cartón piedra a pesar de su halo de locura. Era un amor filial inventado. La mentira daba igual. Los peatones se reían de su compañía a escondidas pero pegaban la oreja para escuchar un buen cuento que llevarse a los suyos sumidos en el aburrimiento de la realidad. ¿Quién quiere la verdad si ésta no es mejor que la propia imaginación? Lo cuidaba como un nieto mimado y le advertía que llegaban tarde a la comida y que su abuela se iba a enfadar.

Le advertí que había comprado un abono de tren a un hombre que lo había consumido a la mitad. Se lo ofrecí. Con la paloma en su mano el infierno lo respetaría porque no ofrecía ni un rasgo de maldad. Me observaba con una pena terrible, el hombre que no tenía dinero para el pasaje hacia el bien. De ninguna forma se lo presté.

La niña que vino con su abuela a rezar al templo imaginaba que había otros pequeños allí con los que poder jugar. No comprendía que hacía allí con tantas personas que murmuraban de forma tan monótona. No hay forma de ganar tiempo ante esos ídolos que no podía tocar. ¡Quieta!, le advertía la madre de su madre. Si te mueves te vas a condenar. Sonreía, era valiente, no le asustaba el Reino de la Oscuridad.

¿Qué le hace perdurar en la insistencia al artista?
¿Por qué se aleja del movimiento personal a cambio del infinito ajeno?
¿Quién le dirige a diario, lo levanta de la cama y empuja al lugar donde parece suceder lo mismo?
¿Qué siente cuando contempla a un hombre idéntico al que observó cuando salió a su cometido por primera vez?
Lo fijó en el revelador para recordarse quién no quiso ser y sin embargo fue en el tiempo.
La primera vez se esquivaron pero no pudieron olvidarse.
La segunda vez ambos aliviaron el gesto.
Habían aceptado su inútil misión.
No quisieron descubrirse en sus fotos respectivas.
Ni siquiera se las ofrecieron.
Frente a frente se sonrieron.
Ambos sabían la respuesta.
No se formularon la pregunta.

José Ramón Huidobro

Hombre más viejo de mirada penetrante, 2004. Hiroh Kikai.

Hombre más viejo de mirada penetrante, 2004. Hiroh Kikai.

La dama sonriente, 1986. Hiroh Kikai.

La dama sonriente, 1986. Hiroh Kikai.

LA IMAGEN PERDIDA

septiembre 7, 2014 - Una respuesta

(Texto íntegro perteneciente a la película L´image manquante de Rithy Pahn y Cristophe Bataille)

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En medio de la vida vuelve la infancia. Es un agua dulce y amarga.

Busco mi infancia como una imagen perdida o quizá sea ella la que me reclama.

¿Es porque tengo 50 años? ¿Porque he conocido tiempos turbulentos alternados con otros de esperanza? Los recuerdos están aquí y ahora. Golpean mis templos, me gustaría ahuyentarlos.

Con tierra y con agua, con los muertos y los campos de arroz, con las manos vivas hacemos un hombre. No hace falta mucho. Basta con que te lo creas.

Su traje es blanco
La corbata negra
Me gustaría abrazarlo
Es mi padre

Recuerdo aquellos días en Phnom Penh: las fiestas en casa. Recuerdo las sonrisas y las canciones. Olía a caramelos, a pescado, a especias, a mango. Bailábamos, hablábamos sin fin con los tíos y las tías. Mis primos traían la fruta, guayabas: duraznos. Era el tiempo del estudio, de los libros. Disfrutaba por la noche, escuchaba a mi padre recitando poemas. Recuerdo sobre todo la dulzura de las cosas.

Y llegó la guerra.

Los bombardeos se acercaron en los años 70. Recuerdo los primeros muertos, nuestro miedo, mi tristeza de niño.

Hay tantas imágenes del pasado que giran como un bucle. Pensamos que las hemos asimilado porque las hemos visto. Hasta que descubrimos una de ellas en la pantalla que no es un cuadro ni un velo. Entonces no nos falta.

Phnom Penh fue tomada por los Jemeres Rojos que venían para acabar con la injusticia y la explotación. Entraron en la capital el 17 de abril de 1975. No hubo gritos de alegría sino una espera silenciosa.

Yo estaba allí. Me recuerdo mirando a aquellos jóvenes combatientes como si no estuvieran allí.

Nos habían dado una orden: NO TOCAR NUNCA AL ENEMIGO CON LAS MANOS

El enemigo soy yo: tengo 13 años.

El Banco Central fue dinamitado. No había vuelta posible.La ciudad es impura, corrupta. En pocas horas estaba vacía. Dos millones de personas dejaron la ciudad, abandonaron sus casas, sus amigos, sus recuerdos. En resumen: su viejo mundo.

¡VIVA EL GLORIOSO Y LARGO 17 DE ABRIL!, DÍA DE REBOSANTE ALEGRÍA.

La revolución es tan pura que no quiere seres humanos.

Ahora Phnom Penh se puede filmar, como en la profecía de Puth Tomniey. Las casas estarán vacías, las calles sin viandantes. Nadie subirá las escaleras. Los ríos de sangre se desbordarán.

Enseguida nos separaron.
Nos fuimos al campo en plena estación seca.
Teníamos hambre y sed.
Pasamos de mano en mano como animales,
en vagones de ganado y carretas.

La deportación de Phnom Penh es una imagen perdida.

Los Jemeres Rojos nos contaron, después separaron a las mujeres de los hombres y los adultos de los niños.

SE PROHÍBEN LOS RECUERDOS, LOS EFECTOS PERSONALES.

De repente no hay individuos sino números. Nos cortan el pelo. Nos confiscan las gafas, los juguetes, los libros.

Nos visten de negro, nos cambian el nombre. Somos: el Pueblo Nuevo.

Los burgueses, los intelectuales, los capitalistas son reeducados o destruidos.

DEBES ABRAZAR LA CONDICIÓN PROLETARIA.

HE AQUÍ EL NUEVO PAÍS. SE LLAMA KAMPUCHEA DEMOCRÁTICA.

Una fábrica con humos inquietantes, los diques y los campos de arroz. Sin gente. Toda la sociedad se organiza de forma colectiva y militar en unidades de trabajo.

ANGKAR SE OCUPARÁ DE VOSOTROS, CAMARADAS, HERMANOS, HERMANAS, PADRES Y MADRES.

ANGKAR es la organización, somos todos, cada uno de nosotros. Es el joven Jemer o el jefe del pueblo, el responsable del centro de tortura o Pol Pot.

Hay que supervisar a esta gente hecha de arena, de polvo, de pies descalzos. Pronto ya no habrá casas, ni amigos ni amor. Tampoco padre o madre. No existirá la emoción.

Incluso las palabras serán transformadas. Todos serán combatientes de la revolución o abono de los campos de arroz.

Para resistir hay que esconder en uno mismo una fuerza, un recuerdo, una idea que nadie pueda arrebatar. Pueden robar una imagen, pero no un pensamiento.

ANGKAR te invita a una sesión de estudios y reconstrucción de ti mismo.

CAMARADAS PRONTO SEREMOS MAESTROS DEL AGUA, DE LA TIERRA Y DE LOS ELEMENTOS.

Cada hectárea producirá 3 toneladas de arroz, puede que 5 o 7. Entonces seremos 10 millones. No habrá hambre, ni fatiga ni injusticias. Los ancianos serán alimentados por una máquina.

ANGKAR ES PERSPICAZ Y LLENO DE INTELIGENCIA.

EL PUEBLO ES EL CEREBRO DE ANGKAR.

¡VIVA LA EXTRAORDINARIA REVOLUCIÓN CAMPUCHEANA!

¡VIVA LA NUEVA SOCIEDAD SIN RICOS NI POBRES!

Levantamos el puño. Repetimos las consignas. ANGKAR establecerá una sociedad modelo única, sin división de clases. En este mundo perfecto los diques son de hormigón y cubiertos de alquitrán. Todo está en orden. En la cima de esta utopía hay una bandera roja y por supuesto: LA VERDAD.

¡SOIS MUY LIBRES CAMARADAS!

De momento hay que obedecer, cavar sin descanso, desplazar las piedras, remover la tierra. Durante meses horadé un estanque en medio de áridas llanuras. Nunca vi el agua.

¡VIVA LA CAMPUCHEA DEMOCRÁTICA QUE HA EFECTUADO UN PROGRESO MARAVILLOSO, UN GRANDIOSO Y EXTRAORDINARIO AVANCE!

¡TRABAJEMOS EN LOS CAMPOS CON DETERMINACIÓN! LAS COSAS NO CAEN DEL CIELO.

Estas consignas no me han abandonado nunca, creo oírlas todavía.

LA VIEJA SOCIEDAD SÓLO PENSABA EN LA CELEBRACIÓN.
EL COLECTIVISMO ES EL ABONO Y LA COMIDA.

Ahora una cacerola es del grupo. Está prohibido tener una. Lo compartimos todo. Nuestro único bien es nuestra propia cuchara. Con el hambre se somete a un hombre.

Controlan a todos: vivos o muertos. Los enfermos, los que no les obedecen, no son alimentados o se les da media ración. El hambre es para nosotros. El hambre es un arma. El PUEBLO NUEVO es una planta parásita.

Los que nos vigilan viven en áticos. Nunca tienen hambre.

Reeducar empieza por destruir. Había que borrar a todos los habitantes de Phnom Penh. Construir destruyendo es una metáfora perfecta. Los Jemeres Rojos quieren un hombre de metal, un puro instrumento de la revolución.

Los dirigentes Jemeres Rojos son el estado universal y homogéneo. Y por supuesto está Pol Pot, el Hermano nº 1, reconocible por su abanico. Y sus camaradas: Nuon Chec, Leng Sary, Khien Samphon y Son Sen.

LEVANTAOS, LOS DESDICHADOS DE LA TIERRA.

Los desdichados somos nosotros: trabajamos en los campos, encadenados, deambulamos como fantasmas. En esta capital vacía durante cuatro años sólo queda el Comité Central. Y el Instituto Ponhea Yat que se convierte en el Centro S21. Aquí se golpea, se electrocuta, se descuartiza, se hace comer los excrementos: se tortura.

Todo empieza con la pureza y acaba con el odio.

Sé que los Jemeres Rojos han fotografiado las ejecuciones. ¿Por qué? ¿Necesitan una prueba, llenan un dossier? ¿Qué hombre que fotografía estos hechos querría que no se perdieran?

Yo busco esa imagen.
Si finalmente la encontrara, por supuesto no podría mostrarla.
¿Y qué muestra una imagen de la muerte?
Prefiero mostrar la imagen de una joven que reta a la cámara- o al ojo del verdugo- y todavía nos mira.

Sangre escarlata que cubre las ciudades y campos de Kampuchea, nuestra patria.
Sublime sangre de los obreros, de los campesinos.
Sangre sublime de los hombres y mujeres, combatientes de la revolución.
Sangre que se hace odio implacable y lucha decidida que nos ha liberado de la esclavitud.

Por lo tanto, no se puede filmar impunemente. Miro a estos niños con las manos, los rostros y los cuerpos cansados. Esta joven vanguardia trabaja para su propia destrucción.

Por la noche, contaban historias antiguas, con fantasmas, brujas, viajeros perdidos, niños traviesos.
Entonces me hacen trabajar en la cocina donde se come bien.

Contaron la historia del cohete Apolo enviando a la Luna a esos revolucionarios que hablaban con cifras y claves.
Sangre escarlata que inunda ciudades y llanuras ¿cubrirá también la luna?
Soñaba que caminaba por ella como Neil Armstrong con pasos infantiles: un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad.
Vi otra vez las imágenes
¿Pero quién es esa gente?- pregunta un camarada.
“Los que andan por la Luna son los americanos”
¿Los americanos? ¡Mientes! Es imposible.
El narrador es torturado. El narrador es asesinado.
El salto para la Humanidad no está en la propaganda capitalista.
Está aquí para nosotros que tenemos hambre.
¡VIVA LA VISIÓN INDEPENDIENTE Y LLENA DE CONTROL DEL ANGKAR REVOLUCIONARIO DE LA KAMPUCHEA DEMOCRÁTICA!
¡VIVA SU EXTRAORDINARIA CLARIVIDENCIA!
En nuestra Luna no hay nada: esta tierra agrietada y polvorienta lo cubre todo.

Me costó años aprender a caminar descalzo sobre los espinos.
Agua turbia se derrama por mi garganta.
Desaparezco poco a poco, ya no soy nada.
Es extraño beber barro, los búfalos nos miran
“Son extraños estos hombres, beben de nuestro agua”

La lata de Nestlé se convierte en nuestra unidad de medida. Contiene 250 g. de arroz. El hambre se extiende: cada día tenemos que compartir esa cantidad. Primero entre 7, después por 16 y enseguida por 25…Compartimos el hambre.

Mi madre lucha por nosotros. Construye una cabaña con ramas, hojas y lianas. Cada día camina dos horas para que podamos beber agua limpia. Consigue el derecho de darle media ración extra a mi padre. Pero una noche él nos dice: voy a dejar de comer alimento para animales. Soy un hombre. Renuncia a su parte. Yo no le comprendo. Le riño. Encontraron una lámina de acero para llevar su cuerpo hasta la fosa. Mi madre no llora. Ni una lágrima para los Jemeres Rojos. Aquella noche me contó que mi padre había sido enterrado por mis familiares, por sus colegas, respetando la tradición y la paz. No quiero olvidar ese momento: fue un acto de resistencia.

Mi padre venía de una familia pobre, creía en la educación. Soñaba con enviar a la escuela a sus hermanas y hermanos, hijos y ascendientes. Quería que fuéramos independientes. Él no nos abandonó. Nos enseñó la libertad. Me parece todavía que su alma volvió a nuestra casa. Finalmente pudo recitar el poema de Prévert que tanto le gustaba:

Cabello negro, cabello negro
acariciado por las olas
Cabello negro, cabello negro
enredado por el viento

Aquí las escuelas se convierten en centros de exterminio. Aquí los cerdos son los lectores porque los lectores eran cerdos. Aquí cada soldado lleva un bolígrafo en el bolsillo. A veces un reloj en la muñeca. Nos está prohibido pero es un signo de distinción en mi país que odia el conocimiento. LA PALA ES VUESTRO BOLÍGRAFO. EL CAMPO DE ARROZ VUESTRO PAPEL.

Aquí está la Escuela de Electricidad y Aplicación Real para formar a los técnicos. Los alumnos son elegidos entre los hijos de los campesinos pobres, de la clase media o de los combatientes del ejército revolucionario. El camarada Trang tiene 16 años. Entró en la revolución a los 9 años. Ha combatido en diversos campos de batalla. También fue herido. Las líneas fronterizas y la retaguardia están llenas de niños como él. No podemos contarlos. Todos tuvieron vidas extraordinarias. Hoy trabajan con toda su fuerza y corazón para defender y reconstruir su país.

Pasé mi infancia en los estudios de cine con un vecino que era director. Amaba este mundo maravilloso, lleno de joyas y coronas, colores y oro. Un mundo de gigantes de cuentos. Amaba el backstage donde hermosas actrices parecían bailar para mí. Recogía trozos de película que miraba en pequeñas cajas de luz. Después se destruyó ese mundo, cerraron los cines, ejecutaron a los artistas, enviaron a los campos a los cantantes, a los técnicos y a los directores.

Un film Jemer Rojo siempre tiene una consigna: la práctica al servicio de la teoría. ASÍ QUE NO INTENTES IDEAS PERSONALES.

PARA CURAR LA ENFERMEDAD DE LA ANTIGUA SOCIEDAD, TOMA LENIN COMO MEDICINA.

Ahora sólo hay un actor. No es el pueblo: es Pol Pot. Él es la revolución. Hay que forzar su mito. Una cabaña construida en la selva –un decorado de madera- Pol Pot es un revolucionario, sólo bebe té. Usa una lámpara de petróleo, se lava con la naturaleza. Vive como todos en este país, con sus libros, sus armas y sus camaradas. Habita la ideología.

El Hermano nº 1 se inspira en la joven humanidad: los pueblos primitivos. Los Jarai, los Cuoi, los Bunong. Sus familias comparten todo. Observándolos ha comprendido y pensado en extrapolar el mito del buen salvaje de Rousseau. En París ha firmado sus artículos con el nombre “Jemer de Origen”. Marx es Jemer Rojo y Rousseau, el comunista integral. Se avecina el mundo puro en su impronta, está en marcha la sociedad perfecta. La radiante revolución brilla con todo su esplendor. Los campesinos abandonados se unen a la lucha por la justicia. Se verán hermosos en los billetes del nuevo país. Los que jamás se usarán. No hay ventas ni comercio. Tampoco denuncias, ladrones o pillaje. Sin propiedad individual se extirpa cualquier problema. El nuevo pueblo es reeducado en los arrozales. Son parte del mundo original. Reencuentran la pureza. Necesitan ser reconstruidos o destruidos por el bien común. Pol Pot dice: a los que no podamos reeducar los combatiremos como enemigos. ANGKAR no usa nada de la sociedad imperialista o feudal. Los coches capitalistas reconocieron su crimen y también son reutilizados. Trabajan para la edificación de un nuevo país. Cuando acaba el trabajo llega el momento del adoctrinamiento. Se transforman las palabras. Se usan sólo como consignas:

EL CAMARADA CON MUCHOS DEFECTOS ES EL ENEMIGO.
QUIEN PROTESTE ES UN ENEMIGO.
EL QUE SE OPONE ES UN CADÁVER.

Un niño de 9 años denuncia a su madre por apropiarse de unos mangos. Grita: la camarada ha reconocido su crimen. Su mamá llora dulcemente. Admitir algo es acceder a morir para que la revolución sea justa. Cuando los hombres sean libres o iguales: ¿seguirán siendo hombres? La señalada cierra los ojos: ¿es para guardar la imagen de su hijo? Ella calla. Se pierde por el bosque escoltada por los soldados y por supuesto no vuelve.

Me gustaría alejarme del barro, del hambre, de mi ropa negra. Caminar por el agua es una tortura: caigo exhausto.

A veces un avión atraviesa el cielo, ¿me observa? ¿me va a lanzar una cámara de fotos para que el mundo sepa de nosotros? Somos la imagen perdida. Ese avión irreal me salva. No tengo nombre, ni familia, ni esperanza. Pero todavía tengo un corazón.

Recuerdo los viejos días, a mi hermano desaparecido en Phnom Penh, el 17 de abril de 1975. Con su guitarra que no les había gustado a los Jemeres Rojos, como tampoco su aspecto y menos sus canciones.

Han desaparecido los colores, las risas, los bailes y la música. Nuestra vida cotidiana se ha vuelto un combate, una guerra contra la naturaleza, las palabras y el enemigo. Los niños enviados a primera línea son muy jóvenes pero llenos de energía para cumplir su deber. Y yo repito: ANGKAR NO COMETE ERRORES. ANGKAR LO ES TODO.

 

No le deseo a nadie ver morir a un hombre, con el rostro y los pies hinchados, como si sólo le quedara el agua.

La niña tiembla de hambre, así que roba el maíz. El jefe del grupo la ve y la acompaña a nuestra casa: es un crimen. Su abuela le ha prohibido comer la mazorca. “Nosotros no robamos, somos orgullosos”. La pequeña llora y yo no entiendo nada. Al oscurecer come sal. Rechina sus dientes. El hambre es la noche. Dormía a mi lado, tenía el vientre hinchado, la mirada fija. Suspiraba, llamaba a su madre, a su padre y se callaba. La enterramos. Los otros dos niños también murieron rápidamente. No quiero ver más esta imagen del hambre y sufrimiento. Así que os la enseño.

Mi madre es llevada al hospital. Se entera de que su hija de 16 años ha muerto. Aquí todos desaparecen. Sin decir palabra le acaricia la frente. Le quita los piojos de su delgado pero bello rostro. Después se tumba sobre las tablas.
Está prohibido pescar, aunque haya centenares de peces. Pesco uno en secreto. Dos días después se lo llevé a mi madre pero ya había muerto. Comprendí que entonces estaría solo. Volví a ver nuestra casa, nuestra cocina, nuestro jardín, mi cuaderno con el rostro de mis padres. Esas imágenes no están perdidas para mí.

ESTAMOS DECIDIDOS A CUMPLIR NUESTRO DEBER POLÍTICO DE 1977 CON UN EXTRAORDINARIO PASO HACIA DELANTE.

Me convertí en uno de esos chicos de la cantera. Mirando atentamente vemos el cansancio. Están exhaustos, los rostros secos. Se ve la crueldad, algunos ya no pueden trabajar. Sin embargo, hay una cámara. Aquí la profesora- la más vieja- nos enseña a usar un pico, una pala y la ideología.

Todos somos iguales. Ésta es la revolución de los niños. Por supuesto, cada uno depende de sí mismo pero los líderes de los Jemeres Rojos comen mejor que nosotros. No tienen hambre: ¿dónde está la igualdad?

Mis amigos y yo somos enviados a un campo muy duro. Cada mañana teníamos que cavar 3 metros cúbicos de tierra y fabricar de 25 a 30 kilos de abono cada tarde con hojas y excrementos de vaca. No había tanto ganado, ni hojarasca, por lo que esas cifras eran imposibles. Si no excavábamos esos 3 metros cúbicos nos subían la cantidad a 5.

TRABAJAR DURO, NO SER DERROTISTA CON EL ENEMIGO.
DEBES AMAR Y RESPETAR LA COLECTIVIDAD.

Ese campo era una tumba custodiada por un hombre con sombrero. Su perro nos miraba como si fuéramos un enigma. Este hombre golpea a los que no cumplen las reglas. Estaba prohibido buscar raíces o hablar. Comía solo y tenía su propia alimento, como su mascota. Nosotros compartíamos nuestras raciones de niños.

En París o en otras partes los que adoraban nuestras consignas, los que leían nuestros libros ¿han visto esas imágenes? ¿o estaban perdidas? Pienso en mi pasado, en todos los desaparecidos. Mis hermanas, mis hermanos, mis primos, mis padres. La infancia está lejana y próxima con su dulzura, sus gritos alegres, sus risas y voces. La niñez es un estribillo.

No volví a mi casa desde el 17 de abril de 1975. Recuerdo, sin embargo, cada detalle. Las pinturas, las puertas, los tarros, los pasillos. Mi casa se convirtió en un casino, un karaoke, después en un burdel. Ha sido también vaciada, privada de su historia. No hay verdad, sólo películas. La revolución es el cine.

Me acuerdo de la gran inundación de 1978. Yo estaba en el campo de trabajo, teníamos mucha hambre. Una enorme mata de arroz bajó por el río. Encontramos hasta huevos. Así que comimos.

En el cine las cosechas son también gloriosas. Hay grano, personas tranquilas y decididas. Parece un cuadro, un poema. Veo por fin la revolución que nos habían prometido. Sólo existe como imagen. Esos sacos de arroz no eran para nosotros, ¿estaban reservados para nuestros dirigentes? ¿o eran seleccionados de antemano al estar marcados con letras árabes? ¿Eran atrezzo para el cine, simple decorado? Cada gesto nuestro era escrutado. Cada golpe de respiración e incluso nuestro silencio. Pero la gran hambruna no era percibida por los Jemeres Rojos. ¿No sabían, ni veían? ¿No podían hacer nada? ¿La verdad está en la consigna gloriosa o en estas imágenes que no hemos perdido?

Esto dijo Pol Pot:

“Actualmente nuestras cooperativas son sólidas unidades de colectivismo, política y espiritualmente hablando. Capaces de cumplir todas las directrices del ANGKAR. En todos los campos se han de cumplir con éxito las tareas revolucionarias. Han transformado una región seca y triste, miserable y sin agua potable. Ahora hay piletas grandes y pequeños canales que se entrecruzan: arrozales y vergeles de orquídeas. Estas cooperativas fundan una sociedad nueva, sin corrupción y todo tipo de rufianes: igualitaria y próspera. Viven una coexistencia perfecta en todos sus campos: alimentación, salud, higiene, cultura y educación.

Ésta es la realidad:

Casas de paja, sequía, agotamiento, hambre, luces de neón para trabajar durante la noche, altavoces recitando consignas. La ideología está en los arrozales.

El hombre que filmó esas imágenes se llama Ang Sarun. Es un cámara Jemer Rojo. Rodó también éstas de un discurso de Pol Pot. ¿Por qué esta niebla? ¿Es un error técnico? ¿O quiere mostrar niños en harapos para mostrarle al Hermano nº1 la condición de su país? El operador es torturado y ejecutado. Su cuerpo desaparece, al igual que su historia. Pero no esta película.

NOS COMPROMETEMOS A AGITAR DESDE LO MÁS ALTO EL ESTANDATE DE LA REVOLUCIÓN.

Suena como una frase de Mao, pero es un eslogan del ANGKAR. Pol Pot saluda personalmente en el aeropuerto a los dos grandes líderes chinos: Zhang Chunqiaoy y Geng Biao. Los camaradas de la República Popular China inspiraron la ideología de la Kampuchea Democrática. Esta imagen de fraternidad no se ha perdido.

¿No es maravilloso este gran salto adelante? ¿No es cada día un día festivo? ¿No alcanzará con éxito Kampuchea su pureza donde la revolución china falló? ¿No es Kampuchea un extraordinario laboratorio ideológico? ¿No es una lección esta visita?

 

Hemos cazado ratas, nos las hemos comido. También insectos, raíces, caracoles crudos. La deshumanización empieza así, por el hambre, la enfermedad, el deterioro físico. ¿Quién ha filmado a la gente enferma? ¿Y las pagodas convertidas en hospicios? ¿A mi compañero de habitación con la rodilla comida por los gusanos? ¿O a esa joven con problemas para dar a luz y que grita sola toda la noche y se golpea el vientre hasta morir?
Por supuesto, hay un hospital Jemer Rojo. Yo pasé semanas en esos vestíbulos de la muerte. Las medicinas están en botellas de cocacola, se les inyecta a los enfermos jugo de coco de una pureza absoluta. Me hubiera gustado dejar de oír los gemidos, los sollozos, los gritos. No oler la carne caliente y putrefacta. Los muertos se van por la noche y yo los buscaba por la mañana sobre las tablas de madera. Sobreviví.
Este hombre sentado en el suelo está muy débil. No come y está inmóvil. Pienso en esta imagen durante años, le tiendo la mano para ayudarle. Los Jemeres Rojos destruyeron las medicinas capitalistas. Extraían raíces, las hervían. Experimentaron con medicinas tradicionales (¡tan revolucionarias!) Utilizaban a los seres humanos- el S21, por ejemplo. No hay diplomas, sólo casos prácticos.
Limpiaba la sala, a los enfermos. Y cada mañana los llevaba hasta la fosa. A veces llegaba a un punto de desesperación. Hay sonidos secos, huesos que se rompen, manos que buscan y encuentran una de un niño. Ese pequeño que se siente vivo y cuenta la historia soy yo.

En mitad de la vida vuelve la infancia dulce y amarga con sus imágenes. Como un ahogo o una pregunta: ¿Cómo es que estoy aquí? ¿Por qué no pude ayudar más a mi familia? Pensar en mi infancia es pensar en la muerte.

Entendemos a los Jemeres Rojos observando sus imágenes. Pol Pot crea una realidad acorde con su deseo. Incluso la Naturaleza tiene que obedecerlo. A veces los líderes juntaban a varios pueblos y les pasaban una película narrando la lucha contra de la gente contra el poder de los colonizadores. Sabíamos que eran actores y las películas eran malas. Muchos se dormían en la parte de atrás, cansados como yo.

Durante cuatro años fuimos desplazados de sitio en sitio. ¿Cómo rebelarte teniendo solo un traje negro y una cuchara, cuando se está perdido y se tiene hambre? Algunos dicen hoy que es un aspecto del budismo y la aceptación del destino. ¿Dónde están entonces los intelectuales? ¿Leyendo? ¿Pensando? Aquí no mata el karma ni la religión, sino la ideología. En el comienzo de todo totalitarismo hay algo falso. Tienes miedo de los enemigos, de los tocones de los árboles. Trabajaba en los vastos bosques. Teníamos que podarlos para sembrar el maíz. Había calor y humedad. También serpientes, tarántulas, monos y lagartos que algunos de mis compañeros se comían. Pero no podíamos ser vencidos por la naturaleza. Había que luchar y conseguir un avance definitivo. Esas consignas nunca me despertaron pero sí el sonido de los bosques. Nos hicimos más fuertes, habituados a luchar contra el frío, a controlar nuestro cuerpo. Tras la tormenta dormíamos en la tierra mojada.

Recuerdo el mercado central, el olor amargo y floral, los aromas de jazmín. A los enamorados, sus gestos tímidos y sus miradas. Recuerdo la abundancia, la seda, el pescado, las carnes y la impregnación del pollo hervido que me obsesionó durante cuatro años. Recuerdo las comidas alegres. En el mercado de mi infancia las personas tenían bocas. Conversaban, se atraían y la risa era un clamor. Es la misma calle viva y rancia, en las afueras de Phnom Penh. Basta con abrir los ojos. Me acuerdo de ese mundo perfecto y humano.

Dos mil años de esclavitud, dijo Pol Pot. Es una persona como vosotros y como yo. Simplemente tomó decisiones ideológicas no criminales en su origen. Eran difíciles. Por eso me gustaría hacer este film. Ahora mi hijo puede hablar, se expresa con frases seguras: filma nuestra historia, somos nosotros. Hay pobres con hambre, ricos que los expulsan de sus tierras. Pol Pot sólo piensa en los Jemeres Rojos. Antes de ellos ya había pobres arrancados de sus aldeas. Reclutaron a la gente por esta injusticia. Después llegaron los americanos. Arrojaron más de 500.000 toneladas de bombas sobre el país. Así los despojados se unieron a la revolución. Alzaron su puño. Mintieron sobre el concepto de justicia, la igualdad, la felicidad y el progreso. Los mismos pobres cavan hoy la tierra.

A veces veo a un niño y siento que soy yo.
Todo era más fácil para él.
No sabía pescar, andar descalzo o combatir.
Años más tarde se siente culpable
por no haber ayudado a aquellos más pobres.
Parece que hablar nos consuela. Nos ayuda a comprender.
No llegué jamás a la sabiduría.
No busco una imagen de los míos, me gustaría tocarlos.
Me faltan sus voces.
Así que dejo de narrar.
Querría dejarlo todo,
mi lengua, mi país –en vano-
Ha vuelto la niñez.
Ahora es la infancia quien me busca.
La veo, le gustaría hablarme,
pero las palabras son difíciles.

 

Este perro es el Dios del Tránsito. Me conduce a su barca. Mirándolo pienso en el hombre con el sombrero y en el río en el que flotan los cadáveres. Las familias siguen viviendo tras la marcha de los Jemeres Rojos. Los jóvenes se han ido a trabajar a Tailandia. El viejo jefe del pueblo, que fue cruel y nos aterrorizaba a caballo no fue arrestado. Creo que vivió feliz y tuvo muchos hijos. El caos ha desaparecido. No queda casi nada: trozos de vasijas, cacerolas oxidadas, un horno de arcilla. Todo ha pasado como en una película cruel. La fosa del hospital donde enterré a tantos muertos y a mi madre y hermanos ahora es un lago artificial creado por un organismo internacional. Retiraron los huesos, plantaron calabazas y maíz. Pero el agua es tan salada y extraordinariamente verde que nadie la usa para beber. ¿Están ahí los muertos? Sí. En ocasiones siento que alguien camina sobre ellos y me aparto. Hay almas que parecen vagar buscando un lugar, un pensamiento dulce y noble. Muchos se resistieron…lo hicieron callados, con una palabra o una sonrisa. A veces con un simple gesto para decir “No”. Pienso en mi padre que nos contó su elección. El silencio fue su mayor grito.

El duelo es difícil: los entierros no tienen fin. No hay consignas ni guardianes vestidos de negro. Queda la tierra empapada de sangre. La carne es la mía. Así estamos juntos. Hay muchas cosas que el hombre no desearía ver ni conocer. Y si las viera, sería mejor morir. Pero si algunos de nosotros las ve o las conoce debe vivir para contarlas. Cada mañana trabajaba al lado de la fosa. Mi pala chocaba con huesos y cráneos. No había bastante tierra para cubrirlos. Es a mí a quien van a matar o asesinaron. Por supuesto, no he encontrado la imagen perdida. La he buscado en vano.

Un film político debe descubrir lo que se ha inventado. Por eso creo esta imagen, la miro, la acaricio. Le tiendo mis manos como al rostro amado. Ahora os doy esa imagen perdida para que no dejemos de buscarla.

Rithy Panh

Todas las fotografías son fotogramas o fragmentos de la película: La imagen perdida.Coproducción Camboya-Francia; Catherine Dussart Productions (CDP) / Arte France / Bophana Production

Todas las fotografías son fotogramas o fragmentos de la película: La imagen perdida.Coproducción Camboya-Francia; Catherine Dussart Productions (CDP) / Arte France / Bophana Production

VOSOTROS NO LOS CONOCISTEIS, DEJAD DE VERLOS COMO NUNCA FUERON

agosto 1, 2014 - Leave a Response
Dead 1 1988 62 cm x 67 cm Catalogue Raisonné: 667-1 Óleo sobre lienzo. Gerhard Richter.

Dead 1
1988 62 cm x 67 cm Catalogue Raisonné: 667-1
Óleo sobre lienzo. Gerhard Richter.

Man Shot Down 1  1988 100 cm x 140 cm Catalogue Raisonné: 669-1 Óleo sobre lienzo. Gerhard Richter.

Man Shot Down 1
1988 100 cm x 140 cm Catalogue Raisonné: 669-1
Óleo sobre lienzo. Gerhard Richter.

Hanged 1988   200 cm x 140 cm   Catalogue Raisonné: 668 Óleo sobre lienzo. Gerhard Richter.

Hanged
1988 200 cm x 140 cm Catalogue Raisonné: 668
Óleo sobre lienzo. Gerhard Richter.

 

La cuestión es cómo un prisionero aislado puede hacer entender a la justicia que su conducta ha cambiado. La traición: es la única opción que se le deja. La justicia ante esta situación tiene dos opciones: encerrarlo, lo que implica la muerte o conseguir que hable, confiese y sea un traidor a su causa. Y así partiendo de esta realidad, el mensaje de este tribunal es claro y decidido. Debe usarse la tortura con el objetivo manifiesto de hacer confesiones, creando desasosiego en el prisionero para confundirle o castigarle. El aislamiento prolongado es la forma de tortura más eficaz.

(Alegato de Ulrike Meinhof antes de ahorcarse el 9 de mayo de 1976 desde los barrotes de la celda que ocupaba en la prisión de Sttutgart-Stammhein)

 

A los muertos a la fuerza les rodea un estremecedor silencio insoportable. Los héroes jóvenes no caen por su santidad, no son ángeles protectores. La maldad se materializa con una crueldad igual o mayor en sentido contrario y ésta se agota en la propia vulnerabilidad de quien la acomete en contra del enemigo reemplazable y siempre entero. La historia mínima del hombre se sustentó en la revancha, sin ley del talion no se hubiera sostenido la justicia, edificada sobre ligeras concesiones. Ésta es un invento tranquilizador para los obedientes. Los esperanzados ya saben cuál es su recompensa: la cabeza sumisa, la boca callada y el sábado de celebración. El superviviente se desmorona si se siente acorralado, una madre mata por no perder a un hijo y después no lo vuelve a ver cuando es definitivamente anulada por el vacío que dejó su vientre en la insoportable reclusión. Los nacidos del deseo de la belleza no devuelven más que preguntas, la guerra es el jardín de infancia donde se adquiere fuerza y mentira. No en el salón de una adorable casa con vistas a la plaza desalojada por la policía, arremolinada alrededor de la carroña: la presa más débil sacrificada por las demás. Aliméntate de la ira y serás juzgada por la incongruencia: traicionarás a los tuyos y acabarás bailando los pies en el vacío.

El espacio entre el hálito y el estertor es un beso robado a la belleza. La decisión por la gravedad es fruto de la tristeza pendular que oscila en las noches de remordimiento y carcelero. Un día se tomó la decisión: la coherencia es irrebatible con empuñar las armas para proteger a los que en la distancia se desangran. Las palabras vuelan en octavillas, son leídas por las multitudes, se guardan con disimulo. Lejos de las miradas delatoras o se arrugan en un gurruño para permitir el peso de las pisadas en la huida tras la represión. Los manifiestos contra la injusticia siempre son afilados, rasgan cualquier conciencia o la convencen de su miedo a la impotencia por razones de inseguridad. Cuando no hay esperanza las frases se hacen cortas y se precisa que se desdoblen y rodeen por el hombro para que no se pueda dudar de su peligrosa declaración. La mujer que escribe en los periódicos no encuentra una justificación que la consuele cuando le explican los argumentos de las emboscadas. La tinta no es letal como el desangramiento de un corazón. Si se cargan a uno de ellos hay que devolver la venganza con creces, resignarse a morir en cuanto la misma ideología le convierta en un monstruo sin miedo al error. Hay víctimas en la guerra de la propaganda inútiles, las palabras al servicio del poder, escribientes reventados por la bomba avisada antes de estallar. Proclamas y más argumentos no sirven cuando se ha derrumbado al saberse vulnerable, cuando las cloacas del Estado la han absorbido desde adentro. La cabeza estalla. El calabozo se mueve. La sensación de movimiento no se puede parar. Una agresividad vertiginosa para la que no hay válvula de escape. Es lo peor de una celda de aislamiento. La conciencia clara de no tener posibilidades de sobrevivir. Cuando ha hablado ante el tribunal y se ha clavado un cuchillo por la espalda, despreciada por los suyos, en el día de la madre, alejada de sus hijos para siempre por una causa perdida de antemano decide su condena en la más absoluta soledad.

Muertos, los más duros, tampoco lo soportan. La violencia engendrada se ha reproducido con más espinas entre los herederos. Los ideólogos enmudecen en sus celdas, amenazados en la oscuridad, se exterminan solos o los ejecutan. Todos de una vez, en la misma noche: Andreas Baader, Gudrun Ensslin y Jan Carl Raspe, ajusticiados por su propio destino. Afuera la sangre corre en su nombre sin querer saber si ellos mismos lo hubieran aprobado, la tortura se combate con la misma locura, los asesinatos a bocajarro y la conciencia limpia por ser soldados en una batalla en la que sólo un contrincante vencerá. Los que se levantaron contra el imperialismo, el hambre y las secuelas mentales de la derrota de la generación anterior, zombis del sueño de un genocida que también prefirió el suicidio antes de su exhibición en la corte internacional. El planeta jamás será de los artistas ni de los hombres de bien, tan sólo los más dementes ascienden hasta las alturas del poder. Se teme a los que actúan con la misma iluminación. Jóvenes que mueren inmolados, por huelgas de hambre pero antes disparándole en la frente al juez que los ha de juzgar. Les marcan en rojo la fecha en la que han de pagar su levantamiento contra el sistema que se engrasa con mártires a los que otros sin futuro les han elevar a ídolos del puño desafiante. La sábana anudada en el cuello, el disparo en la sien, muertos, sin testigos, la autopsia no es más que un trámite que se debe evitar.

El líder aparece tendido en el suelo, con la sangre aún caliente, de un tiro en la sien. En su propia celda, así de sencillo en el informe forense. Escondía la pistola en un tocadiscos, lo más habitual en las prisiones de alta seguridad. Baader no le temía a nadie, las decisiones no tenían vuelta atrás: armarse, expropiar los bancos y ejecutar tal como rezaba el manifiesto escrito con la mano de Ulrike, la que una vez le salvo de la cautividad, cuando la pluma se unió al plomo de la munición: Opinamos que el hombre de uniforme es un cerdo, no un ser humano. Y así es como debemos tratarlo. Eso significa que no tenemos nada de qué hablar y que es un error rotundo dialogar con ellos. Lo que estamos haciendo y lo que queremos demostrar es que la lucha armada es viable y es posible perpetrar acciones y vencer, evitando a toda costa que los enemigos salgan victoriosos. Y donde es esencial no ser detenidos, es fundamental para el éxito de nuestra empresa. Los que lo sucedieron son aún más expeditivos, él es un icono de una guerra que se ha de perpetuar.

Guldrun sería la musa más sanguinaria pero la que arrastraría a la causa con los ojos cerrados, la amante del loco, el que no tiembla porque ella lo sujeta, quien tiene las palabras firmes y sin temor al remordimiento. Los asesinados son los precisos, todos ellos que sostienen un sistema que hay que abandonar. Es necesario quemar las naves y hacer los sacrificios extremos pues así es la revolución. Vigila la flaqueza de los demás, justifica cada acción y libera a sus padres del miedo guardado tras haber sobrevivido al fascismo represor. Es a ella a quien la inteligencia teme pues con su belleza en una mirada los puede doblegar. Dice: no tengan ninguna duda de que seguiremos atentando contra jueces y fiscales del Estado hasta que tomen la decisión de terminar con los decretos que menoscaban los derechos fundamentales de los prisioneros políticos. No estamos pidiendo nada que el sistema judicial no pueda garantizar. No disponemos de otros medios para forzar su cumplimiento. La fortaleza de las ideas aún siendo erróneas son las que no se pueden derribar. “El hecho de que el enemigo nos ataque quiere decir que hemos deslimitado los territorios entre nosotros y él. Si el enemigo se revuelve con furia significa que hemos alcanzado grandes éxitos en la acción revolucionaria”. El Estado considera a la Fracción del Ejército Rojo un movimiento que arrastra a la población más joven, debe entender los motivos que provocan los actos terroristas pues estos han corrido como mecha de dinamita por todo el mundo. Sustituyen a las guerras convencionales y reivindican problemas que realmente existen y son justos desde la más transparente objetividad. Y este punto es el peligroso pues nada hay más invulnerable que una idealista ciega ante el corazón. Y eso es lo que le late a Guldrun, la más temida por los que dudan después de asesinar.

¿Quiénes hubieran sido esos jóvenes sin haber caído en la firme convicción de su sed de justicia? ¿Fueron unos dementes expuestos a su propia locura? ¿Alimentaron la de los que los conocieron por su leyenda? Ellos y tantos otros que defendieron la sangre de los más vulnerables con la transfusión de unos pocos hicieron algo que se no se reflejaría en el futuro. Nadie recuerda su violencia innegociable. Han pasado más de tres décadas y el terrorismo se ha devaluado hasta ser absolutamente controlado en la impotencia de los ciudadanos, aislados tras la pantalla de un terminal. Si en aquellos años los que se levantaron en armas eran ciudadanos desconocidos ahora no hay quien pueda escapar al control de la red donde cada palabra es registrada sin que haya temor a lo que puedan desencadenar. Las causas perviven y se han acrecentado: el hambre, las invasiones económicas, las fisuras sociales…Aquellos suicidas no lo hubieran soportado, pusieron en jaque a los gobiernos que los necesitaban de puertas para adentro. Los poderes deben tener razones de peso para demostrar que su injusticia es necesaria, por el bien de todos los que confían en la autoridad. Se enciende la televisión y allí están: los chavales apaleados por manifestarse por la falta de futuro, repitiendo las consignas de los que ya forman parte de la amnesia y nunca más resucitarán.

José Ramón Huidobro

Confrontation 1 1988 112 cm x 102 cm Catalogue Raisonné: 671-1 Óleo sobre lienzo. Gerhard Richter.

Confrontation 1
1988 112 cm x 102 cm Catalogue Raisonné: 671-1
Óleo sobre lienzo. Gerhard Richter.

 

 October 18, 1977- Gerhard Richter

XYXX

julio 26, 2014 - Leave a Response

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Basado en el libro XYXX de Fosi Vegue puplicado por Dalpine

 

Las ventanas omnipresentes: el hombre las precisa para que la luz le despierte y los ruidos estridentes acallen el monólogo interior ininteligible a cielo abierto. Si alguien las abre sea por la negritud exterior o la transparente agonía ha de saber que unos ojos van a dirigir el bisturí sobre sus pieles desnudas. Afuera, las persianas echadas ocultan la vergüenza por ser una coordenada del firmamento llamado soledad.

Quien observa ha de proteger el anonimato. Si una mirada le reflejara caería en la simpleza de la ética básica de la convivencia vecinal. Cada cual en su habitación es libre de enloquecer o mancharse de semen las manos. Acaba de entrar en un agujero en el que va a rememorar su propio mito de la caverna. Asustado por su propio tacto se desorienta al palpar los ojos fuera del rostro deshecho de identidad. Las pupilas se dilatan, descubren formas, rostros de ultratumba, los últimos que le susurraron durante la agonía previa al abandono. Aún se escuchan sus voces: libéranos de esta niebla cegadora, no le perteneces, transpiras como un mortal.

Las mujeres de la calle podrían señalarle, conocen su figura, le han visto a diario e intuyen sus escrúpulos para abrazarse a ellas. Describirían su mirada como jamás nadie lo hizo. Dicen palabras obsoletas, el mero trámite de captación de clientes. Las escucha, identificaría sus jadeos pero se abandonan al albedrío de quien los deba imaginar. Sólo su coreografía, las reconocidas capitulaciones, intuyen la respiración entrecortada al otro lado del eco del patio. Un punto de fuga cuando beben de los sexos repetidos -una vez la presa entra en la estrecha pieza han de ser rápidas en su excitación-. Hombres con ensoñaciones deliciosas pretenden ser amados, acariciados con sumo cuidado. No tienen muchos instantes como estos, son paréntesis en su mediocridad. Los tímidos son los más miedosos, temen no eyacular por el respeto que les dan. Conocen bien su profesión.

Un rectángulo, rodeado de la ceguera, la luz entre la piel clara de la mujer sobre el hombre que no habla su idioma. Experimenta el hedor de la palidez, más ácido que el de su propia raza, áspera y dañada. No es deseo sino prolongación de sus cuerpos indeformables. Las mujeres conocemos las debilidades más profundas, incluso las de aquellos que no tienen a nadie, arrancados de sí mismos. ¿Qué sería de ellos sin nuestra hospitalidad? ¿Qué sería de ti? Ni siquiera posees las manos que nos sujeten como su más frágil posesión. La cortina está replegada, así es el trato: el calor es tenue, lo insufrible es como se incendia mi interior.

Una sonrisa es la más profunda herida si no es la del rostro apropiado. Un dedo, un roce sutil, la separación mínima entre el índice y el pulgar: la distancia milimétrica que le basta a un fisgón. Adentro la distensión, el respiro, el trabajo bien hecho. Siempre sobran minutos que compensan al cliente. Una bocanada de confianza, los cuerpos aún enredados, las palabras al techo, alguna frase que se asemeje al vínculo establecido, el deseo más puro, cuando las manos se entrelazan como si se hubiera dado el amor. Mira a través: llegarás a envidiarlos. Regresarán, los reconocerás.

Cuando el ritmo afloja dejamos encendida la luz a través del cristal y el telón echado. Pensamos en el que espera, lo imaginamos inquieto, quizá baje a respirar, no se atreverá. Puede que quiera reflejarse en ese espacio vacío que de alguna forma le pertenece, como si fuera nuestro protector. No el que se lleva nuestras ganancias sino el espíritu de cada actuación. No podemos ser admiradas sin vacíos entre los sucesivos encuentros. Su conciencia también debe asentarse, está defendiéndose tras una lente que aumenta su esencia intangible.

Rostro del cautiverio, la mujer que amaste y por ello dejaste morir. Si hubiera permanecido a tu lado ya no tendrías ojos, se hubieran diluido en los suyos. Habríais sucumbido en ambas fronteras del reflejo, de un lado a otro: una insoportable circunvalación. La tristeza reaparece, en tus dedos deslizándose por sus mejillas hasta los labios, en la más absoluta intimidad, ni las palabras cabían allí. Está susurrándote, jamás olvidarás el estremecimiento, pero fue hace mucho, pretendiste observarlo todo y ahora, atrapado en el puesto de vigilancia, escuchas su voz. La fatalidad convertida en resplandor, la propia delación.

Hay un tipo de hombre que quiere superponerse a nuestro estigma. Ensalzan la palabra puta, la mastican en lugar de todo el diccionario, piensan que son los únicos capaces de doblegarnos con su pobre léxico. Nos contorsionamos hasta hacer que se les quiebre la espalda, les obligamos a caer de alturas imposibles para clavarles su penetración. Golpean contra las paredes que los oprimen, nos manejan como a seres indeformables, están entrenados para embestir en la extremaunción. Les decimos lo que desean, somos sus hembras sumisas y sucumbimos a su violencia de algodón.

El sueño es de un color de río. Los fluidos nos llevan de un lado a otro y a solas nos arrullan. Como una sábana limpia, doblada por el vértice, dormimos en otra lejana habitación, escuchamos el oleaje del mar.

La distancia entre las pieles ha de reducirse hasta que no quede espacio para la percepción ocular. La vista es el menos afrodisíaco de los sentidos. Un cuerpo es un organismo en constante decadencia. Uno es igual a otro, aunque los esculpan con la máxima devoción. Nos rastrean por nuestra voluptuosidad, nos exponemos con la tela mínima para contrarrestar su simpleza mental. Pero una vez nos han elegido, cuando no hay más que descubrir, en el momento en el que se es solo un hombre frente a la experta mujer se escucha una súplica de compasión. Adherimos nuestros pechos a los suyos, las bocas en sus oídos y así los calmamos como lo hacemos con nosotras mismas. No podrían soportar nuestra presencia entre tantos desconocidos cada noche, cada día, hasta que fluyamos por el sumidero de la gravedad. Sin malicia alguna, dependemos de su ternura cuando queremos renunciar. Es lo primero que aprendemos: a adormecerlos con caricias, proyectar seres que no nos amaron, mucho antes de buscarlos en todos ellos, de convertirlos a la perversión de nuestra aparente docilidad.

Una mano, resulta difícil dibujarla. Sólo los que han acariciado el papel con toda la dedicación consiguen aproximarse a lo que puede implicar. Sin ella los cuerpos se escurrirían, se girarían hacia el silencio tras el orgasmo, no recorrerían las facciones que encantaron, desprenderían restos de suavidad. Los dedos son capaces de doblegar en su recorrido al más agresivo violador. Una mano da de beber al sediento, cierra los ojos del que no quiere dormir. Su trazo requiere de la entera observación, del pulso paralelo y las valentía por rozar. Si sientes que encajan, si la quieres apretar. La huella que deja en la palma de la tuya es el molde, la resistencia del adiós cuando la modelo ha cumplido con su trato y otro pintor se arriesga a fracasar.

Tienes confianza tras tu parapeto, aumentas la posibilidad del zoom. El cuerpo entero cabe en la pupila, la espalda encorvada en un círculo prolongado por las nalgas del lado oculto de tu atención. Sientes la valentía del que conoce las escapatorias o se cree admitido por su devoción. El pelo cae sobre los hombros y la nuca asciende y desciende. Hay una forma fácil de evitar el contacto con los que no tienen nada nuevo que aportar. El estertor marca el ritmo, no duran ni unos minutos pero entonces habría que escuchar el tic tac del reloj.

Es una sombra diferente, la falta de concentración o el cansancio. El vuelo de las aves que se esconden de los humanos cuando no tienen migas que las engorden. Pasan rasantes, provocan la alerta. El mínimo descuido fuera del guión y toda la confianza lograda se desmoronará.

Uno diría que nadie las busca en la noche y que el verano se va en balde. Pero no es así. Ese cuarto está siempre ocupado. Se afirmaría que es un hogar. Los personajes se repiten, las mujeres los saludan con toda cordialidad. Parece que soy el único que se pudre con mi maldita dedicación. Los envidio por la naturalidad, son las amigas fieles que cualquiera querría tener, si dicen que no hacen el amor es porque follan mal con sus mujeres. A veces pienso que es estúpido sentirse unido por el día a día con quien se comparte excusas y mentiras cuando las tienes a ellas. Nadie se engaña en los sentimientos cuando está en sus brazos. Y sus sonrisas parecen incluso de muy adentro. Hay una maravillosa comunión. Por eso regresan siempre que pueden y no se lamentan del dinero que entregan por obtener un trato de verdadera honestidad.

El deseo. Sin él somos seres insustanciales. Si nos alejamos del instinto por pura timidez o complejo. Si no tuvimos el mejor coito y nos conformamos con la propia masturbación. Acostarse a solas es un fracaso. Hace tiempo lo escuché y ahora lo recuerdo. Si uno ha existido en su propia soledad y no ha sucumbido al remordimiento. Apartarse de la respiración de otra persona en la propia boca, dormir sin zafarse del abrazo, huir por las calles y sentirse un ser moral incapaz de subirse a la casa de las puertas siempre abiertas. Perderás su nostalgia, no sabrás de los hijos que las aguardan en el país que abandonaron. Sin esas palabras de las extrañas que resultan propias, después de haberse adentrado en ellas, golpeándolas contra el vacío, sintiéndose un hombre rudo incapaz de saciarles toda la curiosidad. Desprenderse del disfraz respetable, decirse estos son mis ojos y los puedes lamer con tu sexo, quiero que en esta jaula haya más animales y compitamos por tu maternidad. Sin lo sucio o el peligro de no reconocerse, sin trance ni eyaculación ¿qué somos? Apenas moribundos que se confiesan a un sacerdote que se ríe de nuestro candor.

Está por encima del éxtasis. Se metamorfosea sin una definición común. Es único en cada segundo y no es contemplado en la misma coordenada. Desde su ventana puede apreciar una figura absolutamente opuesta a la que observo yo. Alzar la cabeza hacia él cuando los estímulos son infinitos en la dejadez humana parece un acto díscolo. Pero está ahí, inalcanzable. Nos comprime en la frustración y nos convierte en adictos a su invisibilidad. Hay una tenue capa protectora que desvirtúa la textura y el color. Nadie tiene la seguridad de ser el verdadero dueño de la verdadera refracción. Olvidamos las formas como nuestras caras transformadas por la evolutiva decrepitud. El cielo, el paraíso religioso de los que no pecan. Están igual de amparados que quien siente el influjo lunático entre sus muslos y descarga sin compasión.

Un espécimen de la hombría agitaba a la boa constrictor que la engullía rompiéndole las entrañas desde adentro. Aguanté el pulso mientras registraba la matanza, sus dedos se incrustaron en la espalda y la levantó como si fuera una pluma para dejarla caer desde su mirada encendida. La mujer creía que no saldría de este servicio y no gritaba por placer. Había una vibración insoportable que procedía del mismo silencio de la mole que la cubría hasta asfixiarla. Juro que tuve miedo aunque deseaba el desenlace fatal. Estaba dispuesto a mirar sin implicarme, con todas las consecuencias. Me había preparado para el crimen pues nadie somete a un gigante que no se contenta con atravesar. Sus garras la rasgaron desde la cabeza a los pies, escuché el crujido de la piel cuando se partió en dos. Asomado al patio, resignado y extenuado piensa en su condena firme: no amar dos veces a la misma mujer. Esta noche se cumplió la predicción del cuervo que se sobrevoló el horror. Respira la brizna de oxígeno que yo he contenido.

Hay oscuridades que emergen desde las vísceras. No las iluminan ni la lámpara de los insomnes. Extinta calma, no existe un colchón donde espere una mujer que no sea de pago. Se precisan las palabras que sirvan para despertar al día siguiente, cuando se airea la densidad de lo incierto. Se alejan los orgasmos en el tiempo. Se ha caído en la soledad más profunda, no hay secuelas de rupturas. Las cicatrices son la utopía del valiente que se dejó auscultar durante el invierno y conservó el tacto hasta el calor. Pero no queda nada, sólo la alucinación y el reflejo del ciego en la pared sin cristal. Afuera, el silencio ha levantado una creciente niebla y han desaparecido las ventanas. Se difuminó el mismo cielo. Estira el cuello y descubre un gran falo excitado hacia la nada.

No era el único mirón. Una cabeza se asoma al vacío. No le teme a la vista sin escudo. Conoce a las vecinas, comparte el portal, la misma escalera. Se desvela como el cobarde que ha hecho de su obsesión un glaucoma incurable. La sombra se mueve en la penumbra. Tantea el riesgo antes de descolgarse seguro de sí mismo. No tiene la suerte del ángulo correcto. Ha de sujetarse los pies, cabeza abajo. Lo va a conseguir, es un trapecista suspendido del mismo viento. Se adhiere a su viscosa densidad.

El proceso es el siguiente: el cliente toca el timbre de la casa y le abre una señorita que le pregunta si ha estado previamente, sólo por puro formalismo. Le invita a uno de los cuartos y le hace esperar unos minutos. Entonces empiezan a pasar las mujeres disponibles. De una en una. Se presentan con su nombre exótico, miran a los ojos y deciden si les compensa el cansancio acumulado para sonreírlo y rozarlo sutilmente. Es difícil decisión. La que es de piel oscura sugiere un viaje que ahora puede olvidar, la chica del Éste tiene una mirada afilada, la sudamericana se insinúa como nadie y así una tras otra hasta que se acaba la disposición. Entonces se abre la puerta de nuevo y reaparece la anfitriona que pide el veredicto y pregunta la bebida que le apetezca tomar. Cobra el dinero acordado y de nuevo una breve espera. Reaparece la elegida con una toalla, condones y la consumición. Pasan al baño, se asean, atenúan las luces y el cronómetro ha consumido unos minutos que no faltan para perder la rigidez inicial.

Una vez el servicio ha concluido, se espera a que no haya nadie por el pasillo y le acompaña hasta la puerta. Se besan como si fueran novios y el solitario siente la puerta a su espalda. Ya está solo en el rellano. Baja los escalones despacio hasta el portal que se abre con un timbrazo que lo empuja como peatón a las avenidas regadas y a punto de volverse a poblar.

Es el último refugio antes del amanecer. Han terminado todas las conversaciones. Se han sorbido todo el alcohol, han esnifado las rayas discontinuas que les llevaban al catre donde las chicas se esforzaban por culminar otra jornada laboral. Les resultaba más fácil descansar una hora que enfilar a sus casas embargadas. No está mal esperar el canto del gallo abrazado a una desconocida.

El cuerpo del macho alfa se dispone al sueño consentido en las sábanas usadas. Es perturbador observarlo desde tan cerca. Su erección parece interminable, se excitaría con la misma sombra. Desconoce que está siendo vigilado por alguien que hasta ahora se ha mantenido como un monje fustigado por el cilicio de la seriedad. Discierne su postura entre el arte y la antropología. No lo ha hecho, se mantuvo imperturbable al trasiego de caricias pagadas, asqueado de sí mismo. Por puro trámite se consuela tras la cortina, en silencioso agradecimiento.

José Ramón Huidobro

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Página web de Fosi Vegue 

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE FRANCO

julio 13, 2014 - Leave a Response

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Mi abuela se arrodilló frente a la imagen de aquel señor cuyo nombre sí sabía a pesar de mi corta edad. La televisión fue importante en la memoria de quienes nacimos hacia finales de los sesenta cuando aún existía un hombre cuya sola invocación producía un efecto poco entendido en el pensamiento de un niño que presiente una figura endeble, con el pulso tembloroso y voz en un hilo. Por entonces se escuchaba que los rojos eran demonios y habían provocado una guerra aplacada por ese viejo, más viejo que mi propio abuelo, el salvador del que nadie podía hablar. La madre de mi madre se postró frente a la pantalla cuando Arias Navarro sacó un papel de su bolsillo y leyó las últimas voluntades con los ojos vidriosos. Balbuceó el famoso: Españoles, Franco ha muerto mientras ella murmuraba temblorosa: ¡Dios mío, Dios mío, y ahora qué vamos a hacer! Esa escena se me quedó grabada para siempre y todas las demás que acontecieron pues no despegué los ojos del televisor hasta que el luto terminó y así las vacaciones inesperadas asomado al blanco y negro en el salón.

 

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La momia en su féretro. Embalsamada y vestida con sus galas de caudillo. Estos hombres de la historia forzada no se mueren nunca del todo. Por mucho que lo certifiquen las hordas ciudadanas, temen que se levante y les diga: no se os puede dejar solos. Tres días expuesto para pasar lista de los acólitos y los desconfiados. Fue ubicado en el salón de columnas del Palacio de Oriente a las ocho de la mañana del 22 de noviembre de 1975, dos días después de la certificación de su deceso. Un capitán legionario depositó su gorra frente al túmulo mortuorio. Las primeras coronas llegadas a Palacio fueron enviadas por primeros mandatarios de todo el mundo y por las diferentes instituciones del país. El Emperador del Japón, Hassan II, la Reina de Inglaterra, los príncipes de Mónaco y las primeras autoridades de los Gobiernos de Grecia, Canadá, Chile, República Dominicana, etc. Afuera, la música sacra atronaba y cada quince minutos retumbaba un cañonazo de ordenanza en homenaje al finado. A las siete y treinta de la madrugada del domingo día 23, la capilla ardiente quedó cerrada al público. Cálculos aproximados indicaron que cerca de medio millón de personas desfilaron ante Francisco Franco Bahamonde, pueblo dado al duelo. Siempre responde a su carácter más tétrico.

 

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Pienso que mi muerte será un largo martirio a favor de España.
Francisco Franco

El país del fervor popular, con los santos en alzas en los pueblos, suplicando agua que palie la sequía, esos curas llamados cuervos y las mujeres enlutadas por completo, recordaban que la muerte era el pan nuestro de cada día, olor a carcoma en las iglesias por las que era necesario figurar. España: país apostólico, católico y romano. ¿Cómo no va a gustar de las grandes exequias y de los desgarramientos por el pasado en suspenso? Cirios encendidos y los terratenientes inclinando la cabeza hacia el protector de sus privilegios. Detrás de los velos, las lágrimas ahogadas de esa mezcla de sangre azul y roja de la guerra. La nieta emparentada con un Borbón por si fallaba la estratégica sucesión. Los reyes, nunca se saben de dónde salen pero no por la gracia de Dios, como rezaban las monedas con la efigie franquista, las primeras en delatar su extremaunción. La familia directa: el Marqués de Villaverde, un cirujano que pasó a la historia por ser el primero que transplantó un corazón que duró menos que una gestación y del que se afirmaba que tenía más muertos en La Paz que su suegro en la guerra. Y sus descendientes, los venidos a menos por la ingratitud de la democracia pero resistentes cual cepa de laboratorio. Estuvieron en el banco principal, siendo homenajeados por los que les debieron servidumbre y gratitud por si acaso. Ocultas sus lágrimas o atrapadas tras la seda negra. Comulgan, se arrodillan: piensan en sus prebendas que se descompondrán. Los nietos de aquella dama consorte conocida como La Collares, adquiridos en joyerías donde era la más temida, participaron de la prensa rosa hasta acabar formando parte de todo tipo de programas, casándose o bailando. Su apellido, aún poderoso, da síntomas de morir mal. Aquel Palacio de Oriente nunca volvió a ser el mismo, conoció una boda cenicienta, nada que ver con aquél acontecimiento que marcaba el principio de la nostalgia ante los pecados de la libertad.

 

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Admiración también para este pueblo que, emocionado, sereno, profundamente dolorido, le está despidiendo ahora. (Del capítulo: El pueblo de Madrid ante el cadáver de Franco)

Sin pueblo no hay dictador. Sin su presencia no hay discursos salvadores, la fidelidad al hombre que se aproxima al Hacedor no se rompe tras la muerte. Crecieron levantando el brazo a su paso, rezaron en las iglesias, le admiraron como omnipresente héroe del NODO. Pero también muere y deja huérfanos. Todos ellos, conminados a guardar su turno pacientemente, un día si es preciso, pasando con cuentagotas y dedicándole el instante con una inclinación de cabeza: un último viva, cualquier gesto meditado durante el tiempo de turno, callados, por si acaso, su espíritu siempre está alerta. Leían periódicos de heroica cabecera, alabanzas, se convencían de haber sido tocados por la suerte de su legado. Familias numerosas, viviendas protegidas, yugos y flechas en sus portales, mujeres dedicadas a la prole, hombres con un trabajo digno asegurándose la pensión. Son los que están y no los que celebran a escondidas lo que la muerte les puso en bandeja, clandestinos a punto de respirar, cuentan los ciudadanos que aún quieren perdurar en la sombra. Los de ley se hincan de rodillas, saludan marcialmente, observan el rostro petrificado del hombrecillo ataviado con una banda, encajado en ese ataúd acristalado, velado por los garantes de la patria, tras las gafas oscuras. Un segundo de glamour decadente con olor a cirio. Cada afligido es necesario. Firman el libro de condolencias, aún no saben lo que va a pasar.

 

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Yo soy la resurrección y la vida
Versos antiguos de la antigua antífona

Entonces se hicieron presentes las figuras de un hombre y una mujer a los que se les miraba con una extraña desconfianza. El Príncipe Juan Carlos encabezaba el cortejo fúnebre. Fueron hablando de él, venido de una saga de reyes que se cortó justo antes de la guerra, cuando su abuelo huyó, según los libros de historia de la época, para evitar innecesarios derramamientos de sangre. Sólo la figura de la viuda destacaba más que la de él, antes de su definitiva desaparición. Consolada por el Cardenal Tarancón, quien en el fondo rezaba para que no se produjera el milagro de la resurrección. Quedaba la exaltación por las calles, con el féretro a hombros de los soldados, el desfile desde Bailén a Moncloa hasta su Arco del Triunfo, antes de ser introducido el féretro en el vehículo militar por la carretera de La Coruña, privada para el traslado de los restos rumbo a la Basílica del Valle de los Caídos. Donde había caballos surgían motos escoltando al selecto cortejo. Y en el destino, según el cómputo patriótico, esperaban cien mil hombres, en pie, con las banderas verticales en alto, dando el último adiós. Los ¡Franco, Franco, Franco! atronaban, rumbo a la cruz de Ávalos erigida para su propia devoción. La obra, decían, fue fruto de su inmenso poder creador y en el interior de su amenazante mausoleo la losa con su nombre a secas junto a la de José Antonio. Y al pie de la fosa, firme, con la cabeza inclinada, en posición de respeto, el inminente rey, el que firmaría la instauración de una democracia que daba fin a cuarenta años de paternalismo de caudillo, casi el mismo tiempo que cumplió el trono de su designado sucesor.

 José Ramón Huidobro

 

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Los últimos días de Franco vistos en tve
Departamento de Publicaciones de RTVE
Fotografías: Ministerio de Información y Turismo y F.Nuño sobre imagen de TVE
Imágenes del libro: Blankpaper

SOMETHING WE USED TO KNOW

julio 11, 2014 - Leave a Response

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Texto inspirado en el Fotolibro Something we used to know de Alberto Feijóo. Imágenes de su copyright.

 

La herida en el codo. La sangre por la piel, el escozor, el suelo lija a traición, una y mil veces, ningún desequilibrio daña a la inestabilidad. El vértigo irreconocible y la velocidad ansiada, se desploman desde una bici o un skate, se van de bruces cuando prueban compulsivamente el alcohol, el asfalto permanece debajo de sus pies y desde él observan la agilidad propia o la mano que no les alcanza a levantar. El desplome buscado, el ensalzamiento de la amistad, el grupo arrastra o sentencia a soledad. Se viene abajo la infancia, se desgarra la juventud. Y eso no es nada, la vida va muy rápida, adelanta por derecha e izquierda y a alguno se lo lleva antes de tiempo, hay quienes no se levantan, se golpean la cabeza y no asimilan que ya no habrá más. La marca reciente, sólo una leve cura, el brazo intacto, no lo rocen por ahora, la fiesta acaba de empezar. Deslumbra el olvido, se cuenta por partes, reconstruidas noches, cosidas a pedazos, una vez la autopsia genera el informe se ha de pedir la siguiente, es cansado mirar a los focos, en el escenario están los que han cobrado su ceguera, hay un nexo común generación tras generación, el ruido estridente de las guitarras y la batería, la voz de gato de aquellos grupos heredados desde la fonoteca de los padres, los primeros escuchados, cuando el niño era una esponja y la cabeza una caja de ritmos. Lo mamado no se sació con Pearl Jam. Historias de veteranos, aquellos conciertos primeros, un tren a Europa, por aquí sólo había caspa y ciertos modernos sin más idea de acordes que los de la ansiada libertad. Pero ésa no les pertenece, es preciso rastrear las propias referencias, aún resuena AC/DC, nunca los van a acallar. Giras mundiales y ninguna pasa por la aburrida ciudad, viajes virtuales, y esperadas citas para los festivales con derecho a acampada. Es agotador cuando pasan todos los grupos y se ha desfasado todo lo posible, ¿quién duerme en plena efervescencia? Hay saltos las veinticuatro horas, bajo la lluvia se grita, se bebe, se esnifa, se besa y se comparte el bajón, el viaje tiene la banda sonora de Deströyer 666. ¿Quién es la chica que trajo de la mano?, la perdió de camino a la zona de descanso. Bodegón de un verano, colores no comestibles, elementos estéticos, la salud permite todo tipo de grasa animal. Han estado tratando de encontrarse, debió haber diablos entre ellos y putas en sus cabezas, después en sus puertas y al final en sus camas, pero… ¿dónde coño se metió? Imaginaron píxeles, estuvieron en una pantalla, cuerpos contra cuerpos, exudando traumas de la niñez, los reconocieron, estuvieron esperando años para ese momento: Dinosaur Jr. Ahora se encuentran en la explanada, sin escapatoria, es tan dulce ese trance, levanta la vista, encima de sus hombros, ahí está: la diosa entre la multitud, puño en alto, rompiéndole las cervicales, todo está en orden, las piernas clavadas, no siente nada más celestial. Neil Young jamás se retirará. Lo vio su madre cuando aún estaba embarazada de él, le quisieron bautizar Crazy Horse. Espejo de mano colgado de un árbol, en medio de la naturaleza. Da frutos reflejos, miradas sin bifurcar, se adentran en sí mismos. Las plazas se llenan de ellos, están tomándolas, hablaron de una revolución, pero no supieron realmente qué era. Estaba bien, se convocaban por sms y jugaban a héroes. Invocaban viejos lemas caducos, pero era divertido, parecía que iban a cambiarlo todo, sin saber qué era lo anterior, podían escuchar a Pantera, la voz desde adentro, pero nadie dijo que se drogaran, esto es de otra forma, son ejemplares, los está juzgando la televisión. Las calles y sus fuentes, hay que invadirlas, es todo lo que les van dejar. Bancos rotos de madera, pantalones deshilachados, vayan a escuchar Sepultura, está demasiado tranquilo, como si fliparan de nuevo con los vinilos de Pearl Jam. Bailan, bailan malditos, suena tanto esa frase… y las rastas, ¿de dónde vinieron?, de un tipo que hace mucho se fue. Lo toman, sirve, pura tendencia, golpean el viento, hay un subidón, todos juntos, se encontraron en las aulas, salieron a los parques, hicieron pactos de sangre, se enamoraron de la más formal y brillante. Esa mirada limpia no lo era tanto y los labios tenían alambradas de terreno en propiedad. ¡Hey!, un suspiro, quieren fumar, un poco de evasión, los Pixies aplacan la ansiedad. Hay un descampado primero, marcado por un ladrillo, en medio de la vegetación, salió corriendo, dejó los harapos, detenido, con los brazos bajados y la vista clavada en su perfume natural, tras el cemento que conduce a un hogar en el que tendrá que dar una explicación. Colgante de recuerdo, piedra del fondo de un río, dreaming Californication, de nuevo la manada, la fortaleza de los músculos recién hechos, los graves y los agudos entre el estómago y el pulmón. Restos de una camiseta de Iron Maiden, suenan tan añejos…el marketing los conservó. Ropa de segunda mano, recuerdos hippies, todos valen, de alguna forma hay que vestir. Lo importante es quitársela, desnudos, el deseo es menor. Eran tan jóvenes, debían hacer lo que marcaba el guión y protestar lo justo, pero sin abandonar el plan de negocio deparado para ellos, estudiaban inglés en Londres o mejor en Boston, viajaban con mochila, dormían en albergues, se enamoraban en cada ciudad, quedaba toda la universidad. Marcaban los calendarios, compraban entradas por Internet para Anthrax. Visión maternal en los escaparates, maldito invento que rompió el sonido y se cargó la industria, el nombre a rotulador en la parte plateada del CD. Frutas podridas, a los conciertos siempre fueron los mismos, encontraron trabajos, los perdieron, tuvieron hijos y se les cayó el pelo, pero tienen en la sangre el rock. Hay una pose de fin de semana, los antiguos símbolos, tatuados en la nostalgia, leen esquelas de sus ídolos y se quedan tristes unos segundos. Memorias muertas de Slipknot. Otro deslumbramiento les devuelve atrás.

José Ramón Huidobro

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Página web de Alberto Feijóo

FEAR OF FALL

julio 9, 2014 - Leave a Response

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Basado en el fotolibro Fear of Fall de Florian van Roekel

 

El suelo es el único lugar seguro para el que sufre el miedo a caer, la llamada basofobia. El mundo se tambalea literalmente, la altura del vértigo se eleva a cotas mínimas, no más allá de las rodillas, se piensa con el cerebro de un reptil, los obstáculos son interminables cuando se teme el derrumbe sobre el firme y suplicar una mano que salve del abismo. Caer, no como metáfora de la vida o el desequilibrio de la inexistencia sino ser un peso muerto. La crisis respiratoria ante el primer paso, el que inicia el tormento. Las huellas reconocidas y siempre amenazadas: hay que asentarlas como marcas en el mapa que aseguran los centímetros conseguidos. Nadie entiende a quien llora por una brizna como selva frondosa.

Una coordenada geográfica, rastreada con lupa y memorizada. Una casa baja con un gran ventanal desde el que se observa el jardín, ningún escalón. La luz atraviesa el interior, diáfano y evitado. Los accidentes peores son los domésticos. En el contorno, los setos y sus sombras, los pétalos sacudidos por el viento, se desprenden de su propio cáliz, son resbaladizos. Hay que deshacer cada nudo corredizo, evitar lo remediable. Un perro atado se enreda con la cuerda que lo sujeta al dueño, lo mira fijo, seguro de su olfato. Rastrea lo que se mueve entre las fisuras de la arenisca.

Crecen las malas hierbas entre las baldosas y en los muros: la frontera del patio trasero. La frondosidad es estática y sin embargo engulle con las ramas estiradas sobre las cabezas humilladas. Límite entre lo artificioso y la naturaleza salvaje, el rastrojo frustrado por su avance se seca. El bosque, aún no rendido, también registra víctimas: árboles caídos hacia la tierra que se ha deshecho de sus raíces. La fobia está justificada por la propia naturaleza. Un fino tallo de una rosa, en medio de lo extirpado crece por resilencia, protegido por el hombre inseguro, desde lo frágil y perecedero. Los pies se adentran en ese espacio donde luchan la familia contra la insaciable maleza. Se fabrica un sendero entre el follaje con las armas del jardinero. Las manos desbrozan lo que el hierro perdona, tacto de ciego, el barro y el molde. El agua se lleva los restos, la manguera perforada y descuidada por el dueño que la teme como a una serpiente cualquiera. El método se aplica a conciencia, no puede haber ni un resquicio al desequilibrio, se arregla y los charcos se evaporan, el sol adormece a la goma de nuevo reconocible en su curvatura domada.

Los hijos heredan el gen. Nacidos desde la parálisis, aprenden a caminar aferrados a las manos de sus progenitores. En su inconsciencia temen avanzar pero deben hacerlo. Lloran por los tobillos sin agilidad, crecen deprisa y no olvidarán la impronta del eco de sus pequeños pies cediendo a su cuerpo. La sombra les advierte: se crece y se mengua adherido al suelo. Alguien ajeno, sin vértigo o ciego, ha tendido desde la ventana los banderines que distraen a los niños cuando se les suelta la mano y se deslizan absortos en el flamear de un sonajero. Ni siquiera sentados el horror se desvanece, la celebración no es completa. Los dedos del adulto se aferran a la rodilla de la mujer inmutable a la debilidad que de ella no se espera.

De la tierra y sus confines se conoce a través del cuervo que lleva el espíritu de Odín en su vuelo. Figura sagrada y sabia, aporta las virtudes de la reflexión y la memoria. El que pliega sus alas al tacto de los que envidian sus plumas livianas. En él confían cada vez que se eleva sobre sus cuellos. Se posa en la tapia, los mira a los ojos y emprende la fuga a las nubes que se difuminan atravesadas por el augurio del incierto regreso. Las cervicales se duelen por tanto dolor de cielo.

José Ramón Huidobro

LEBENSMITTEL

julio 3, 2014 - Leave a Response

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Producir más. Conservar más. Mejorar la calidad de vida.
De eso se trata la agricultura sostenible y ésa es la esencia de Monsanto.
Monsanto no podría existir sin los agricultores.
Miles de millones de personas dependen de lo que hacen los agricultores. Y miles de millones más lo harán en el futuro. En las próximas décadas, los agricultores deberán cultivar la misma cantidad de alimentos que en los últimos 10.000 años juntos.
Nuestro propósito es trabajar junto con los agricultores para poder lograrlo. Y lo hacemos vendiendo semillas, rasgos desarrollados mediante biotecnología y productos fitosanitarios para la protección de cultivos.El desafío: cubrir las necesidades actuales y preservar el planeta para el futuro.

De la página de inicio de Monsanto España

 

 

Confieso que he odiado tener escribir sobre Lebensmittel de Michael Scmidt. Lo he intentado previamente y he desistido en el intento. Son las vísceras las que me obligan a no replegarme por el compromiso adquirido. Quería devolverlo, reconocer que me había vencido. No podía hacer un texto literario ni mucho menos sugerente. De sus páginas apenas reparaba en el fondo que había detrás. Hace mucho que perdí la inocencia. Demasiado he vivido para conocer el verdadero sentido del hombre en su violencia por hacer dinero fácil, después de haber esquilmado recursos naturales, condenar a las poblaciones a migrar tras el sueño de El Dorado y estafarlas con los argumentos de la crisis mundial para hacer cautivos a los trabajadores por el mínimo dinero hasta volver a legislar la esclavitud. Había que llegar mucho más lejos, anularle la conciencia primero y finalmente la digestión. Sí, este libro versa sobre el proceso de la fabricación de la comida industrial pero no es en absoluto alarmante, casi son postales de turista para el horror que no se puede plasmar.

Cajas idénticas plegadas con la exacta distribución de los pepinos, la misma foto triplicada pero diferente si lo asumimos, tan sólo una pequeña variación por el movimiento accidental: tamaño, textura, colorido, brillo, la visión de la típica despensa del consumidor. Procedente de los campos de otros países, donde las multinacionales se introdujeron con sus plásticos: mar artificial bajo el que naufragan inmigrantes procedentes de la tierra de nadie. No van a reclamar más derechos que el pago insuficiente de un jornal. Detrás de esas verjas, tras las ventanas cerradas y selladas a la luz, insonorizadas al exterior, los pollos, nacidos en los días impares y crecidos con el grano genéticamente manipulado de maíz. En apenas un mes, hinchados, con la pechuga como mascaron de proa y desfondándose sobre sus patas incapaces de aguantarlos. No se ven pero están ahí. Tratados con antibióticos, hacinados, asfixiándose una fracción de ellos y separados por la mano del granjero al que le da igual si están vivos o no para arrojarlos al mismo cajón. Se siente maltratado de la misma manera que el animal fabricado, se supeditó a un contrato que le obligaba a seguir el proceso artificial, a cumplir la normativa de la rentabilidad y empeñarse en préstamos para mejorar las infraestructuras según la inspección de sanidad, regulada por los ejecutivos de la corporación mundial, políticos antes de salir por la puerta giratoria.

Vi documentales que me han impresionado. Los he asimilado para entender lo que este tomo deprimente podía sugerirme. Hace mucho que la paranoia se ha instalado en la mente de quien asume la incomprensible verdad, la misma que es mentira si la defiende el que se apropia de todo el proceso de la cadena alimentaria, el que desarrolló insecticidas probados en la guerra del Vietnam para aplicarlos a los vegetales y así crear el producto transgénico que sobreviva al veneno y de ahí al diseño de los objetos comestibles. Potestad humana por replicar el genoma en quien confía su inmortalidad. Antes precisa deshacerse de la población sin poder económico. Nada de lo que germina es suyo, se condena a la perpetua a quien conserve una semilla patentada. En Estados Unidos decidieron la maldad de registrar las tradiciones milenarias y así controlar la economía planetaria. Primero probaron la estrategia en su propio territorio y después en el de los gobiernos titiriteros. Campos eternos donde se cultivan mazorcas, subvencionados por un estado que crea excedentes para transformarlos en compuestos procesados para todo el género animal, incluido el propio humano quien solía estar al final de la depredación. Sólo por encima de él, las leyes que empobrecen y matan de hambre a los mismos que prometieron alimentar. Graneros en América, Asia, África, en guerra comercial con los de Europa, manos de esclavos vendidos por sus presidentes a cambio de una deuda externa que jamás se ha de saldar.

Si un cultivo se salva de las plagas, si el agricultor no acumula pérdidas por el control de calidad, si las hortalizas crecen rápido y aparentan un cuadro de Van Gogh, si se elimina el sabor a cambio del tamaño, si se vende a las cuatro marcas que se reparten el primer mundo y los trileros les sonríen: ¿cómo alguien se va a resistir? Consumidores sin paladar, ajustados al céntimo, dóciles a las ofertas, los códigos de barras y la fecha de caducidad, viajan por los pasillos de las moles abastecedoras: carritos repletos de marcas blancas, porciones individuales, carne picada que no se va a pasar. Etiquetas incomprensibles, letra minúscula, composiciones ayer ilegales, garantía de sanidad presente, origen exótico de la mercancía, certificado flexible de calidad. Todo es perfecto en la mesa de la familia que no ha visto una vaca más que en la reminiscencia de la publicidad. Mataderos en lugares resguardados de los mapas, el ganado no comió hierba, tratados con medicamentos que matan la bacteria de la que nunca se debieron contagiar. Hombres explotados como bestias, en contacto con la enfermedad, reino animal estresado como si fuera humano, mueren por miles a la hora, se les despiezan en la absoluta clandestinidad. Trabajo en serie, cada obrero milimétricamente coordinado en medio del hedor de la sangre y el orín.

Los peces ya no tienen impronta de los ríos ni mucho menos del océano. Criados en piscifactorías donde se ceban con pienso, el ingrediente universal. Crecen más rápido las hembras, son más rentables, ninguna fibra, llenas de grasa. Se irían al fondo del estanque por no controlar el equilibrio en el fluido. Los bancos de pesca son un recuerdo de otros tiempos cuando los marineros respetaban al mar y las capturas se subastaban en una lonja en el diario ciclo hombre-naturaleza. Están en las antípodas de la caja registradora, junto a esos congeladores donde la carne se envasa en plástico con su peso exacto, unos días antes de caducar. Desenfoca la vista el cliente que no entiende, no quiere sospechar, piezas suculentas, para sorprender al comensal de un menú barato irresistible a los jugos gástricos. Después sentirá la pesadez antes de poderlo defecar. La comida hace tiempo es un emplasto que genera nutrientes rápidos para no perder tiempo en detrimento de la jornada laboral. Entra por los ojos que ven en la tele platos falsos de gourmet.

El cartón se apila en montañas uniformes, antes de ser doblado, en el proceso mecanizado tras las cosecha en la siempre eterna temporada de cualquier fruta o vegetal. La biotecnología, cuando se vende a sí misma, explica que cada uno de los quince tipos de plantas comestibles que constituyen el 90 % del alimento y energía que se consume en el mundo han sido modificados extensamente y han pasado por hibridaciones, cruces y modificaciones a lo largo de los milenios por parte de innumerables generaciones de agricultores decididos a obtener sus cosechas de la manera más efectiva y eficiente posible. Por esta razón, es más práctico no resistirse al milagro del nuevo dios registrador de la ecología transcendental: los Monsanto, DuPont y compañía, decididas a especular con las plagas previo desarraigo de la tierra de los que lloran por no poder defender lo que por generaciones fue su derecho inviolable.

Hablan de mentiras por parte de activistas manipuladores que explican suicidios colectivos de agricultores en la India, mera especulación de enemigos de la ciencia por el bien de la humanidad. Decidieron patentar cada secuencia de vida y perseguir a los que desafiasen su poder de destrucción. Establecieron acuerdos con la locura de los que se rebelaran contra su panacea. Serían igualmente denunciados en cuanto la polinización actuara como su aliado. Tratados como terroristas, acosados por los abogados millonarios, ningún propietario podría hacerles frente en el negocio más seguro del mundo, el que copa todos los procesos de la cadena alimentaria.

Yo no escribo desde el conocimiento, ajeno a la ciencia y más el campo. Sólo soy el consumidor final, el auténtico suicida sin querer serlo, el que debe elegir entre cultivos orgánicos al doble de precio con la mitad de su sueldo devaluado por las mismas corporaciones o creerme las ventajas del low cost. En la ignorancia se vive mejor, sin creer más imposición que la del olor y sabor asépticos que hace tiempo se instauraron. Nada se pudre, nada es despreciable, en las baldas del mercado o para los caídos bancarios en el contenedor. Hay una ingeniería asesina al servicio de los que pagan por su propia eternidad, crearon el gen terminator para evitar la propia legión que detuviera a los sospechosos de mantener las semillas en sus graneros. Las que compren tendrán un solo uso, se descompondrán después de germinar. La ecuación está resuelta para acabar con la inanición: nadie, absolutamente nadie, se le podrá rebelar. La población excedente, la que ensuciaba las pantallas del televisor, simplemente desparecerá. Quizá en un futuro cercano los sometidos serán carne apreciada en los restaurantes de lujo donde los políticos y magnates celebrarán el definitivo triunfo sobre cualquier forma de rebeldía mutante hubo, atacada por la bilis de su ambición.

José Ramón Huidobro


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Basado en el libro Lebensmittel de Michael Schmidt

Todas las fotografías le pertenecen.

ELEMENTARY CALCULUS

julio 2, 2014 - Leave a Response

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Y vuestras visiones
son vuestro exilio en un mundo donde una sombra
no tiene identidad ni gravedad
 
Camináis como si fuerais diferentes.
 

Mahmoud Darwish

 

Ha florecido el cerezo frente a la ventana. No es mi hogar desde el que lo observo pero uno se aferra a los espejismos de la naturaleza que se abstrae de amos y esclavos enterrados bajo las mismas raíces. Las rejas y los hierros forjados para el óxido, la frontera entre el césped y el cemento, los pasos lejos de las huellas, la hoja del periódico del día siguiente han perdido el interés en el lugar donde me escondo. He llegado aquí con el permiso de su vigilancia, nadie se escapa de ella. Mis brazos les sirven, de momento, somos temerosos y callamos ante nuestras ajenas presencias. Nos devolverán a la nada y mientras tanto nos otorgarán la gracia de la espalda doblada y los ojos rastreando el miedo por el suelo. Y sin embargo, aquí debo sentirme cerca de tan lejos, donde estalla el blanco puro de otros recuerdos.

La paloma, a la que unos aman y otros detestan, cargada de simbología y siempre dispuesta a excretar sobre nuestras cabezas. Liberada por los niños como metáfora del pacifismo y arrastrada hasta las propias manos que arrojan migas llenas de babas cuando el renegado no tiene a quien escupir por la espalda. Conoce las fisuras de los paredones que separan a los elegidos de la tierra prometida de los que deben humillarse al dios armado de pólvora y cajas acorazadas. Unas monedas, las que se ganan con la vergüenza, se cambian por tarjetas que se introducen en la ranura del teléfono público. El auricular se llena de palabras de babel, el aliento de los que aún se aferran a una voz que se arrastra por el cable y se destila en matices antes de descolgar. Un filólogo de los silencios podría descifrarlos por el tacto, las teclas gastadas y las erosiones dactilares en la chapa. Quien ubica una cabina sabe que ha sentido más de una vez la soledad.

La sombra a la espalda es libre. A pesar de los grilletes que muerden los tobillos en su arrastre. Se agotan varias veces al día: largo para sobrevivirlo y muy corto para pagarlo. La mirada al asfalto, en un vértice del ceda al paso y el arcén pintado de rojo, la prohibición: ¿cruzas? ¿renuncias? Es el sol quien da forma a la duplicidad: el relieve frente la dimensión que se refracta entre los adoquines y el pavés. Permanecer quieto no conduce a la esclavitud pero es la peor suerte del que ha dejado su mala suerte atrás.

Los carros de los supermercados son las pertenencias mas asequibles a las que un dejado puede aspirar. Cualquiera puede ser un cliente con un coche en un parking y empujarlo, algunos guardan muestras de la urgencia, cinco limones distribuidos de forma aleatoria, varillas contra rejas de una ventana sellada al oportunismo, ruedecilla frenada: la compra del arruinado, puerta a puerta en el callejón. Día de suerte, lo dice el dado, la jugada es de tres puntos y pierde ante las seis puntas de la estrella judía, el azar conduce siempre a un paredón.

El cielo no es de nadie, ni siquiera de los que creen en yahveh, allah al otro lado, o quien quiera habite esa reino del que caen los súbditos al suelo. Manchas esparcidas de las nubes arañadas por la ramas de un árbol al que aún no le ha brotado una hoja y que ya se muere por explotar. Juego con un alambre azul, cortado de una linde, girado por cada nudo, perpendicular a los brotes, flexionado hacia el vacío por donde las aves migratorias regresarán.

La primera llamada, la del tesoro guardado en el papel, números grandes, redondeados y en rojo: la voz amiga en el destierro. El anfitrión hacia el infinito, la esperanza del hermano que arriesgó antes, el que puede ahorrar callejones sin salida. El primer paso: un techo, después los hombres eslabones, honestos o no. En sus manos, cada uno de ellos lo puede hundir. Pero debe confiar. Llegó hasta aquí, prohibido está el remordimiento. Los ahorros invertidos, la familia lo empujó, es responsable. Aceptó levantar el auricular, fiarse de quien ya no puede responder por él. Tan frágil, desprotegido del pasado, en el presente traidor.

Las rosas crecen en los jardines de las familias legítimas, han logrado asentarse en una tierra no aprovechada para sembrar cereal. Flores de clase media, no se llevan a la boca, exhalan el perfume, son bellas en su contemplación. Salen de sus capullos con fuerza, impactan por su fortaleza pero son igual de endebles. Las semillas crean expectativas con espinas, si alguien quiere cortarlas ha de saber que una zarza desnuda no se diferencia de los matorrales pisados cuando se es un clandestino rumbo al sueño que aún ha de pagar.

Detrás de la valla se adivinan las torres de cristal donde se amasa el dinero informe. Desde las que se minimizan a los hombres yendo de una bifurcación a otra. Las cabinas mudas, pegadas a la espalda de la separación de ambos mundos. Se mantienen firmes, nadie las utiliza salvo los clandestinos. Son sus puntos de fuga. Conocen las miserias como si fueran confesores de una religión sin juicio final. Un cartel en el poste de telégrafos indica la señal divina: no te arrepentirás, querido desesperado, la respuesta está en este número. No gastes todo el saldo, pagamos bajo manga, en nosotros has de creer.

Cables, enchufes, ratones de ordenador, auriculares, cámaras de fotos, maquinillas…todo requiere de la corriente, el hombre es incapaz de sostenerse si no se acopla a la red. Un aparato es inútil sin la conexión a la fuente de la energía agotada. Trabajamos para recargar, obsolescencia aceptada, la vejez prematura puesta a la venta para los más humildes. Son feos los instrumentos que nos hablan del viaje al progreso consumista: chatarra expuesta en la calle para quien quiera trapichear. Las palomas se arremolinan ante los mendrugos, parecen objetos de segunda mano. No sirven para nada, tragan, sobreviven entre los peatones a los que no respetan, los han conseguido domar.

Entre la maleza, en el descuido, sobre el derribo, el punto flaco de la guardia, el desgaste de la memoria, la mala hierba, las espinas: el gato. Nadie le disputa el caos, se sostiene bajo él en un irreductible desequilibrio.

No son las noticias que esperaba. Ese cable siempre arrastra frustraciones. No alcanza lo ganado ni para malvivir y ya le reclaman la cuota planeada. Dice que todo está en marcha, que pronto mejorará. Cuestión de unos días y la máquina de hacer billetes se pondrá en funcionamiento. Bien para todos, los de allá coaccionan. Piden para mantener el negocio que va a ser la salvación, piden para que los hijos estudien en la universidad, piden, piden, piden… Y él se hunde, esconde su cabeza. Piensa: ya no tengo tierra en la que renacer.

Observan con la barriga llena lo que ocurre aquí abajo, estirados en su pentagrama celestial. Nacimos de los ritmos más pobres pero no sabemos escribirlos. No podemos creer que la música haya de leerse cuando siempre estuvo en el interior. Es una consecuencia de la comunión con la naturaleza, no pueden entender nada. Aunque vistan esos trajes y se dispongan alrededor de un director de orquesta. Es algo innato, de la propia sangre que recorre el brazo. Aquí está tatuado: no hay nada como la madre y el padre, ¿entiendes? Por su música permanezco aquí, pajarracos, si no estáis de acuerdo echad a volar.

Reparten el auricular, son los hijos maternos, han logrado asentarse, mantienen un mismo trabajo desde hace años, han juntado y aspiran a más: la suerte es una ola de la que no hay que bajarse hasta que golpee contra las rocas. Nadie intuye el momento perfecto para salir de la cresta y si son de la misma sangre jamás se hundirán. Pásale el teléfono, tiene que estar orgullosa de ambos, tan unidos, invencibles, esas palabras las queremos todos y por ellas aguantamos el miedo a no ser usados, el filo del fracaso ya traspasa la garganta.

Corazones en el límite de la casa de familia acomodada. Unido el deseo con la religión. Adentro el auto, las palmeras, las persianas ocultan la feliz vida interior. Todos los días paseo por lugares donde quisiera vivir, crecer como un flamboyán por la misma tapia que separa al callejón del rascacielos en el que me asomo a diario. Crecen las flores rojas, se eleva más fácilmente el hormigón que las ramas entre primavera y primavera. Estaré ahí esperando mi oportunidad, un amor de aquí, para no volver jamás, prefiero olvidarlos a todos, quiero descansar y levantar torres desde las que vea extensiones infinitas que se pierdan en mi memoria como antes renuncié a mi identidad. Verjas, con estrellas de David y más latidos en hierro forjado, puntas afiladas, detrás el jardín, el silencio de la imposible felicidad.

¿A quien le sobra siempre un mendrugo mojado para repartir entre las palomas? Al que se le desborda el tiempo. Tiene la rutina rota por no conocer el significado de semejante concepto. Al que no espera nada ya, a uno que perdió sus papeles para siempre. No es de ningún vientre, lo van a expatriar a su propia locura. A él le tiembla el pulso para arrojar el alimento que no digiere. Está explicándole a todos que los estómagos que no vuelan no son dignos de su cuidado. El suyo propio está vacío y pronto levitará.

Una vez se supera el período de prueba y los trabajos van sucediéndose, cuando ya se tiene un móvil para recibir las llamadas de los otros empieza la inestabilidad. Vive pendiente de los carteles callejeros, arranca los papelitos y recibe tono: una habitación con otros que son como ella y precisan compartir, el idioma no es problema. Conoce los números, puede negociar. Es así la vida, un toma y daca en el que unos abusan de su poder y los otros se defienden y quizá en algún momento se intercambien los roles. Pero es difícil, quien sobresale unos centímetros por encima no se ablanda a la primera. Esa voz embaucadora modula para conseguir a una inquilina joven y guapa, porque si se puede elegir se ha de estar en posición de bajar el precio a cambio de una pequeña concesión.

La agenda del interés es limitada. Los favores se cobran deprisa y no admiten una segunda opción. La parada obligatoria, el rito de descolgar y la respuesta desde las entrañas: la calle está vacía, eres el único peatón. Si fuera la máquina del tiempo, se dejaría engullir. Comunica el receptor.

El gato casero, intuye el otro lado, lo controla pero no traspasa. Es el infinito salvaje para el que ha perdido su instinto. El hombre del traje toma la curva concentrado, conoce el rumbo y no lo va a perder. Nadie viste así si no sabe qué va a lograr lo deseado. Los envases para reciclar son como sus compañeros de fuga, atrapados por el sistema, a punto de darles otra forma, deshacerse de su primera utilidad. Bracea como un elegido, pasos alargados hacia su dominio presente. Nadie diría que ya le venció la humillación. El felino, gira su cabeza, huiría ante cualquier caricia de un extraño que mirase el paraíso interior.

Aire puro, paisaje inventado por el hombre, para adormecer su ansiedad, cipreses apuntando a un cielo pálido, césped cortado al ras. El camino se adentra en un bosque privado por donde ni las sombras aman la luz. Elijo un camino y regreso por el otro: ¡maldita tradición la de la circularidad!

Alguien deja el pan que comeremos en el día. Las almas caritativas suelen ser femeninas. Supongo que por su condición maternal, porque somos jóvenes y ellas perdieron a sus hijos en esta descabellada huida hacia la supervivencia. Nunca se olvida, despierto con el olor a harina cocida pero no importuno al ángel salvador. No lo haría, no es como yo, me siento mejor al rodearme de los pájaros a los que invito al festín. En mi lugar favorito de la calle, bajo la marquesina, junto al almacén de moquetas, sentado en las sillas desconchadas, sacadas a la calle por los que adquirieron mayor estatus. Las personas se deshacen de sus privilegios obsoletos y nosotros los aprovechamos. Es bueno que se superen en los negocios e inviertan en su propio bienestar. El lujo es el concepto más variable, según seas pionero o persigas las huellas.

El cálculo elemental es el siguiente: depositas una moneda y atrapas el billete. La operación tiene sus riesgos, nadie ofrece un billete de veinte shekels a cambio de uno sólo. El pulso y la práctica derivan en una inversión previa, tal vez no se gane e incluso se pierda, pero la emoción es ésa: la especulación como juego infantil. Compruebas la solidez del brazo artificial, las pinzas flexibles y piensas que es coser y cantar. Trazas el objetivo, superpones el artilugio y desciendes. No cuentas con la flacidez, el rozamiento contra la arenisca, los pliegues del papel. Apenas lo acaricias, levantas una esquina y vuelve a caer. Se intenta una y otra vez y no se gana, jamás se logra. En el cajetín hay más dinero en chatarra que alguien transforma en ingresos constantes. Y eso si es el principio de la macroeconomía financiera: la riqueza se ve pero no se toca, la miseria es acumulativa y se multiplica también.

La manzana lanzada desde el hambre mismo, protegida por los espinos sobre la tapia, al alcance de gatos y pájaros urbanos, los restos de quien se aburre de comer a bocados, luminosa, pudriéndose en soledad, emboscada en las sombras. Perdió la redondez, se va consumiendo, naturaleza muerta expuesta en el museo de la aceleración.

Más conversaciones certeras: coordenadas, nombres, cantidades, órdenes telegráficamente transmitidas. Marcha, el acuerdo está sellado, una ráfaga de viento para respirar. Las sombras sostienen el peso de la compra, balanzas de la justicia, pequeña concesión al capricho: botellas de refresco, cartones, nada para cocinar. Brazos en ángulo, perfecto equilibrio, paralelos al vallado, pasos firmes: bien, empieza a ir bien.

El pájaro se sustenta en horizontal, el hombre se descuelga, deja la traza de la pintura en la fachada y el emplumado lo observa atentamente, la gravedad está llena de trampas, no sucumbe a la electricidad si es liviana y cae con estrépito si falla el anclaje. Ni una nube en el cielo, los cables se conectan de fachada a fachada, líos de conexiones telefónicas: un milagro de la incomunicación. A pesar de ello, los hombres caminan. Según las señales de tráfico tienen la prioridad.

Un auricular ha caído al vacío, se ha descabezado, permanece perpendicular al suelo, absolutamente tieso. Proyecta una sombra perfecta, trepa por las láminas de la cabina, oculta a la conversación del otro lado. Hombre de rasgos orientales, sentado sobre sus propios talones, concentrado en cada una de las palabras, escucha el trato y éste es aceptable. Hay una perfecta armonía entre el abandono y la constancia.

Pasa un gato negro que ensombrece el paisaje, no se oculta ante el vigía sobre el muro desquebrajado. La señal de cul de sac se ha desplomado sobre la ruina, anclada al contenedor de la basura. El cuadro lo completa una cuerda de tender mordida por varias pinzas multicolores agarradas a la nada. El animal oscuro está detenido, ilumina el callejón. El tejado se viene abajo, el hombre emergido del subsuelo lo arregla, trepa hasta él, por la escalera del albañil. El muro se sostiene con puntales, tiene que resistir.

Las rosas van creciendo, tallos largos, abiertos a la luz, ocultan las ventanas, como es habitual, entre las rejas y el cristal la mascota hace guardia, irreductible, atravesada por la sombra. Como una pantera enjaulada, de un extremo a otro y viceversa.

La segunda parte del trato, hombre de mirada inquieta, dedos gruesos y uñas mal cuidadas. Habla a escondidas, se tapa la boca, espera la palabra cómplice. Aferrado al tono de la línea y al eco de su voz.

Los frutos están a la vista, la naturaleza da mucho para lo poco que pide, las naranjas han madurado, los limones recolectados, una caja entera, para hacer zumo refrescante. El verano contagia claridad y sed.

La caña de pescar y su dueño, el anzuelo lanzado y el nailon invisible. Los hombres precisan la sutil invasión, el medio adverso en el que encuentran paz. En la frontera del trasluz las olas hablan de lo abisal, de los animales que surcan océanos tras la estela del hambre y la reproducción. Piensa el pescador en sus semejantes de la otra orilla, los que arrojan el cebo y esperan. Sedales infinitos que los arrastran hasta las costas en las que habrán de naufragar.

Hay quien sólo marca para escuchar la voz grabada del mensaje después de la señal.

La pulcra piel aterciopelada del espíritu del gato ébano en los promontorios. Las miradas artificiales lo siguen tras el cautiverio de cristal. Cruza como una exhalación, el depredador de la libertad.

Restos de excedente por el asfalto, aplastado tiempo, consumido en volutas ilusorias. La cajetilla vacía es un desprecio para el tacto de un fumador. Las páginas de la revista destripada sobre las baldosas apuntan a un personaje agazapado al pie de la cabina, su oculta mirada se proyecta hacia unos charcos. Más papel couché y un zapato sale de la escena por el paso de cebra, libre del acecho de la circulación.

Una flor arrugada, de un rojo intenso, con tallo seco, junto a un tronco herido y doblado, sujetado por la piedra y rodeado por la manga sedienta, una gran herida de la corteza levantada. Piedrecitas marginales, lo que nadie observa lo disfruta un perdedor. La bocanada del que escucha, al otro lado una mujer de la que ya no recuerda su mirada y menos el cuerpo. Le explica lo mucho que ha cambiado el hijo que crece escuchando falsas leyendas sobre él. Sentado sobre sus talones respira la nicotina. Sonríe, la vida es un previsible cáncer de frustración.

A veces se detienen en seco. Observan a otros que avanzan automáticos tras el aliento de la sombra. Meditan en la distancia inalcanzable de una zancada segura, en cómo se libra la lucha interior. Piensan en los mapas, las calles cruzadas, los puntos cardinales de un origen al que hay que referirse para descifrar lo diferente que es cada uno de los que vagan por el laberinto sin principio ni final.

El descanso se acaba con el último pitillo de la marca Infinito. Las flores explotan en las ramas sobre el muro, empujan a la indocilidad. El jardín es el perfecto lugar para tomar impulso, sentir el chasquido del mechero y pensar en la adicción que empuja a continuar.

El camino trazado si se mira al cielo, antenas parabólicas y artefactos de aire acondicionado colgados en la ventana, persianas abiertas, el vuelo de las palomas hastiadas del espectáculo, saltan al vacío, sobrevuelan la impasibilidad.

Ese rito casi prohibido: marcar las teclas una a una, seriales numéricos memorizados, prefijos del país y después el regional. Una frontera, después otra, el tono anterior al sonido de la llamada en el receptor ubicado a tanta distancia como cercana es la voz que contesta. Parece mentira, se diría que estás al lado, se escucha. Hasta que el fin del crédito acelera las palabras más importantes de la conversación.

Hay túneles al final de la carretera por la que no circula un auto. Oscuridades que sólo conocen los marginados errantes, paisajes artificiales hechos para consumir combustible y mantener una velocidad prudencial. Quien ha cruzado continentes tras un deseo de prosperidad no duda ante el riesgo y encuentra las respuestas que nadie sondea si aún se mantiene anclado a su parálisis existencial.

Si se avanza sin mirar atrás, si ya no hay más razón que el mar, siempre hay senderos que conducen a él. Si se quiere contemplar el horizonte, gritarle para que se acerque, pedirle al dios de Moisés que lo vuelva a hacer: separar ese océano en dos, regresar a donde se huyó, renegar de los milagros y afrontar la maldad que espera en una y otra costa. Detenerse frente a ella y retarla pues no hay miedo más frágil que el propio del que se enfrenta a quien no quiere retroceder.

Esto está perdido, hermano, las cosas se pusieron feas, prescindieron de nosotros, descubrieron a los esclavos del otro lado: sus propios enemigos, a quienes condenaron a morir de hambre tras los muros. Las tierras ocupadas tienen en ellos a los mejores pues son los mismos que las desean. Los amenazan, no pueden rebelarse contra quien les paga una miseria que les ayude a resistir. Nos echan a todos, no quieren gente sin arraigo, las torres ya no precisan de nuestro vértigo. Debes prepararme el terreno, seremos más pobres que antes pues no recuperé lo que pagaron por mí. Los guardias me vigilan desde su garita, me permiten una llamada, ésta que llega a su fin.

Algunos hombres, los más religiosos, les hablan a las piedras, confiesan su dolor. Tienen suerte, se preocupan por pecados, leen los textos del profeta, se aferran a la palabra de honor de una deidad que les hizo vagar por generaciones, morir en guerras, sentir el exilio, como nos sucedió a nosotros. Juraron que nunca volverían a ser las víctimas de una historia recurrente. Siempre vence quien conserva el oro, el odio y la devoción.

La función se define como un movimiento sin fin hacia un límite que jamás se alcanza. El cálculo de probabilidades contempla las opciones aberrantes y nada se puede descartar salvo lo irremediable impuesto. Un auricular cabeza abajo es una invitación a la esperanza, como una señal de quien ya no tiene una moneda para gastar en la línea de la desconexión, apenas un sutil trazo de rebeldía. Caminan las sombras sin talones como si fueran diferentes y son las mismas. A éste y otro lado del muro en el que se resguarda el ave blanca, adaptada a la geometría de lo excedente que en algún momento cayó. Crecen brotes donde no deben, a nadie le pertenece la mala hierba y está por doquier.

José Ramón Huidobro

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Basado en el fotolibro Elementary Calculus de J Carrier, todas las fotos le pertenecen.

Página web de J Carrier

 

BIDEAN

mayo 25, 2014 - Una respuesta

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Dicen que la vida es planicie, que en la madurez se deforesta. Los ancianos no se adentran más allá del barro, le temen al musgo, tienen el tacto áspero y los pasos hundidos en la maleza. Hablan de tiempos de los tiempos, ni siquiera sus ancestros se adentraron más allá de los claros que sucumben al contraataque de lo salvaje. Muchos niños se perdieron, escaparon como las crías siguen al instinto, las bocas se abrían al hambre y los animales de otras especies les daban cobijo, trepaban las cortezas y después resbalaban, agotados por su imprudencia. No los encontraban, embarazar de nuevo era más certero, adentro, en el catre, donde el silencio era rito. Los lamentos se intuían pero se iban con la bruma al amanecer. Cada cual arrastraba su remordimiento y lo liberaba abriéndose paso con golpes certeros de guadaña. Dicen que los enterraban en las fisuras de luz cuando increpaban al maligno su contrato de pureza a cambio de arrugas en las entrañas. Cada vez que bailan las ramas, cuando el errante se detiene a respirar siente el escalofrío, el roce sutil de las hojas afiladas en su nuca. Jamás hay que perder el rastro de la oscuridad, la impronta advierte del peligro de los vuelos en círculo de las carroñeras sin suelo despejado, condenadas a contemplar la salida del laberinto y no participar en el festín del que se derrumba antes de caer. Eran leyendas, cuentos de viejas para atemorizar a las púberes y no permitirles soñar. Más allá de las montaña sagrada jamás se habrían de asomar. Hechas para ser raíces y entrelazarse con las que ya se pudrieron por tanta lágrima y más hijos de hijos procreados, la lluvia es la música que se baila cuando la más desafiante decide regresar. Les hablaban de brotes en las manos, de savia entre los muslos y de la resina que se pegaba a la piel cuando finalmente las tomaran. No querían, no debían permanecer, la floresta había cedido a la ambición de los invasores, los forasteros las encontraron, con los ojos dilatados, hablaban en un idioma extraño que debieron aprender. Inventaron descripciones del océano, de colinas sinuosas que se adentraban en él, de maderas prendidas en fuegos arrulladores, del horizonte y de los senderos hacia el atardecer. La adolescencia se extendía como un engaño a todo lo que les mantuvo en aquella tierra invisible con hambre de sus piedras, magia desvelada y la intimidad oculta para siempre. Los cuerpos se forman desde el rocío y se aferran a la tormenta, entre la escasez y el desbordamiento: los ríos huyen para no regresar. Les hablan del hastío, de los pasos empujados, uno tras el otro, les responden que hay amores que germinan en apenas una caricia, hacen poesía con las cicatrices de las rocas, se desangran con el desencanto. La claridad se asombra con su tacto, las cumbres se humillan, lejos de la inocencia y los fantasmas condenados. Brota el humus de la renuncia, las historias aterradoras y la impotencia por las espaldas ciegas ante la amnesia. Y en el proceso irremediable la selva, comiéndole el terreno a la nada. Se añora cuando ya no está.

 

José Ramón Huidobro

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Texto inspirado en el Fotolibro de Miren Pastor: Bidean. Fotografías bajo su copyright

Página de Miren Pastor

NY

marzo 15, 2014 - Leave a Response
Brooklyn- NY- Veronika Marquez

Brooklyn- NY- Veronika Marquez

Empire- NY- Veronika Marquez

Empire- NY- Veronika Marquez

Willinsburg- NY- Veronika Marquez

Willinsburg- NY- Veronika Marquez

La coreografía de los habitantes neoyorquinos en su caminar rutinario por las avenidas fue el detonante inspirador para la serie N.Y. de Veronika Marquez. Esa multitud confundida en la panorámica de un espejismo a la que se enfoca con la lente que sigue a alguien en particular, estableciendo su relación con los demás. En su propia invisibilidad o siendo el centro de atención, como un músico callejero, presentido por todos y que casi nadie ve. Hay una danza innata que sólo se percibe cuando alguien tiene todo el tiempo para observar de los forasteros sin prisa cuando se sientan en cualquier café, conscientes de su infinitesimal presencia en el cosmopolitismo que los engulle. No espera ni le urge reemprender el camino explorador. Basta con trazarse unas referencias que se puedan dominar. Entonces se siente atravesado, como un fantasma, sin chocar con nadie en su ausencia. Es un espectáculo apto para todos los mirones: mezclarse y adoptar los movimientos más increíbles. Los peatones a solas demuestran una grandísima creatividad. Marquez, en cualquiera de sus personalidades, no se cita con nadie pero lo hace con todos y cada uno. Después se transforma en ellos, sigue sus coordenadas y traslada en su propia figura el stop motion de su acción fugaz.

La serie está basada en lugares emblemáticos de Nueva York. Como postales de un recuerdo para turistas pero absolutamente personal. Previa labor de producción, descubrimiento de sus escenarios, análisis del atrezzo, decisión de convertir a Verónica, Camila o Veronika en las protagonistas de la escena y dinámica que debe adoptar. En las inmediaciones del puente de Brooklyn, en el barrio de Willinsburg, en Chinatown, Central Park, frente al Empire State, en Manhattan Bridge, Dumbo, High Line y South Seaport. Acude a ellos con su equipo fotográfico, planta su trípode, y emerge como una performer para realizar la puesta en escena celebratoria de los habitantes de Nueva York. En medio de los transeúntes quienes se detienen, aplauden o fotografían su intervención. La ilusión óptica hace pensar que ella es omnipresente y logra ser imprescindible en el recorrido de los que vienen y van.

Para su representación precisa la luz plana. Manhattan es altura y los rayos solares deben proyectar a los personajes desde la vertical. El resto es una sombra dura en las fachadas que se prolonga hasta los pies o el horizonte, a través de las aguas del río o el puerto. Ellas son las que brillan, en un perfecto equilibrio entre el número de clones y las figuras compuestas. No provienen del ballet, ni del tai chi, tampoco de la pole-dance. Son los gestos invisibles, la relación cuerpo-ciudad que ha captado en su estancia temporal. Y todas ellas acaban de componer un lenguaje corporal propio en función de los escenarios, ya sean puentes, callejones, el downtown, el puerto o ante la visión de los rascacielos. En cada una permanece la alegría, sofisticación y la libertad de interpretarlos. Su decisión por no conocer más que lo que está ante sus ojos, reflejarlo con las manos hacia el sol, saltando de roca en roca o tomando la acera del barrio chino por la tarima de un cabaret. Los puntos de fuga, Veronika corriendo por el fondo de la foto, lejos se escapa. De nuevo reaparecerá.

José Ramón Huidobro

Sout Seaport- NY- Veronika Marquez

Sout Seaport- NY- Veronika Marquez

Página web de Veronika Marquez

RASEN KAIGAN (LIEKO SHIGA)

febrero 25, 2014 - Leave a Response

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Rasen Kaigan de Lieko Shiga
AKAAKA ART PUBLISHING, inc.
Impreso en Japón Primera edición (Marzo 2013)
Diseño: Daishiro Mori

Piedra ancestral, roca socavada con las manos de los viejos, recolectadas de la nada, la tradición de los silentes, mira a la absoluta negritud, pulida, sosegada, los fósiles de los muertos, tacto congelado, nos contempla con gran serenidad.

El océano se hartó de la costa, de sus límites y la temporalidad de los mapas, la mínima existencia. Cuando se hundió no estaba, al levantarse los acantilados tampoco, en los tiempos en los que la arena no era más que la resistencia de los vientos y no existían los errantes no era así, como recordabas ayer ni la desolación de hoy, las trazas de los rastreadores, las rodadas de su paciencia, las circunvalaciones en torno al pulso del zahorí, en el subterráneo deseo de los cuerpos sin encontrar. El mar rugía por su ira, enfrentado a la tierra y a sus sombras, arañándolos en una advertencia, antes de hacer sus sueños irrealidad.

Los sacrificios de niños, el hambre de un dios que los exige en lo más puro, dejarlos morir lentamente, apropiándose de su pecho contra la noche, los gritos celebratorios de las manos sobre su espalda, haciéndolos levitar. Una vez al año, así se pide a la tierra una millonésima de segundo de su tranquilidad. La farsa, después de varias camadas, las leyes protectoras, se han de purgar.

La fosa hecha de cenizas, la montaña alrededor del cuerpo recién abandonado, la brisa decidiendo la diferencia entre el viento laminar y el sotavento; el equilibrio por la cresta desde la que se percibe el pequeño paisaje creado para la ceremonia de los que lamentan lo venidero.

El hombre excava en círculos, alredor del tronco seco por la nieve, quemadas raíces, brazos largos agarrándose al vacío. El enterrador hinca sin pausa el filo en la tierra del bosque, está enquistado por siglos y hay que desenterrarlo para los nuevos fugitivos, se adentran en la montaña que el agua no se tragará.

Ved la línea naranja del amanecer, es la primera del tiempo después, ayer estaba contemplándolo como cada día de su corta existencia, nunca renunciaba, ni a la lluvia o a la marea que le hacía cosquillas en los talones, hay una gran conversación entre el que se enfrenta a la luz del fuego y quien sella sus párpados, después de la penumbra que no se volverá a iluminar.

Los ancianos victoriosos han arrancado su árbol ensangrentado, amputado por la raíz, atravesándole el pecho a un fantasma, con su viuda, sonriente, orgullosa. Caminan despacio sobre la hierba, en su destierro a otra montaña donde se unirán en el pasado, bajo esas ramas que han luchado hasta la extenuación, contra las tormentas y las sequías, petrificadas, saliéndole por la espalda a quien le trató por un enemigo que luchaba por su honor. Junto a la amada que conoce su brazo fuerte, dispuesto a zanjar selvas por su amor inmortal.

Adentrándose en la mirada, en la fosa submarina, en la cuenca ocular vacía tras el tornado, mirándose como si fuera el ojo de una ballena varada que ha decidido renunciar. Sin embargo, todos los flujos, las migraciones y los cantos que asustaban a los depredadores de la soledad.

Hasta aquí el abrazo, la mortaja, el cadáver de un hombre del espacio, llegado en una ola rota, tras otra rota ola, de una altura descomunal, el círculo hacia el que será arrojado, las esquirlas de su mirada, el hombre alejado de toda legión de plañideras, como un asesino metódico, deshaciéndose de la luz, rindiendo pleitesía a la nocturnidad.

Todos esos familiares, alegres, aleccionados por el maestro de ceremonias, muestran sus sonrisas, las palmas de sus manos limpias, las palabras de humildad, ante el que regresó a un hogar en el que aún permanecen todos y ella no está.

Es el funeral del abuelo, quién los congregó entre los girasoles secos, la mano añorada por las flores expuestas, junto al dibujo infantil de un niño invitado al olvido, su llanto está prohibido, por tanto respeto que hay que honrar.

Cultivos en círculo, hombres alrededor, como el espejo del tiempo, las separaciones exactas de los setos, entre ellos los artífices del silencio, aislados en su meticulosa labor de creación.

En la mano, la piedra preciosa, el brote del hielo azul, llegada de la estrella acabada, el bólido hirió a la montaña donde solían orar, en la mano salvadora, aferrándose a su forma perfecta, mostrada a los que aún dudan de su claridad.

Salen en oleadas, rastrean la playa en la noche, como quien busca a la hija del más bueno en la aldea, arrancada de sus brazos por aquellos que olían el rastro de la bondad. Cubren toda la superficie hasta el horizonte, llaman en susurros, no quieren asustar.

Hilachas plateadas, enredadas contra las ramas, giradas como telas de araña, intensidad contra los ojos de los ciegos avisados frente a su tacto, bosques muertos, doblados por el océano, afectados por la luna que quema la superficie ocular.

La casa abandonada, el jardín cultivado por sus manos, la mujer espera a la hija desarraigada. Es una foto quemada, una amargura en la distancia, cuando jamás el regreso sea la razón para no estar.

El fuego rodea las señales, carboniza las huellas alrededor, el cielo se desploma sobre el humo, la combustión está en el cielo, el pirómano invoca al viento, las llamas le hacen círculo, la pira está preparada. Falta el cadáver, huele la lluvia, las cenizas viajan lejos, el incendio se extingue como una chimenea se agota, la naturaleza no se distrae con una chispa prendida, juego de hombres, se purifican como la tierra lista para volver a hacer brotar.

Viejo hilarante, se ríe de la muerte. Aún no le alcanzó, le desafía a no permanecer tras la noche. Se ríe como los locos que han sobrevivido a todos los brotes, las fugas a los montes, entre alimañas, vértigo y huesos quebrados. Hombre sin nada que perder, espera a que el espectáculo empiece, los congéneres y sus perros al encuentro le pierden la pista, varias lunas atrás.

En la playa ocurren los ritos por los que los vivos se unen para ocultar cualquier rastro de la caducidad, ellos mismos: mañana, en otra madrugada limpia, sincronizados los movimientos, aprendidos desde niños, tantas veces ocurre el abandono. Cada uno es responsable de la invisibilidad de los demás.

La sangre brota de las macetas volcadas, el vergel en la carretera abandonada, todas agrupadas, erradicadas de una casa que se ha deshecho por el agua enfurecida. La mujer cura sus heridas, su mano sanadora construye naturaleza donde se resquebraja el cemento. Los regueros de la matanza se filtran en sombras que ni el sol diluye.

Brotan las hojas aciculares del cadáver erguido. Ha sobrevivido, por una gota de savia que no se rindió a la altura ni al desierto por el que discurría. Los bosques se desploman cuando los hombres los atraviesan.

El hombre de la arena se arrodilla ante la nieve, inclina su cabeza, reza, es un santo que agradece a la tierra, pide clemencia por lo que sus antepasados hicieron por ella. Abre la mano, se somete al hielo, es la penitencia que no le consuela.

Tras la cortina azul la luz atrapada por los bordados y el telón pesado de un intenso azul violáceo, como los velorios niegan la claridad a quien la está buscando. Las lámparas de prismas y bombillas apagadas, agarrándose a un techo que acostumbró a vibrar sin sucumbir a la ruina, los brillos desafiantes a la tradición de los ancestros, laca pulida y sobre la alfombra ni un paso. El vacío a ambos lados, dedos de mujer cosieron la frontera.

Las manos de todos los supervivientes al centro, una gota de lluvia, la luz, la comunión de los dedos. Líneas quirománticas agotadas, llenas de sangre azul. Han escarbado, extirpado los rastrojos, movido las piedras, se han adentrado en las fisuras de la tierra. Muestran su vacío en ellas. Encontraron la nada. Les estaba buscando.

A través del pantano, un anciano lleva de la mano a su hija temerosa. No se hace preguntas, se enlaza entre sus dedos y avanza. Hacia dónde se dirigen sólo la oscuridad lo sabe. Han olvidado sus recuerdos pero no la impronta. Una voz les dice dónde se aparearon, como los salmones morirán al llegar al final de su viaje donde otros lo inician. El bautismo a la muerte, vapor de la tierra, ceguera en cada huella.

Los danzantes de torsos desnudos han congelado el vuelo de un ave a punto de la migración. Parten en la noche, con las corrientes heladas y el viento a favor. Antes la fiesta de despedida, el rito de la piel aceitada, la caricia del rocío, la gravedad contradictoria, desde el suelo parte la caída. Pájaros que un día se extinguirán. Desorientados por los hombres arraigados al exacto amanecer.

Si el bosque se condena habrá un arca donde se salve cada especie vegetal. En la cocina de mi madre, donde hace lustros no se prendió el fuego. Sus delicadas manos acarician cada una de las flores cuyo nombre nunca aprendí. Jamás le pregunto por ellas. Quiere decírmelo pero yo soy una prófuga. Apenas permanezco el tiempo hasta que esa casa se oscurezca por las hojas, se impenetre la orientación y muera la mujer que será humus de su vergel.

El cuerpo arrastrado al barro. Luchó por no sobrevivir. Se dejó llevar, consciente de su destino, el que no entienden los humanos, cuando tratan de devolverlas al mar. Los mismos que fueron engullidos como animales sin instinto, débiles a la referencias sin instinto.

Adentrándose en la ciénaga. No hay respiro, las aguas estancadas cubren hasta la cintura, vestidos para la ceremonia, como dos animales descubiertos que desconocen la mirada tenebrosa de la mujer que los ilumina con su flash artificial. Aparenta facilitarles el sonido de los pasos ahogados. Pero no la ven, no la escuchan. Están manejados por el automatismo del destino profundizándoles en las trampas de tierras movedizas.

Con los ojos cerrados, el tiempo se repliega, el primer abrazo desde atrás, el torso del hombre pegó su pecho a la espalda y la sujetó firme por debajo de sus senos. Si no fuera por las pupilas que miran hacia dentro parecería que el amor se detuvo en ese instante, en esas manos tan envejecidas sin fuerza para la próxima caricia. Ella se rindió a su captura de la que no quiso jamás escapar. Si abre los ojos, el vértigo de arena filtrada de su entierro la arrastrará.

La fosforescencia subterránea ilumina el lecho sobre el que extenderé mi cuerpo en el agotamiento, mis células desprendidas, carbonizadas por el calor de la combustión en este exacto lugar: aferrada a un cadáver, sintiendo mi piel crepitar.

El secreto se desvela, en un susurro, a la oreja de la vecina que todo lo vio. Es esto lo que no quiere descubrir con la mirada, coloca las manos como una antena mientras vacía de vida la pupila, en la confesión que le libera por tantos años en los que todo calló.

Puentes frágiles, tendidos por sonámbulos, trazos curvilíneos, inestables, pegadas las cortezas de los árboles muertos al fango que al amanecer se habrán atragantado del temor de cada paso. ¿qué hacen los hombres de la costa espiral? ¿por qué no duermen? Se les tragó el mar, los perdonó. Están vivos, pero no lo aparentan: fantasmas laboriosos tendiendo caminos a los que no encontraron.

El esqueleto del accidente, la chatarra bajo la nieve, el vagabundo se hartó de la velocidad en su cabeza. Viajó más lento que en su propia demencia, no le sirvió ni como hogar de paso.

Perros vulnerables, perdidos en la lluvia, sostenidos por los brazos de sus amos como si fueran hijos agotados. Cazadores llevan al rastreador en volandas hasta la presa, no quieren que huela su miedo, el rastro de la sumisión. Son mimados hasta que ésta sea muerta y entonces la olisquearán y se pondrán sobre dos patas, esperando el premio por su falta de fiereza.

Las mantas sobre el barro y bajo la capa oscura, edredones multicolores extendidos como alfombra mágica de luminosidad y sueño. El secreto de esos hombres desnudos durmientes bajo el miedo no se revela ni en el peor sueño. Todos los sonámbulos se comprometieron en ello.

Hojas de pino en las vidrieras del armario, ramajes arrancados y expuestos en la habitación de madera, el suelo ajedrezado de barniz seco y arañazos. En el despacho del laboratorio del botánico se salvan las hojas puntiagudas de la selva humillada por los hombres perdidos y el salitre invasor.

Si no sabes apreciar las flores serás un poeta muerto. Ni siquiera embellecerán el luto de los que ya te olvidaron.

Seis vestidos de pequeñas novias, de nuevas vírgenes entregadas a la oscuridad, exhibidas con un foco que refracta el raso. Sus manos encadenadas, en silencio, decapitadas por la noche. Muñecas: no saben para qué juego las van a utilizar.

Las rocas son esencia de jizo. Aún no las esculpieron, no protegen a los niños, ni a las madres, son armas arrojadizas o iconos de agradecimiento. Hay un leve matiz entre la herida y la cicatriz. La sangre se seca y la piel se cose. Se pide por ello, la caricia que no hurga es más frágil, bella e insustancial.

Virtud deslumbradora. Enfréntate a la mirada de un niño y sentirás su fortaleza o la absoluta debilidad de tu espíritu. El que te observa lo sabe todo de él, le sobran las palabras, gestos y engaños. Atrévete a hacerlo, te puedes desintegrar.

El pelo artificial ha sido trenzado por las manos del hombre que nadie escuchó, concentrado en su silencio, deslumbrado y orgulloso: ésta es mi obra, el secreto ancestral que jamás entenderán.

Ojo verde, estela del humo, rodea una telaraña donde un hijo aguarda el error de padre para difuminarlo en lo nuevo.

El árbol iluminado conserva el espíritu de quien lo arrancó de la tierra, a hombros de la viuda, habla con su silencio, se encierra en su pensamiento, destellos de amnesia que nunca es oscuridad absoluta.

Tarta de merengue y caramelo, mausoleo de quien ayer murió, no es el que durmió, ni quien caerá rendido al amanecer. Se celebra su ausencia y está presente, gran reclamo de invitados que no comerán la porción.

Debajo del papel pintado, la primera visión del segundo en el que se levantó la pared, la frontera erigida contra el resto del mundo. Se arranca la tela que cubre la horrible calidez de un hogar caníbal ante el riesgo de viajar.

El mundo y toda su circularidad ha sido engullido por el que conservó la tradición, las raíces nos convierten en esferas falsas que nadie hará rodar.

Mira la roca triste y envejecida. Aún se sorprende de lo que sucede en aquel lugar. Habla de una tierra donde el silencio se alternaba con el hundimiento y después la ebullición.

La grieta es la rodada, la trinchera de los guerreros que disparan al viento. La mujer atrapada y en firme decisión de surcarla entera, cayó en la memoria, la clandestinidad.

El más viejo duerme tranquilo, rodeado de los suyos, sueña su desaparición bajo esa misma tierra en la que el mismo rito transmitido desde los ancestros le homenajeará.

El laberinto de una extensa vida. Todos aquellos nudos y brotes conforman el pulso decidido. Ofrecido por el hombre experto, irradia desde el pecho la alegría por no sucumbir a la sequía ni a la amputación de un suelo que se confunde con la ausencia de extinta luz.

La débil estructura de la casa que jamás se edificó, los ladrillos en fatal equilibrio acogen a la mujer en su rincón, rostro cubierto, paredes mojadas, cielo abierto, el hogar es ahora demolición de los recuerdos apenas crecidos como pinos ásperos en el jardín.

Los niños deben ser niños en la otra vida, no les dio tiempo a acunar a sus muñecos, se apilan sin estrenar, en su celofán, peluches abandonados, soportan el relente y su simbolismo atroz.

La mano extrae rostros ocultos. Apéndice rastreador de la esencia. Las hendiduras de la tierra exhalan el fluido aceitoso. Los dedos acarician el fango, penetran y arrastran a los codos, el pecho, contra el vértigo del descubrimiento. Extraen los fósiles, las reencarnaciones de los humanos olvidados desde antes de su historia mínima. Susurran por el placer del tacto al arrancarlos con tanta ternura. Depositados bajo el cielo sin estrellas, iluminados por la certera reflexión de los ojos de un ciego.

Acurrucada, la espalda contrafuerte de la pared frágil a las lágrimas, el duelo frente al molde del cadáver arrancado, aquella maldita ola a la que los más viejos rezaron como plegaria a su añorada desaparición.

Las piedras son inmutables a la sedimentación. Se han expuesto a la pasión de la naturaleza y conservan toda la sabiduría que los aprendices a geólogos destilan. Rocas talladas por el hielo y el viento, ajenas a la fragilidad de los seres sanguíneos, pulidas por la indiferencia. Arrojadas a las simas, empujadas por la lava, arrastradas por la lava, venidas desde otras galaxias, extraídas todas para su catalogación en el museo de minas: 24136, 34125, 355810, 34928, 7677293… Derrotadas por la curiosidad científica, exhibidas tras la urna de cristal. Rostros casi humanos, observándose frente a frente las aristas y los microcristales tenazmente encajados. Se habla de los detritos, de las placas de hielo y el calor tras la glaciación. Narran su fracaso, el día que sucumbieron a la superficie. Cuando fueron fragmentadas de su montaña que se redujo a la máquina y al explosivo del especulador.

Piedras, sólo piedras, guardan su respuesta para la intimidad, cuando el científico las atraviese con su luz. Secretos cincelados por la confianza de quien tras el descubrimiento atávico los guardará para las generaciones que una tras otra no las sobrevivirán.

 José Ramón Huidobro

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Rasen Kaigan de Lieko Shiga en Have a nice book

TUS PASOS SE PERDIERON EN EL PAISAJE

julio 2, 2013 - 2 comentarios

Fotografías de la serie del mismo nombre de Fernando Brito expuestas en PHE13

Homicidio en La Higuerita8778-8fernando_brito_lost_in_the_landscape_2

Un individuo desconocido fue encontrado ejecutado a balazos por un camino de terracería en la comunidad de La Higuerita. El joven presentaba múltiples impactos de bala en el cuerpo y la cabeza.Estaba tirado boca arriba, entre un dren y una parcela. La víctima vestía un pantalón de mezclilla color negro, una camisa color beige, cinto negro y huaraches de vaqueta cafés. Como señas particulares era de tez morena, de complexión delgada, 1.70 de estatura, y de entre 25 a 30 años de edad aproximadamente. Tenía dos tatuajes, uno con la figura de un dragón en la pierna derecha, y otro más en el pecho con la figura de un rifle“cuerno de chivo”, y el nombre de Jesús por un lado, además de la leyenda Badiraguato, Sinaloa.

Noticia en medio local sobre un cadáver encontrado y fotografiado por Fernando Brito

1. Al chico de la camiseta roja lo abandonaron junto a la central eléctrica. Le habían cubierto el rostro y amarrado con un nudo las muñecas. Le dispararon en plena cabeza y el charco de sangre se había helado con el rocío del alba. Los muertos siempre pierden un zapato. Nunca supe por qué.

2. Su espalda tenía el mismo color que la tierra seca. Nada de lo que le rodeaba estaba vivo. Era él quien había esquilmado a la vegetación o el desierto lo venció a él. Costó descubrirlo pero más tiempo llevará olvidarlo.

3. Su primer plano difuminaba la bella profundidad de campo. El escenario del crimen delimitado por la cinta policial se hallaba en una frondosidad que engullía. Su columna vertebral se curvaba sobre un montículo. Se apreciaban unos pantalones negros recién planchados, listos para el velatorio, como su camisa viscosa de cuadros. Tenía la herida del roce de las esposas en sus muñecas y la tierra le había devorado la cabeza.

4. Nadie muere si antes no es maniatado. El hombre de ascendencia africana miraba al cielo mientras le ardía el infierno en sus costillas. Si no estuviera postrado se diría que rezaba. Pedía clemencia y no la tuvieron pues eso nunca se contempla cuando se cobra la deuda. No habían florecido los árboles que siempre sobreviven al golpe seco del otro extremo de la cuerda.

5. La niebla los ocultó. Eran tres junto al vallado. Un tronco doblado se resistía al dolor de la presencia. El hombre mostraba la prueba del hachazo descarnado en el lomo, dos mujeres habían sido taladas por los leñadores del miedo. Sucedió en la noche, cuando los lobos atacan en compañía y abandonan con el frío a las presas.

6. Los ríos son la tumba de los que no permanecen en el exacto lugar donde han sido pasaportados. La corriente es cómplice del tiempo ganado. Pero en algún meandro cede por la presencia de una rama, una piedra o el agua estancada. O por ese amanecer lleno de sangre que tan fielmente le refleja.

7. Parece un incendio forestal y es un atardecer en medio de la hacienda de la muerte. Sería poético decir que está dormido y respira calma. Los papeles tienen la firma de todos aquellos que lo delataron. Como aquel personaje de García Márquez, era el único que no sabía de su muerte anunciada.

8. Su último deseo: una bebida energética o la celebración de quien lo disparó. Boca abajo, a la sombra de un árbol frondoso. Descalzo y sin marca del suelo en sus plantas inmaculadas. En el mismo lugar donde lo sacaron del coche fúnebre, ahí cayó sin tiempo de reconocer el sendero.

9. ¿Quién elige la forma de posar ante la muerte? Los privilegiados observan el cielo y son perfumados por la única flor que creció en el sembrado. Todo falso: es un tiro a bocajarro en el estómago. El impulso de la pólvora y el golpe seco del cráneo contra el suelo.

10. A este cadáver se le veía desde lejos. La vegetación a su espalda parecía un mausoleo erigido por la naturaleza. Las hiedras se arrastraban a su encuentro para abrazar su pecho hinchado. Los sauces no hacían honor a su nombre común.

11. Un tiro en la nuca, las manos atadas en la espalda y el epitafio en una sábana que lo protege: Por Violín y agan caso. Han cumplido su amenaza. Los cables eléctricos llevan la oscuridad a los hogares advertidos.

12. No llegó al río por poco. Se asomó a sus aguas cual Narciso desafiado por su cruel reflejo. Sus botas han aguantado la holgura que proporciona el miedo antes de la rendición. Aferran su puntera a la tierra y se repliega el agua con un cadáver errante menos por su lecho.

José Ramón Huidobro

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La idea de este proyecto es mostrar a la persona que yace tirada, un ser que deja tras de sí a una familia dolorida por la pérdida. Intento que no sea una cifra, sino un ser humano. Muestro algo que está mal. La muerte de esta manera no es normal. De esta formas, mis fotos tratan de provocar susceptibilidades.

Fernando Brito

DICCIONARIO DEL AMOR ENTRE UN ESPEJO Y CUATRO PAREDES

mayo 20, 2013 - Leave a Response

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Basado en el libro de fotografía “Venus inferred” de Laura Letinsky. The University of Chicago Press, Ltd, London. Año 2000. 

Fotos de Laura Letinsky.

amor.

(Del lat. amor, -ōris).

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.

4. m. Tendencia a la unión sexual.

5. m. Blandura, suavidad. Cuidar el jardín con amor

(Diccionario de la lengua española- Vigésima segunda edición)

En cada habitación se escribe la diferenciada historia del amor. La definición de la palabra más usada es tan indomable como labios hay para vocalizarla. Se realiza un consenso, una conducta alrededor de él, y se le dota de un espíritu que hace levitar a quién encuentra su propia acepción en la simetría de su eco. Ni siquiera el diccionario de una lengua como el castellano puede poner en acuerdo a sus hablantes. Todas discutibles y hasta ofensivas para los que creen en él como la fe que mueve los hilos de la bondad humana. Nadie patentó el término, no podría hacerse, los formularios se llenarían de ambigüedades y el molde no tendría forma para garantizar la denuncia por plagio, si es que pudiera imitarse la fórmula. Los románticos morirían por el sentimiento supremo y tal vez lo harían en falso si tuvieran que justificarlo en un trozo de papel de despedida. Partimos de un acuerdo mínimo, necesario económicamente y protegido por la moral o la misma religión que son los principales hilos de la maquinaria productiva que precisa concentrar los ahorros en un solo núcleo familiar. Sobre un colchón se sustentaba el equilibrio universal. Si no había duda, el engranaje de la actividad procreadora salvaría a la riqueza de la próxima generación.

Entre cuatro paredes se da forma a un campo semántico. El silencio entre los cuerpos recién usados aporta más matices que los manuales de psicología y la poesía barata. Dentro de la pieza el mundo se crea y destruye mediante un gesto que provoca la fisura sellada con excusas para no salir por la puerta que se abre al vacío y a los paisajes sin habitar. ¿Quiénes son los vecinos que ahora se gritan y que antes se derrotaron por la fuerza devastadora? El instinto de la entrega al orgasmo previo a la redención. Hay que observarlos como un onanista que no se complica con las razones que le hacen desear lo que no está en su mano. Como esa visión difuminada que devuelve la espalda de una amante sentada sobre las rodillas de quien le ha cedido la parte de arriba del pijama como señal comprometedora de la efímera felicidad.

Ella recreándose sobre la colcha en el instante del culmen, repetido en cada terminal nervioso de un cuerpo que amenazaba abandono y recuperado en un encuentro casual pero nunca imprevisible. El recién conocido puede ser el que siempre se escondió y ha regresado de su frágil volatilidad. La melena rizada extendida como aura sobre la colcha, el cabello negrísimo en contraste con la camiseta nuclear, la recreación del tacto en su cuello y el éxtasis del que no quiere despertar.

O él, vestido sobre la cama, su lugar conquistado, la calma que precisaba en esa pieza hueca, alquilada y no definitiva por la amante que le trajo hasta aquí. Incorporada, con ganas de proseguir en su soledad interrumpida, observa en la penumbra del atardecer a quien debe irse cuanto antes pues no es de las que se rinden a unos simples encantos. Esa ropa ajada le delata, espera algo más que un simple efebo, tan bello que hace pensar en el pragmatismo y el miedo a la precariedad.

Los hombres son auténticos invasores del campo de juego, creen que su transfusión debe ser compensada por las horas de sueño, incapaces de rendir sin el premio de ser alabado por su muerte prematura, cadáver que no merece ser velado aunque el vidrio delate a una esposa que observa la pasión amortajada y la ausencia de coronas que digan que fue querido. Reza por él, para que despierte y se vaya por unas horas a trabajar antes de elucubrar las palabras precisas que no le serán aceptadas sin previo derrumbe de lo que les sustentó.

Y la venus de la televisión, recostada en el sofá, con su camisón blanco, iluminada por los rayos del sol. La joven rubia, cómoda en la casa de él, no pasa nada por su cabeza salvo la seguridad de ser la que tocaba hoy, mañana su mujer u otra amante, da igual. Es la paz de estar fuera de su lugar, la sospecha de ser admitida sin ningún compromiso, aprender a apreciar una oportunidad y salir de noche a cenar.

El amanecer y el día por delante en la cocina impoluta. El aroma del café y el pelo limpio anudado en una coleta atrás. Vestida para un trabajo que no requiere apariencia, cutis sin maquillar. No hay adornos, es ella, la que mira y podría penetrar la invisibilidad. En este momento se va a desnudar de nuevo y regresar al lecho donde alguien cree que los horarios no se cumplen sin darse un capricho antes de fichar.

La difuminada espalda de ella, su mano en la nuca, el miedo a la cama arrugada por el viajero de paso que le recitó uno a uno los versos que precisó escuchar. Los más falsos cuando el billete de regreso está confirmado y por nada en el mundo se quedaría a resucitar la única noche que jamás recordará. Nunca matizará su voz por ese teléfono. No comprendió la turbulencia de ese cuadro de Miró.

Nada que ver con lo que algunos llaman hogar. Lo definen los portarretratos, los peluches de un niño que duerme en una cuna en otra habitación y esos cuadros en la pared. Se han hecho mayores y aún se desean, puede llevar un pantalón de pijama y una camiseta de estar por casa y aún mirarla a los ojos y acariciar su pie extendido, con las uñas pintadas que se apoyan en el muslo y pronto reclamará al amigo que no le falla por tanto tiempo de intimidad. Hay demasiadas cosas por hacer pero el reloj se va a parar en el huso de los que han encontrado la calma fatal.

Encuentro de adolescentes, los mejores, los pioneros, cuando todo el mecanismo del cuerpo está por descubrir. No hay prisa hacia delante, hasta la primera arruga queda una eternidad. Si se hace el amor, el de las películas, es para siempre y bajo ningún concepto el mundo se va a extinguir en una absurda discusión. Acaban de salir del vientre materno, como quien dice. Era esto ser adulto, no puede haber nada mejor. Las puertas abiertas, la luz de la ventana, la calle, si es preciso. Es la primera y será la irrepetible: el trazo, aunque eso mucho más lejos lo descubrirán. Antes de ellos no había más que un gran vacío en el que otros anunciaban su experiencia, tan ajena como su vocación.

En la esquina del espejo de la pared lateral, la mirada proyectada a través del marco de madera como su melena en el tabique de una pieza de un hotel encantador, buscado con tiempo cuando decidieron sellar aquel primer beso. Un paisaje solo de ellos, el chico echado boca-arriba y transversal se proyecta en sus pupilas que se hacen frías tras la superficie pulida.

Y otro reflejo en el aseo, el hombre se observa intruso entre sus frascos y cosméticos, en esa luz artificial que no le identifica, inseguro, con ganas de acabar con ello mientras ella asciende sus manos sobre la barriga hasta el pecho convenciéndolo para una noche más. El tacto desde la espalda es irrebatible, ni las gafas sirven para mirarse de frente y salir corriendo de esta casa irrespirable con huellas del que una vez la habitó.

El distanciamiento sí es una palabra universal, más identificada que la que une a dos personas. Cuando se da no hay imán que impida la repulsión. Es cuestión de tiempo y úlcera. Dos tazas de te bebidas, las miradas fijas en coordenadas opuestas y el pensamiento vertiginoso alrededor de un sumidero que se va a tragar todos esos flash-back que ahora deben pasar por la trituradora de la amnesia. Pero antes de ello hay que enfrentarse, fijar las pupilas el uno en el otro y decirse: esto se acabó. Uno balbuceará y tratará de acariciar el rostro de quien sentirá un filo hiriente sobre la cicatriz que un segundo se formó.

No hay escapatoria en la casa. Cuando se ha roto el vínculo todos los espacios se hacen claustrofobia, el aliento en la nuca es frío y las palabras resuenan como pasos en el fango, ni el reflejo se contiene de escupir a quien se ha de ir, la puerta entreabierta a la oscuridad, el ojo que todo lo ve ha decidido y la electricidad de la bombilla parpadea el error de haberlo traído hasta la esquina donde él la volteará.

Conseguida, en su cama de estudiante, la compañera que se sentaba varios pupitres hacia la pizarra, con la que fantaseó en las aburridas clases y a la que dedicó toda su abstracción. Melena caoba derramándose sobre el edredón, mirada a la luz. Su mano sobre el estómago no puede escaparse del brazo que repta bajo su espalda y la rodea al encuentro de sus dedos que no quieren enlazarse. Él la observa atrapada con la certeza de su desprecio por el error de arrastrarse hasta esa habitación de adolescente caprichoso sin ningún interés.

La sombra de su cuerpo proyectada en la sábana doblada que protege al hombre que duerme y multiplica su sueño en el espejo del armario ropero. Mano que se escapa del lecho y zapatillas preparadas. Ella lo observa desde la puntualidad del fin de su descanso, recién salida del agua y con su braga de faena, un segundo y le dirá: está libre ya puedes entrar.

Pero nada de todo esto ocurriría si no existiera el ingrediente secreto, el que todos entienden y no admite discusión. Se llama deseo y es instintivo, nada egoísta, se basa en darse placer mutuamente, quizá la única forma de matar los silencios y llenarlos de un idioma personal sustentado en ruidos corporales y hambre de vísceras interiores. Devorarse es la técnica, las manos atravesando el cuerpo ajeno para transformarlo en otro inexistente, el beso de pie, antes de la cama que es la trampa maligna a la que sucumbirán cuando estén saciados y el cerebro se active con preguntas que jamás se responden con el tono y la claridad de una lengua indagadora en cada apertura del alma sin paz.

Los ojos en blanco, el trance, la caricia que activa la catástrofe y los fluidos borboteando en la caldera de un volcán largamente dormido. No hace falta desnudarse del todo, es un susurro, un aroma, un roce activa el automatismo animal. Dos cuerpos al servicio de la inspiración y la pérdida del sentido, el viaje astral. También sucede y se memoriza hasta la extenuación.

Pero no es mutuo. La bestia decide su propio hambre entre las piernas de su presa. Es un salvaje sin escrúpulos. Sus caricias son desgarradoras y la urgencia delata el miedo a sentirse vulnerable ante otro macho que merodea en el vecindario. Postra su cabeza sobre la espalda de ella que medita su mal menor. Aguanta, tan sólo es una triste penetración. Día tras día el mismo acoso y derribo y después es una mascota que come de su mano cuando le amenaza con arrancarle de un mordisco el genital.

La piedad sostiene en sus brazos el cuerpo de su hermano descolgado de la cruz. El adolescente desnudo, enamorado de la única mujer que lo comprende y no lo quiere poseer. Está llorando en su hombro mientras ella lo calma y advierte que los padres de afuera nunca lo comprenderán.

La atracción no tiene fechas marcadas en rojo, todos los días se satisface, los cuerpos están dispuestos al sacrificio en el altar. No hay lecturas ni distracciones, ella lo acorrala en la esquina, le besa los labios y roza su miembro con el muslo adormecido. Una cordel asoma de su sexo como la mecha de la dinamita que se prende y no conviene mojar.

Ella encima de él, cabalgándolo con la seguridad de una amazona que ama su cuerpo y lo muestra en todo su esplendor. Pechos que rebotan al ritmo impuesto mientras le sujeta las manos y le advierte: estás debajo de mí y no tendrás opción a ser saciado, soy quien decide cómo utilizarte. El hombre tiene miedo, siente su miembro paralizado, no está a la altura de sus envites, cree que sobre esa cama la leyenda se expandirá.

Y la posición clásica, la que desea el hombre tradicional, ocultando el cuerpo bello y exponiendo el descuidado, alopécico y en cambio velludo, un auténtico adefesio amado por la joven que lo calma en su ansia por penetrar. ¿Quién es de quién? Del más débil cuyos dedos son fuertes cuando se agarran a la tabla de salvación.

La lámpara del techo, prismas de otra época haciendo dibujos en el vacío. Cortinas de un escenario donde cada día se sucede la misma actuación.

Las lolitas, nunca fallan, ni los humbert-humbert seducidos como dicta Nabokov. Un hombre bajo los pezones afilados, una niña que conoce el secreto de la indefensión. Lo que ocurre en este salón es secreto. El mundo se ha vuelto más deshonesto aunque se rinda culto a la novelas por ninfas malvadas con las manos abriendo braguetas de cualquier señor. Con el tiempo serán marcados, los que se lo crean serán denunciados por daños psicológicos contra la tersura desquebrajada. Nadie sale indemne de esta enfermiza y única atracción.

La falsa distancia. La especular. Ella a su lado, desnuda, cuida al enfermo de la decisión. Lejos, muy cerca de su mirada hueca, con remordimiento pero sin duda. La mano tendida del que agoniza no se prende. Si ha de morir la relación que sea con la frialdad virtual. La luz le amparará.

Y la edad va deformándolos. Una vez se unieron y no se pudieron separar, aún son útiles en el placer, aunque nos se miren para no delatarse. El vello púbico es una reminiscencia de la censura, ni un centímetro entre ambos, la almohada entre las dos bocas y quien finja más se asfixiará.

Las ganas de abrazarse. No se puede mentir al que se deja proteger. No es posible la estafa si se afirma a la amante por la cadera. Dan la espalda al reflejo. No se pierde el horizonte si los ojos se mantienen a la misma altura. Hay palabras absurdas pero íntimas, un susurro primerizo como si nadie más del planeta entendiera el idioma de los eslabones de una cadena sellados a perpetuidad.

Brota la confianza, los años salvajes domados, la firme decisión. Ambos se han unido sin dudas ni ambiciones. Pasar el tiempo en un hogar acogedor, criar un hijo, engordarse, comprarse un coche familiar y seguir el guión de la felicidad que nunca falla si se certifica ante un altar. Si se arrepintieron enseguida se les pasó. Se lo callaron, por supuesto, pintaron la casa de otro color.

Cuando ella ama y él aprende caricias que nunca dio las tardes son para la celebración. Es su pelo suave, los dedos llenos de energía y su piel absolutamente nueva los que hacen de el hombre tumbado bajo de ella un dios. Sus palabras bajan desde el pecho al ombligo y emergen en su sexo a punto de erección acariciado por el yang en un baile pegado que remueve el esperma que ya desea brotar.

La incredulidad. Aún sigue en esa casa a la que llegó por puro trámite. Ese hogar conformado por una mujer y dos gatos, ella, tan bella, lo envolvió con la dulzura que hace dudar a la premeditación. Ahora es tarde, ha sucumbido y se da cuenta. Otra mujer, otros gatos, le buscan incrédulos. No distingue, no sabe, piensa que es el sueño que le despierta para sumergirse en el horror del placer. Se frota el rostro y escucha la voz lejana de su esposa llamándole tras él.

Le ha contado su pasado pero le oculta el futuro. Ella le recuerda su presente. Se han llenado de tiempo perdido y conocen las consecuencias. La pregunta no es para siempre sino hacia nunca. En cuanto transcurra el instante la velocidad de la luz claudicará.

De modo que había un mundo exterior. Así que no eran los únicos supervivientes ni era necesaria la procreación. La atmósfera es respirable tras la ventana y los jadeos ya son monótonos en la habitación. Tienen que salir, distanciarse. Caminar a solas y reencontrarse en los círculos opuestos. Si aún conservan el sentido de la desorientación. Vamos, lo dice el reflejo. Son similares a otros. Se han de arriesgar.

Pecho firme de hombre joven. Aprieta los dedos en sus tetillas y grita. Eso le hace sonreír. Aún hay tantos estímulos desconocidos que merece la pena no salir de esa cama. Una vez se ha llegado al orgasmo hay muchas preguntas tontas que hacer y una alegría estúpida por responder. Nada hay más importante que ambos. Hasta que el hambre les haga levitar de placer.

¿Qué significa la mano de una mujer sobre la cabeza de un hombre? ¿Hay que observar el ángulo de la mirada de él? Si es oblicua y apunta al suelo, si ella está de pie. En las paredes tres opciones: un retrato pintado, el espejo o la luz exterior. Ella está seria, él entrelaza los dedos de sus manos. El orden de la sala de estar es aún insuficiente. La puerta es la cuarta solución.

Y otra cabeza acariciada por la misma mano, mismo gesto, diferente interpretación. Una habitación de hotel, anillo de casado, resplandor en su rostro y el de la mujer en su reflejo, de espaldas al foco inquisidor. No hay escapatoria cuando ha sido bendecido como el amante sucesor.

Se ha llenado de juguetes la habitación. Ahora solo hay una voz audible, ya no hay deseo ni preguntas. El punto de fuga está ahí. Aprendió a dar los primeros pasos y ya nadie la detendrá. Si fueron una pareja con dudas, éstas se aparcarán por un tiempo. Ambos están de acuerdo. La pequeña será la que decida el destino. Hasta entonces se difuminarán.

Cierto distanciamiento o una calada. Un silencio o un venidero cáncer de pulmón. Lo observa con su mirada perdida, la intuye de reojo. Espera la pregunta y ella sabe la respuesta. El humo sea entre ambos y la ceniza decidirá.

Triste sujetador que esconde el pecho que ya no se enfrenta. Perpendicular el suyo sin cubrir. Miradas reflejas pero no directas. Es el vacío que todos encuentran en un momento decisivo. Del que todos hablan, el que se interpreta como ausente y calla bocas a los que alardean cuando hacen de él su bandera. Cientos de veces se invadieron y no les queda una caricia que recordar. Otro suceso más en la historia de los que alargan el silencio que tiene espinas por quebrar.

Planes, tareas en la nevera, luz matinal. Taza del desayuno, estiramientos antes de salir. Flores en un jarrón, el artículo dominical. Esto era lo que imaginaron. Por contrato debe durar.

La mirada se escapa por encima del hombro cuando se abrazan en la cama con los puños cerrados apretando la espalda. Pegados, en diferente plano, boca contra el hombro. Una duda, una frase desacoplada y las sábanas empiezan a abrirse al abismo que los separará.

¡Qué más da el vestido que se ponga! Observa por puro compromiso. Él sólo la ve desnuda y a veces ni eso, la contempla como una sombra inseparable. Está bien, siempre tiene buen gusto, es la rutina, la mera talla universal de la soledad frente al espejo que miente para compensar.

Se llenó la estancia de hijos, uno tras otro, ocuparon el espacio vacío. El tatuaje del brazo es el recuerdo de la vida salvaje, se acabaron los caprichos, ahora el dinero se va en pañales y el sueño se desvela en la cama a turnos. El hombre duro le da en la boca el dedo meñique que es el pezón seco de la madre cuando ella ha de trabajar.

El abrazo fuerte, en pie. El que no deja escapar. Si no se quiere, la fuerza por levantar las muñecas y llevarlas tras las espalda es descomunal. No hay forma de mentir cuando los pechos se aprietan. Los corazones se sincronizan y el ruido se detiene. Si se abren los ojos y se mira al espejo el vínculo se rompe. Es la prueba definitiva. Después se giran, repiten la prueba y no se refleja la paz.

Desde fuera se ve a una pareja compenetrada. Ella en el quicio de la puerta y él de perfil tras la ventana. Los dedos de los pies descalzos se retraen. No dan un paso al exterior. Se está bien, conocen el porvenir. Se marchará en un rato y puede que no regrese pero tampoco le despedirá.

La ducha aclara los pensamientos. El agua traslada las preguntas al sumidero, la presión se rebaja con el agua del grifo del fregadero. La higiene define las normas de la convivencia. No hay felicidad que no se mantenga en el desorden ni olor corporal ajeno que dure más de unas horas. Ruge el caudal, cada uno en el suyo, y la taza del inodoro obscenamente abierta.

La soledad después del intercambio. Nadie echa de menos para siempre. Lo mismo que llega alguien, otro estará al salir. Una mujer tranquila en una mesa piensa las vueltas concéntricas que niegan la ruptura. Un trago en copa de balón, el futuro en el poso del coñac. La habitación no está disponible por un tiempo, se cuelga el letrero de “no molestar”.

Y la luz siempre puede a la intimidad, el cuerpo ya está marcado, las palabras gastadas, las risas desinfladas, las posiciones anquilosadas y el contrato del alquiler vencido. La mirada de la mujer recorre su muslo, la rodilla y las uñas pintadas. Una flexión y la patada en el culo del amante asomado al jardín será para nunca olvidar.

José Ramón Huidobro

Página web de Laura Letinsky

EL HOMBRE QUE FUE DESPEDIDO DOS SEMANAS ANTES DE NAVIDAD

mayo 13, 2013 - Leave a Response

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Lo que demostró claramente es que siempre se puede elegir. Asumió todo ese tormento, toda esa agonía y la transformó en belleza. Es como el gusano de seda. Toma una materia prima, la transforma y emerge lo que existía. Algo que quizá sea transcendente o eterno.

(amigo de Sixto Rodríguez en el documental Searching for Sugar Man de Malik Bendjelloul)

Cuando por fin encuentran a Rodríguez, al darse cuenta de que la historia no ha acabado, deben afrontar que la leyenda podía ser mejor que la realidad, tal como sugiere Eva, la hija del misterioso icono desaparecido, la que les lleva de la mano al cadáver antes de tiempo. Ante ellos, como en un sueño imposible les responde lacónicamente a la pregunta sobre cómo hubiera cambiado su vida de haber conocido su éxito tan lejos de su olvido. Pide que le repitan la cuestión para averiguar cómo suena en su cabeza y con lentitud, con toda la calma consumida, responde: puede que no hubiera sido mejor de cómo me fue hasta ahora. Nunca se debe especular sobre lo que no sucedió y el destino se rubrica con todo el orgullo de quien supo renunciar a lo evidente: el vacío alrededor. Dos discos fueron suficientes, tuvieron buena aceptación entre la crítica e hizo lo mejor que supo. Nada que reprochar a la falta de interés de quienes lo desecharon sin que por ello hubiera que recurrir al trágico fin para él escrito y que hubiera sido el más admirado por los que precisan malditos para adornar los cementerios de la inspiración. Todo lo que sabían de él era que se llamaba Sixto y que después de haber grabado su tema “Cause”, la historia del hombre que pierde su trabajo dos semanas antes de navidad, fue despedido en la misma fecha de la discográfica que apostó al inesperado perdedor. Poco después, se disparó o se quemó a lo bonzo en un escenario y así se perdió para siempre en la difusa niebla de la curiosidad sin solución.

Pero el relato esperado para los héroes está manipulado y el guión es tan retorcido que no se puede inventar peor. Nadie lo creería, no podía ser que sus canciones llegaran al país que se desangraba por el apartheid, donde la censura tenía que luchar contra las letras de una revolución cantadas por el hombre sin rostro ni sombra pero infiltrado en cada casa de los blancos amenazados por renegar de su privilegiada posición. Reprimidos, señalados, asustados, pendientes de ser removidos por una melodía de un desconocido que nunca fue apresado ni le cortaron las manos para impedirle tocar pues nadie las apretó. Podía haber sido un fantasma, lo era, pero su espíritu cobró una forma que nadie reconoció. Y allí se quedó para siempre y alguien decidió que la música le debía una justificación, averiguar lo que realmente le sucedió. Y así llegan a pistas falsas, el dinero no es la solución y todos los derechos por medio millón de copias vendidas en Sudáfrica fueron interceptados en una estafa perfecta. Valía más muerto y así debería permanecer. Pero cuando un idealista se empeña sucede lo que ni él mismo persigue. Cuando tocaba era un poeta callejero que actuaba en tugurios que dejaban entrar la niebla del río Detroit y se confundía con el humo hasta diluir su presencia y potenciar su voz. Las letras más bellas, llenas de realidad y riesgo, premonitorias, sobre los que habitan las cloacas, eran demasiado buenas, tal vez su perdición. Decían sus productores que era mejor que Dylan y que lo tenía todo para triunfar. Vivió el movimiento motown, había mucho dinero en la industria, buena promoción y aseguran que fue uno los cinco mejores. Sin embargo, a pesar de ello, su talento se diluyó.

Siguió su camino, lejos de las salas, después de haber cantado en estadios, salas atestadas, prostíbulos o clubs gays para darse cuenta de que delante de él siempre le escuchaba el mismo espectador. Trabajó duro, en los peores oficios, los que nadie quería, sin protestar. Eso agilizó su mente y le hizo estar en forma. Leyó sin descanso. Presenció resignado como otros destacaban y estudió. Tuvo tres hijas a las que educó en el lujo artístico cuando no había para comer y a las que nunca falló. Su compromiso le llevó a manifestarse con los más débiles, los que no tenían voz. Y por responsabilidad quiso ser alcalde de su ciudad y, por supuesto, nadie lo reconoció. La gente honrada, los artistas de verdad, deambulan entre las sombras y nunca se rinden a lo que el destino no les pueda deparar.

Y éste había emprendido un extraño camino hasta encontrarlo y llevarlo de la mano a Ciudad del Cabo donde fue tratado como la resurrección de Elvis o mucho mejor. Era más famoso que él o los Rolling Stones. Baja del avión con una guitarra en la espalda y la sonrisa en la boca ante su presencia omnipresente en el país que nunca imaginó. Y así, sin banda ni ensayos y levantando la sospecha sobre su verdad aparece en el escenario ante veinte mil espectadores que guardaron la impronta de cada una de sus letras. El bajo puntea y se presenta incrédulo, diez minutos eternos en los que cualquiera hubiera sucumbido, un silencio y una ovación tan cerrada que siente que ha llegado entero, sin haberse consumido en una carrera en declive y prostituida por el mercado que nunca más preguntó por él. Es su hogar, al que llegó por una mera casualidad: muchas gracias por haberme mantenido vivo. Me pregunto cuantas veces soñé con está actuación.

Y lo demás es más lógico. El cantante es reconocido treinta años después. Esta vez el marketing funciona pero él ya tiene casi setenta y ha vivido tanto que nadie lo va a malear. Vuelve a su casa, cuenta su historia y se reencuentra con los amigos que desconocían su secreto. Cambia poco su rutina, nunca había renunciado a su guitarra y así en la calma se reescribe la historia para que su nombre reluzca entre los grandes antes de su muerte, con su sonrisa de eternidad. Salido del capullo de seda que siempre lo albergó.

José Ramón Huidobro

Rodríguez en la actualidad.

Rodríguez en la actualidad.

Página web de Rodríguez

GONE?

abril 6, 2013 - Leave a Response
Robert Adams, Nebraska Highway, 2. Box Butte County, 1978.

Robert Adams, Nebraska Highway, 2. Box Butte County, 1978.

Lejos, muy lejos. Pero lento, muy lento. Un paso, después otro, nada más. Así de simple. El día es bonito, nunca caminé en línea recta. La calle tiene su límite. La nieve a punto de desaparecer en el silencio y aún no ha brotado la primera hoja de la primavera. Frío, me encerraste media vida. Olvido tu susurro. Autos, grandes, americanos, aparcados en la puerta, alejados los unos de los otros, deshabitados, impacientes, rugen las tripas de la distancia, carreteras fisuradas por el hielo, el sol tiene un tacto gélido en la nuca. Me escrutan invisibles entre sus cortinas. No me cruzo con ellos. Aislados, compraron la casa la parcela de su entierro, ven crecer los olmos con la lentitud de su ancianidad reverdecida. Se acarician las ramas a ambos lados de la calle, como dos amantes paralelos que extienden sus raíces por el subsuelo, nubes, trazas paralelas al asfalto pesado bajo las huellas de un fugitivo aún localizado en las previsibles coordenadas. Caminos cruzados, ésta es la casa de la familia X, aquella la de Y, comparten una nube escarchada y un álamo que se ha estirado hasta la misma panza del nimbo a punto de explotar, sombras, destellos, miro y me ciego pero no me giro hacia la oscuridad atrás. El ángulo del haz solar expande las ramificaciones sarmentosas de la decisión tomada. El tiempo de la fuga se dilata, llego a la frontera, las tapias, el final de lo erigido, los habitantes desconocidos, se acaba el cemento, empiezan los rastrojos y la carretera se hace ancha, oscura, veloz, un conductor diría amnesia con un acelerón. El cielo nítido, desocupado salvo por gaviotas que han traicionado al mar. Olvido la edificación. La vegetación salvaje, el primer recuerdo del paraíso, las montañas murmuran: un perdido viene a nuestro encuentro, no nos sobrevivirá. Me palpita el corazón, late frontera, arritmias de inseguridad. Tomé la decisión. Pausado, incapaz de reconocer las piedras. No sé lo que hago. Me siento vivo, soy mortal. Alguna casa alejada de la civilización. No es sencilla la huida. Los perros huelen mi rastro. No debo temerlos o correré atrás. Recuerdo mi infancia. Pasé por aquí. Me veo asomando las narices donde alguien me asustaba con una voz infernal. Piedras, cauces de un río plateado, aún la devastación, claros, zonas para descansar y meditar todo el barro en las suelas. Pistas forestales, cuestas, polvo y ruidos tenues, perpetuos, el viento despierta a los insectos, los abetos erguidos, temo adentrarme en el bosque mientras haya un sendero, una huella de mi especie, las manos en los bolsillos, sólo unas monedas inútiles para avanzar. La idea flaquea, tal vez ya está bien, aún reconozco los guijarros que me harían regresar. No tengo mapa, me cicatrizó la curiosidad. Repoblaciones forestales, mis congéneres lo han pisado antes que yo. No aprecio llamada de lo salvaje. No soy fuerte para alejarme a las zonas recónditas, flaqueo, estoy cansado. Debo parar a comer algo, reponer fuerzas y no meditar. Me alejo de las faldas de las montañas, voy hacia el páramo, a la soledad conocida, yo, desnudo frente a los árboles dispersos como rebaños que pastan abandono y tranquilidad. Se difumina mi percepción, la luz y la música de los pasos me convierten en un autómata que ha superado la tentación de volver al hogar donde la señora claustrofobia se desnudaba entre las sábanas que olían a humedad. El río, abierto en el cauce, puedo navegarlo, olvidar la tierra, avanzar cómodamente sentado dejando a la corriente ser guía del rastro perdido. Rocas desprendidas, presión atmosférica y vértigo, la fortaleza de los antepasados unidos a las cumbres, noches de fuego, licor y alguna carta que decía: te amo, debes reunirte en mi regazo. En este meandro podría establecerme y comer raíces, hay buena pesca, nunca utilicé las manos, me moriría de hambre o me devoraría una jauría de lobos después de la muerte dulce que me aguarda en cuanto añore el jardín artificial donde solía soñar un viaje sin fin como éste que ya no puedo evitar. Lanzo piedras al agua, hago ranas, intuyo la profundidad. Niño, soy un niño, cargado de energía y con lecturas que decían: no te puedes quedar, una vida es una vida y no tienes más. Cortafuegos artificiales, troncos erguidos, como pelotones a punto de ir a la guerra y el cielo a través de una fisura vaginal. Estoy bien, siento ganas de gritar, escuchar el eco de mi liberación, soy el vagabundo al que nadie va a añorar. He ascendido a la cima, soy incansable, podría volar, alcanzar ese cúmulo ajeno al cielo: ¡hey, soy yo!, el abominable hombre de las nieves, esperaré al invierno para emboscaros y llevaros a mi cueva que olerá a animalidad. Ahora soy un oso y recorro mis dominios, he aprendido a cazar, no me moriré de hambre, hace unas horas era un vecino educado que se sentía protegido por las leyes policiales que ahora me querrán juzgar. Soy inagotable en mi curiosidad, desciendo a toda prisa y encuentro otra cordillera que antes de la noche podría alcanzar. Huellas de grizzly derretidas, un árbol solitario, no sé su nombre, lo bautizo: el melifluo abandonatis, término vulgar: tronco sin flores, nada más. Los hombres han vallado este camino, los conozco, sé lo que pesan por la profundidad de su miedo, yo fui uno de ellos, anoche, antes de acostarme. Ahora soy más feliz que entonces y camino por su carretera helada sin sentir la temperatura que me haga sentir una piel fina bajo el abrigo de zorro que yo mismo me cosí. En el horizonte, se ve una población a la que me dirijo como un pionero de antes, temido y admirado por las muertes que dejó sin juzgar. Lápidas abandonadas, separadas, unas de las otras, perfectamente orientadas al camino por el que escaparon los que les vinieron a enterrar. Soy vuestro profanador de sueños, no os dejaré en paz. Necesito un respiro, evadirme, sentir mi cabeza a la altura de los insectos, con vuestro consentimiento volveré a caminar. Sin rumbo, pisando los helechos, olfateando la vida escondida, absolutamente mareado por la fuerza que me hace avanzar, escondiéndome en lo deshabitado, no soy de ellos, no soy nada, nunca una criatura celestial. Los cables de alta tensión siempre me pueden destruir, llevan a casas que se parecen a la mía y me ponen a prueba, la nostalgia de un sofá. No me ven, yo a ellos sí. Voy ralentizando el movimiento. Es absurdo. Nadie me espera ni tengo a dónde llegar. La contradicción es un instinto que debo amputar de mi avance. No soy más que un ser vivo con patas, hambre y sin una hembra a la que montar. Bosques ancestrales. No conocí a mi padre, nunca supe de mis abuelos y sin embargo los escucho cercanos: abandonaste a tu hijo antes de nacer, la estirpe te acoge en su seno, bailarás ante el fuego al ocaso si no has sido cazado por un furtivo que huela el aliento corrupto que le despierte las ganas de acariciar. Estoy solo, no intuí en esta suprema libertad. Nada de lo que mi especie erigió me interesa. He llegado a comprender: la impronta no precisa ningún contacto, soy superior a la manada, no me guardan pastores ni un redil para ser enumerado antes de la esquila para la que me han de preservar. ¡Ah, silencio! Mi voz adentro está matando el paisaje. Me acoge sin pedirme nada a cambio. Por favor, vete de mi cabeza, no utilices los vocablos que me encadenan a ellos. Emitiré tan sólo algún sonido propio que los zoólogos se encargarán de catalogar. Mi obsesión es agotarme. Ahora encorvado: una mano, luego otra y las patas traseras, olisquear, triscar la hierba y afilar mis uñas contra las piedras, es complicado abandonar millones de años de evolución en una evasión de un día. Las praderas son excelentes para practicar la velocidad en carrera, quiebros y volteretas, la agilidad me hará invencible cuando me tope con los animales cautivos adiestrados por la temerosa autoridad. Cada vez más próximo a las cercas y a los caminos, merodeo desnutrido, huelo a estofado. Las flores amarillas me debilitan y las tormentas al acecho. Margaritas junto al bordillo, una engañosa recepción. Estoy orientado, me guía el asfalto, siento próxima mi extinción. Malditas margaritas, he atravesado montañas abruptas y sois vosotras las que me hacéis dudar. Me arremolino en vuestra sombra mínima y siento que no os podré abandonar. Os cortan para alegrar salones, sonríen las mujeres cuando os llevan en su mano, cadenciosas y con ganas de admiraros tanto como yo. Os digo: llevadme hasta ellas, las quiero amar. Camino, de nuevo por el alquitrán, no reparan en mi transformación. No comprenderán nada de mi lento proceso de transformación inhumana. La iglesia levantada al final del camino, la sed que me causa su pila bautismal.

José Ramón Huidobro

Basado en el libro Gone?, de Robert Adams

Robert Adams, Clear-cut and burned, East Arch Cape, Oregon, 1976

Robert Adams, Clear-cut and burned, East Arch Cape, Oregon, 1976

SUMMER NIGHTS, WALKING

enero 31, 2013 - 2 comentarios

robert_adams041robert-adams-from-summer-nights-walking-1976-82Adams From Summer Nights Walking6 1976-1982tumblr_l93z1v4ap61qarjnpo1_500

 
This world is just a little place,
just the red in the sky,
before the sun rises, so let us
keep fast hold of hands,
that when the birds begin,
none of us will be missing.

Emily Dickinson

*
La noche es un hogar acogedor. Ves las luces prendidas en las casas y entonces reconoces la tuya que son todas en las que nunca descansarás. Caminas como un vagabundo entre las sombras y te aterra el ser descubierto para ser arrancado de la ensoñación. Estás solo y quieres evitar cualquier roce exterior. No hay mejor estado para la introspección que el proporcionado por el puro abandono del fantasma que se resiste a quedar en paz. Paseas por las lindes de sus jardines, intuyes los juegos y las conversaciones frente al televisor y sonríes satisfecho por no tener una familia sino todas y no visitarlas jamás. Por nada tocarías un timbre y te hiciste amigo de todos los cancerberos acostumbrados a tu resignado olor. Presientes la humedad agradable del césped recién regado. El verano es la estación de la electricidad y te lo recuerdan las cigarras o el chisporroteo de los tendidos. Hay grillos adormecedores que calman el instinto animal que podría despertarse en ti y hacerte atacar. Serías el violador buscado en tres estados o el proxeneta monstruoso que ha destrozado varios pueblos no tan lejos de aquí. No lo eres y si te hubieran detenido no te molestarías en demostrarlo. Callarías para pasar el invierno y esconder las huellas infalibles. Atraviesas alambradas, caminos desiertos, restos de la indefensión. Respiras la fragancia de las rosas y comprendes que tras las ventanas hace mucho que se extinguió el amor. Los propietarios tienden a echar varias llaves y se apresan en sus cadenas cuando se sienten humillados. Han pagado a una empresa de seguridad para poder vigilarse a sí mismos. Nunca se asustarán de ti. Eres tú quien los respetas y circunvalas en una maldición recurrente del vecino expropiado de la piel de una mujer que se fugó. Nunca te miraron a los ojos a pesar de saberse espiadas tras las cortinas abiertas con intención. Reflejos en los autos que no sirven para atravesar países sino para ser adorno de una casa de un sueño maldecido. Lejos, en medio del vacío de la madrugada más negra, una luz es el faro de tu exilio nostálgico. Aúllas como un lobo, querrías ser cazado. Estás harto de huir pero de nuevo llegaste al lugar equivocado. Nadie saldrá a respirar la brisa de la montaña. Presienten tu frío en el corazón. No van a dispararte porque ya están muertos en sus dormitorios. Ni los sonámbulos osarían incorporarse tras el trance amnésico que los mantiene indemnes. Vas de las afueras a los adentros de las poblaciones donde compran sus vituallas: latas para sobrevivir a una guerra de incomunicación y soledad. En los mapas,en este preciso lugar, figura un cementerio que fue removido por falta de raíces o brotes de la esperada mortandad. Los historiadores pasaron de largo y borraron la memoria no escrita. Ciudades levantadas con fines perversos: retener a los nómadas con el pretexto del dinero fácil y la fundación de estirpes apegadas a un suelo contaminado. Hospitales blindados, carreteras rotas, charcos de sudor, agorafobia en el páramo de la desolación. Aquí no se han suicidado las esposas sumisas ni abortaron porque la simiente no las germinó. Las insultaron y vejaron en parroquias donde se practicaba el simulacro del sacrificio de los primogénitos. La luna se refleja en la estación de servicio donde a veces se detienen los que van de un extremo a otro y pagan al único vecino con poder sobre la fugacidad. Los ríos por donde surcaron cadáveres de otros condados cercanos serpentean sin que los expropien de los peces luminosos que tragan los anzuelos y se hinchan de metal. Los focos de los coches te deslumbran. Tocan el claxon espantados ante el espectro de la ausencia que dejaron atrás. Tienen remordimientos por el regreso recurrente. Las sombras de los árboles se desploman por los vallados, el abandono del viento, el dolor del hambre y el instinto protector. En medio de ellos, en una guarida duermes y te proteges del rocío con papeles de periódico con noticias de la próxima exorcización. Cualquier planta crece salvaje con la saliva que les transfieres. Esquilmaste el desierto así. Robarías un auto, forzarías una puerta, despertarías a los ancianos y les suplicarías clemencia. Les sollozarías tu infancia perdida, por una mano escurridiza en aquel parque de atracciones donde un desconocido te consoló. Oíste los ladridos, viste las antorchas pero estabas deslenguado por el pánico. Te arrastró a unos matorrales en un paisaje de hienas que lloraron tu indefensión. Aprendiste a sobrevivir en los montes, fuiste alimaña, no volviste a exhalar una sola palabra que delatara tu condición. Ahora observas el valle; otro paisaje deshabitado. Nadie descubrirá que nunca moriste y será mejor así.

José Ramón Huidobro

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(Inspirado en el libro de Robert Adams: Summer nights, walking (along the Colorado Front Range: 1976-1982. Aperture/ Yale University Art Galler, New York, 1989)

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